Después de casi dos años se ha producido el peor acontecimiento en la vida de Ana Obregón: su único hijo, Álex Lequio, ha fallecido a los 27 años a consecuencia de un cáncer. Era algo que la actriz sabía que podía suceder: el estado de salud del joven, fruto de su relación con Alessandro Lequio, había empeorado mucho en los últimos dos meses. Pero ha sucedido lo que jamás hubiera deseado. Y, tristemente, los peores presagios se han hecho realidad. Al conocer la noticia, la actriz se ha roto en mil pedazos.

Tan delicada era la situación de Álex que, a principios del pasado mes de marzo, la actriz y bióloga decidía suspender su último proyecto profesional, el montaje de la obra teatral «Falso directo», para acompañar a su hijo en un nuevo tratamiento en Barcelona. Allí se ha dedicado en cuerpo y alma a cuidar y animar a su hijo en la recta final de una batalla que ambos han librado sin tregua desde el principio. Porque desde el momento en que le diagnosticaron el cáncer no lo ha dejado solo ni un instante.

El día más doloroso en la vida de Ana: está destrozada

Ana Obregón en una imagen de 'Europa Press'

Siempre positiva, siempre luchadora, y sin perder la esperanza, Ana se ha entregado con todas sus fuerzas a batallar junto a su hijo contra la enfermedad en los últimos meses. En todo este tiempo la hemos visto responder a los medios con la mejor de sus sonrisas. Atenta con la prensa, positiva ante sus amigos y familiares, sin mostrar un ápice de tristeza o abatimiento públicamente. Si su hijo ha sido un ejemplo de superación en su batalla contra el cáncer, ella ha dado una lección magistral de actitud positiva ante este mal que ha acabado con la vida de su hijo antes de cumplir los 30 años.

Fuentes cercanas a la actriz han informado a SEMANA que la actriz está rota, destrozada. Después de tanto tiempo aguantando un dolor tan profundo como ver a un hijo enfermo, Ana ha estallado. Tras varias semanas conteniendo las emociones, no ha podido más y ha explotado de dolor en el hospital de Barcelona donde estaba ingresado su hijo. Y es que ninguna madre está preparada nunca para afrontar la muerte de un hijo. Nada puede causar tanto dolor como perder a quien has dado la vida.

Un largo y duro ‘via crucis’

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Los últimos dos meses han sido los más difíciles de todos los que han formado parte de la lucha sin fin de Ana. Se ha tenido que enfrentar a una convalecencia fuera de casa, alejada de Madrid, donde reside habitualmente, y sola. El padre de Álex, Alessandro Lequio, la ha acompañado de manera cuando sus compromisos profesionales se lo han permitido. Pero en esta guerra se ha sentido muy sola y se ha enfrentado a sus demonios y a sus miedos sin un sostén a su lado. «Me he sentido muy sola. Hubiera necesitado a alguien. Un abracito», confesaba en verano de 2019, cuando aún no había llegado lo peor.

A la grave situación de Ana ante la enfermedad de su hijo se ha sumado un factor que ha influido mucho en el estado de la presentadora y que ha hecho decaer de manera notable sus ánimos: el desolador panorama que vive nuestro país como consecuencia de la pandemia global. Prueba de que sus fuerzas han ido flaqueando progresivamente ha sido su rostro. Cada mañana Ana se trasladaba al centro hospitalario para estar con Álex, pero su cara, cada día más triste, se iba apagando con cada nueva visita.

Para Ana no ha sido fácil mantenerse firme en todo momento, pero ha logrado mantenerse entera en su largo y doloroso ‘via crucis’ por el bien de su único vástago. Álex era el centro de su vida, el motivo de sus mayores alegrías, su mayor fuente de satisfacción. Por este motivo, a lo largo de este durísimo calvario ha ofrecido a su hijo el mayor regalo que se puede hacer a un hijo: el amor incondicional y un cariño sin límites, a prueba de desánimos y de pensamientos derrotistas. Hace tiempo había dejado atrás su faceta como ‘Antoñita la fantástica’, -que con tanto arte ha enseñado ante las cámaras-, para sacar a la guerrera que lleva dentro y convertirse en una madre coraje. Una auténtica titana que ha soportado el dolor con una dignidad y una entereza encomiables.