El padre de la Reina Letizia, Jesús Ortiz, cuenta de primera mano su experiencia la difícil noche del golpe de Estado: temió por sus tres hijas por estar en un lugar algo comprometido…


Hoy es día de recuerdos sobre un hecho trascendental en nuestra historia reciente: el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, conocido desde entonces como el 23-F. Este mediodía ha tenido lugar un acto institucional por el 40 aniversario en el Congreso de los Diputados, que ha presidido el Rey Felipe. Él era un niño de 13 años cuando fue testigo de una larga noche de conversaciones de su padre, el Rey Juan Carlos, para frenar la sublevación. Pero hay muchos otros testimonios sobre una jornada inolvidable. Y uno muy interesante lo ha dado el suegro del actual monarca, Jesús Ortiz, quien acaba de anunciar que se jubila, a los 72 años, tras toda una vida dedicada al Periodismo.

Twitter.

«Me he jubilado de mi relación laboral, pero no de mi profesión», asegura. Y por ello el padre de la  Reina Letizia también ha hecho un ejercicio de memoria para compartir su experiencia con todos sus seguidores en Twitter. Esto es lo que ha contado:

«Me pregunta un colega por mis recuerdos del 23-F. Por este orden, angustia, zozobra, cabreo y más cabreo. 31 años. 18:30, más o menos. Llegaba a Oviedo desde Trubia, de hacer alguna entrevista, conduciendo la unidad móvil de RCE y escuchando las votaciones del Congreso. Iba con un compañero al lado, Jaime Roza, creo. Se quedó, nos quedamos, mudos. No sé cuántos minutos tarde en comprenderé la gravedad del asunto, pero se agolparon imágenes de los relatos, contados por mis padres y abuelos de las represiones de unos y otros del 34 en adelante.

De repente, algo explota en mi cabeza y lo relaciona: mis tres hijas (9, 8 y 6), estaban en clase del ballet con su madre en el estudio de Marisa Fanjul, local que estaba justo encima de la sede de CC. OO. ‘¡Jo***! Como a algún descerebrado le dé por liarla…’ Pocos sabían que en el piso de encima del sindicato había una escuela de ballet llena de niños, profesores y padres a esas horas. Subí, dije a mi familia que nos marchábamos de ahí a toda prisa y sin preguntar y advertí a la directora de la escuela de mis temores.

«Ya en casa, las cadenas del radio ya televisión empezaban a emitir marchas militares, al menos las de Medios de Estado, donde se encuadraba RCE. Yo quería hacer algo, salir con la Unidad, contar qué pasaba en Oviedo; llamé a mi director, José Luis Pérez Perelétegui. Mi jefe me dijo que tenía órdenes muy claras de no hacer nada, que él estaba en los estudios, en la Calle Asturias, y que estuviera pendiente del teléfono por si acaso. Cabreo: yo quería hacer algo… ¡ya! No fue posible esa noche porque sólo se emitió programación nacional.

Solo pudimos contar cosas de local a la mañana siguiente. Y, bueno: lo demás es historia que se puede leer, con mayor o menor grado de veracidad y objetividad, en algunos libros. Y sí: fue la noche de los transistores. Y sí: medio mundo se dio cuenta de la importancia de la radio. Y sí: la radio sigue viva, activa, útil y eficaz. Por si las dudas».