Un modista completamente autodidacta y que, curiosamente, nunca dibujó una prenda. Los grandes de la moda lo consideran un diseñador de diseñadores. 

Su infancia y sus primeras tiendas

Cristóbal Balenciaga nació el 21 de enero de 1895 en la localidad guipuzcoana de Guetaria. Con solo 10 años, comenzó ya a estudiar seriamente confección. ¿El motivo? La temprana muerte de su padre, pescador y capitán de barco, lo que obligó a su madre a mantener a la familia con su trabajo de costurera. Su interés por la moda creció precisamente a raíz de pasar tiempo trabajando con su madre. 

Una de las clientas de su madre, la Marquesa de Casa Torres, se percató del prometedor talento del joven Balenciaga y le llevó a Madrid para que aprendiera el oficio de sastre. Pero fue el primer viaje a París de Balenciaga, a los 15 años, el que definitivamente le empujó a convertirse en modista. No en vano, apenas unos años después ya pudo abrir en el centro histórico de la ciudad de San Sebastián su primer negocio de corte y confección

Aquella primera tienda, y las que más tarde abriría en Madrid y Barcelona, recibió el nombre de Eisa, una versión abreviada de Eisaguirre, el apellido de soltera de su madre. Por estas fechas, viajaba frecuentemente a París para comprar telas, pero también para comenzar a observar e inspirarse en el trabajo de algunos diseñadores. 

Al igual que la mayoría de todos ellos, Balenciaga fue un autodidacta. En aquellas primeras décadas del siglo XX, la sastrería y la confección eran oficios que se aprendían con la práctica. No existían aún centros educativos de formación o colegios en donde los más jóvenes pudieran aprender los conceptos teóricos. 

Durante los 15 años siguientes, Balenciaga se convirtió en el principal diseñador de moda en España. No en vano, en 1931 se declaró en quiebra, aunque gracias a su fama pudo salir de esta primera situación abriendo nuevas tiendas en Madrid y Barcelona. Sin ir más lejos, durante esta época la familia real española y parte de la aristocracia de nuestro país se contaban entre sus más afamados clientes. 

Cristóbal Balenciaga en París

En 1937, el estallido de la Guerra Civil provocó que el modista tuviera que cerrar sus negocios de San Sebastián, Madrid y Barcelona y trasladarse a París. Durante los siguientes 30 años, las colecciones de Balenciaga se caracterizaron por sus trajes suntuosos y sus vestidos elegantes. 

Nada más llegar a París, en agosto de 1937 abrió su primer negocio de alta costura en la Avenue George V. Por aquí pasaron algunos de los grandes modistas de la época para conocer las dotes de Balenciaga e inspirarse en sus diseños: Oscar de la Renta, Madeleine Vionnet, Christian Dior, Coco Chanel o Hubert de Givenchy. 

Por aquel entonces, la prestigiosa revista Vogue hablaba de Balenciaga en estos términos: “Hay una palabra concisa en español, “cursi”, que Cristóbal Balenciaga utiliza para describir lo que más odia dentro del mundo de la moda: la vulgaridad y el mal gusto. Viendo sus diseños, es imposible concebir que Balenciaga conozca estos términos”

La propia Coco Chanel admiraba profundamente las habilidades técnicas de Balenciaga. La diseñadora francesa llegó a asegurar que Cristóbal era quien mejor cortaba y cosía telas en todo París. 

Un diseñador obsesionado con su trabajo

Balenciaga ayudó a popularizar, a finales de la década de los 50, la tendencia hacia la ropa casi sin cintura y el uso del plástico para la ropa de lluvia a mediados de los 60. Un modista que creó algunos de los mejores vestidos de noche de estas décadas. Fue un consumado profesional, un perfeccionista total. A diferencia de otros diseñadores, y a pesar de sus historias amorosas, su corazón estaba completamente dedicado a su trabajo. 

Es por eso que, desde siempre, Balenciaga fue tachado de introvertido y austero. Pasaba muchas horas encerrado en su taller perfeccionando los cortes y las líneas de sus diseños. Al igual que Madame Vionnet, no dibujaba nada y siempre comenzaba ya en la propia tela, saltándose el paso del boceto y el diseño. Sus amigos decían de él, en tono irónico, que cuando no podía dormir doblaba la tela de las cortinas de la ventana de su habitación para seguir practicando. 

Tenía, en definitiva, obsesión por su trabajo. Sus prendas no estaban diseñadas para complacer a sus clientes, sino para su propia satisfacción. Nada salía del taller sin su aprobación. Nunca ideó grandes sorpresas como lo hicieron otros modistas, sino que su trabajo era un continuo explorar y desarrollar ideas y dar vida a todo tipo de fórmulas para usar las telas. 

El cierre de sus tiendas y su muerte

En 1968, y tras 30 años ininterrumpidos de trabajo, la casa parisina de Balenciaga cerró definitivamente y el diseñador acabó por retirarse de los negocios. Cuando los clientes le preguntaron a dónde deberían dirigirse entonces, Balenciaga les recomendó la firma Givenchy. Cuentan también que las últimas palabras que dijo Balenciaga al cerrar su tienda fueron: “Esta es la vida de un perro”

Balenciaga regresó a España y se instaló en una pequeña casa en Altea (Alicante). Allí le gustaba pintar, comer y conversar con los amigos que se acercaban a visitarlo. Excepcionalmente, solo volvió al mundo de la moda para diseñar en 1972 el traje de novia de Carmen Martínez Bordiú, nieta del dictador Franco e hija de Carmen Franco y Polo, una de sus clientas más importantes. 

En marzo de 1972, Balenciaga fue a pasar unos días de vacaciones al Parador Nacional de Turismo de Jávea. Fue allí donde, el 23 de marzo, sufrió un infarto de miocardio y falleció. Tenía 77 años. Sus restos fueron trasladados a su pueblo natal, Guetaria, donde hoy descansan. 

Jacques Bogart S.A adquirió los derechos de Balenciaga en 1986 y abrió la línea Le Dix. Las fuertes críticas que recibió su diseñador jefe, Michel Goma, provocaron que fuera sustituido en 1992 por Josephus Thimister, devolviendo a Balenciaga a su estatus de diseñador de élite.