En este nuevo capítulo, Kiko Rivera habla del paso de la artista por la cárcel: «Cuando volvía a casa después de verla, me metía en la cama y no salía en varios días. Ni quiera para comer».


SEMANA sigue publicando partes de las memorias que Kiko Rivera que quiso compartir con todos los lectores. En este último capítulo habla del paso por prisión de su madre, Isabel Pantoja: «Terminé el anterior capítulo de mis memorias asegurando que ni el horror que he vivido con las drogas se puede comparar con lo que sufrí al ver a mi madre entrar en prisión. Puedo asegurar categóricamente que es el momento más duro de mi vida. De hecho, me produce un dolor brutal pensar en ello. Es por e3so que me cuesta muchísimo hablar de este asunto. En mi casa es un tema tabú y son muchas las personas de mi entorno que, a través de SEMANA, van a conocer mis impresiones sobre este etapa de mi vida. Aún hoy me parece una terrible pesadilla…

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Me enteré de que mi madre ingresaba en la cárcel cuando ella ya estaba dentro… ¿Puede haber una situación más desconcertante? ¿Y más triste? Pues fue así. El día anterior mi madre había organizado una fiesta en Cantora, como otras tantas veces. Estaba su gente: familia y amigos de verdad. Nada especial. No me extrañó porque era algo que solíamos hacer a menudo, ya que mi madre prefiere que las reuniones familiares siempre se hagan en su casa.

Comimos y cenamos todos juntos. Pasamos un día extraordinario. Yo ese día quería acostarme pronto ya que debía madrugar porque tenía que hacer unas gestiones en Sevilla. Así que al filo de las once de la noche le dije a mi madre que me iba a costar. «Me voy a dormir ya. Mañana te veo», le dije a la que le daba un beso. A lo que ella respondió: «Hasta mañana, hijo. Te quiero mucho…», y me dio un montón de besos. 

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A la mañana siguiente, cuando bajé al salón para desayunar, ya estaba todo el mundo reunido y con cara de circunstancia. El ambiente estaba enrarecido y me di cuenta de que algo muy gordo había pasado. Pregunté. La respuesta me cayó como un muro encima. Mi madre había entrado en la cárcel de Alcalá de Guadaira. Con el tiempo entendí que no quiso que su último día en libertad fuera triste. Se despidió con una sonrisa de su gente, sin una lágrima. Con el tiempo la entendí. Fue un día feliz para ella y para nosotros. Aquellos besos de la noche anterior los guardé en mi memoria como el mayor de los tesoros…

Recuerdo perfectamente que en el momento que me lo dijeron me derrumbé por completo. Solo podía llorar. Yo nunca había pensado en que eso fuera a ocurrid de verdad. No me lo quería creer y me vine abajo. Qué iluso… Lo peor estaba por llegar. Por delante aún quedaban dos años que se harían eternos y que se convertirían en los más triste de mi vida.

Comienzan las visitas

Al mes o así nos concedieron nuestra primera visita. Quiero aclarar que en instituciones penitenciarias te dan dos opciones: ver más veces al preso a través de un cristal y comunicándote por teléfono o verlo en menos ocasiones, pero en una sala íntima. Nosotros nos decantamos por esta segunda. Aunque implicara verla menos, no quería ver a mi madre a través de un cristal. No hubiera podido soportar un contacto tan frío… Era un cristal, pero a mí me parecía un muro de hormigón. Necesitaba poder tocar a mi madre, al menos darle un beso y tratar de olvidar por unos segundo dónde estaba… 

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En definitiva, que al mes nos concedieron nuestra primera visita. Estaba muy nervioso. La noche anterior me costó conciliar el sueño… Fue muy duro para mí. Tenía un nudo en el estómago. Una sensación indescriptible que me quemaba por dentro. Fuimos mi hermana, mi tío Agustín y yo. Iba feliz por poder verla, tocarla, abrazarla, besarla… Pero el escenario producía tanta tristeza… 

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Aún así, tenía claro que debía ser un momento alegre, como el que ella consiguió con su despedida. No podía mostrar tristeza por verla allí dentro… Cuando nos vimos noté que ella también luchaba por disimular. La procesión iba por dentro. Así ocurría prácticamente en todas las visitas. Aunque interiormente estuviera destrozado, guardaba un poco las composturas mientras ella me contaba que hacía allí dentro y yo trataba de tranquilizarla de que fuera estaba todo bien. La verdad es que a día de hoy me siento muy orgulloso de cómo lo hicimos, sobre todo ella, que no se permitió en ningún momento que la viéramos triste o con los ánimos bajos, que los tenía.