Para Kiko no es fácil recordar el infierno que ha vivido con las drogas. Casi acaban con su vida y en lo económico, todos aquellos excesos, le dejaron arruinado. “Mis hijos podrían tener el futuro resuelto”, se lamenta


Como ya adelanté en el anterior capítulo de mis memorias, mi primer contacto con la noche y ese mundo oscuro que a veces esta esconde llegó cuando estaba a punto de cumplir 18 años. Un representante de artistas se puso en contacto conmigo para proponerme realizar un bolo en la discoteca Pirámide de Castellón y acepté. Me ofrecían 25.000 euros por aparecer en aquel local y hacerme fotos con los clientes. «¡Qué fácil!», pensé. No daba crédito. Iba a solucionar mis problemas económicos (recordemos que le debía bastante dinero a un amigo que me lo había prestado para irme a vivir solo a Madrid) de un plumazo. En una sola noche. No, no podía rechazarlos. O sí, pero en aquel momento ni me lo planteé.

Aquel bolo me vino bien y mal. Bien porque por fin tenía dinero de verdad y podía hacer frente a mis gastos sin ayuda de nadie y mal, muy mal, porque ahí comenzó mi mala vida: por primera vez probé la cocaína.

25.000 euros por un bolo

Recuerdo que aquella aparición mía en la discoteca tuvo muchísima repercusión. El local quedó encantado por los beneficios que mi visita generó y, poco a poco, se fue corriendo la voz entre otros locales de ocio que no tardaron en contactarme.

Siempre digo que el problema no fue que a mis 18 años un empresario pudiera pagarme hasta 25.000 euros por una noche, sino que durante algo más de un año estuve haciendo cuatro y cinco bolos semanales que rondaban esa cantidad. Imaginen qué le pasa por la cabeza a un niño que empieza a ingresar esas cantidades. Cuando regresé a Madrid después de ese primer bolo que había hecho en Castellón ya no tenía el dinero que había cobrado. Lo despilfarré todo en un fin de semana porque era la primera vez en mi vida que tenía dinero de verdad. ¿Se pueden gastar 200.000 euros en un mes? Pues sí, se puede. Y no se imaginan cómo me arrepiento. Desde aquí digo alto y claro que es un tremendísimo error disponer de tanto dinero siendo tan joven.

En cuestión de meses, perdí completamente la cabeza cegado por las ingentes cantidades que empezaba a manejar. Sí, tenía un gestor que trataba de administrar mis cuentas, pero no le hacía ni puñetero caso. Además, no me rodeé de gente sana que velara por mis intereses. En aquella época yo no tenía 10 amigos, a lo mejor tenía 30 y sí, ellos viajaban conmigo a gastos pagados porque siempre consideré que las fiestas no son para disfrutarlas solo. Ahora lo recuerdo y creo que se aprovecharon de mí. Entonces no me daba cuenta. Ni de eso ni de nada.

Archivo SEMANA

Cumplo los 18

En fin, que aquel primer bolo de Castellón me cambió la vida, pero a peor. A los pocos días cumplí la mayoría de edad y celebré mi cumpleaños a lo grande. Primero reuní a mi familia en un restaurante en un plan tranquilo. Sin embargo, la gran fiesta estaba reservada a mis amigos. Ellos me habían preparado varias sorpresas, entre ellas un striptease de María Lapiedra. Acababa de cumplir 18 años y, de repente, me veo sentado en una silla, con los ojos cerrados y con una teta en la cara. ¡Muy fuerte! Tres días duró aquella celebración y, sin saber muy bien cómo, comenzó en Madrid y terminó en Barcelona, pasando por Sevilla y Valencia. Fue una locura, algo tipo Resacón en Las Vegas, y no hace falta que explique cómo pudimos aguantar tres días de intensa celebración sin terminar desfallecidos.

El caso es que mi teléfono no dejaba de sonar. Cada vez me llamaban más y más promotores y el trabajo eran tan sencillo y tan bien pagado... Sobre todo al principio. Conviene apuntar que esas cifras, unos 25.000 euros por bolo, solo se mantuvieron unos meses y después fueron bajando paulatinamente. Sin embargo, yo me acostumbré a vivir al ritmo del principio y después, cuando los gastos se mantenían pero los ingresos descendían, comencé a tener mis primeros problemas económicos. Pero bueno, eso llegó después. Hasta ese momento, con 18 y 19 años, nada me preocupaba. Ni siquiera el hecho de que mi cuerpo empezaba a acusar ese ritmo de trabajo.

«Consumía para trabajar»

Me acostumbré a aceptar entre cuatro y cinco bolos semanales y, claro, ¿cómo se puede rendir si apenas queda tiempo para dormir entre uno y otro? Ahí es donde comienza mi consumo habitual de drogas. Veía que no podía aguantar el ritmo y entonces empecé a consumir estupefacientes para permanecer despierto y poder trabajar.