Nació en Madrid un 20 de diciembre de 1963, en los albores de la Navidad, siendo la primera hija de Juan Carlos y Sofía, entonces Príncipes de España. Con el tiempo llegarían sus hermanos Cristina y Felipe, y este, gracias a la ley Sálica vigente, pasó a ocupar el primer puesto en la línea de sucesión. De alguna forma, sin la presión de ser la Heredera y con un carácter innegablemente borbónico, Elena logró granjearse la simpatía popular. Hoy su hermano está en el Trono, y ella ya no forma parte del «núcleo duro» de la Familia Real, pero ejerce de Infanta con una gran libertad.

La Infanta ha roto muchos esquemas en la realeza española. Para empezar desde el mismo momento en el que anunció su «cese temporal de convivencia» con Jaime de Marichalar, en 2007, con el que se había casado por todo lo alto en Sevilla en 1995 y tiene dos hijos, Froilán y Victoria. Dos años después llegaría el divorcio oficial, y con ello finalmente el resurgir de una «nueva» Elena. ¿Y qué es de su vida desde entonces? La clave es que mantiene un perfil bajo y que, desviado el foco hacia su hermano Rey, ella puede considerarse como el miembro más «libre» de la familia.

En su día a día trabaja en el área de Acción Social de la Fundación Mapfre, por lo que percibiría alrededor de 200.000 euros anuales. Ya no percibe ninguna asignación oficial de la Casa del Rey, puesto que ya no forma parte de la Familia Real desde el 19 de junio de 2014. De puertas para adentro, como madre, Elena mantiene la lógica preocupación por el bienestar de sus hijos, y más desde que tiene a los dos en Madrid.

Elena tiene un original estilo que no imita a nadie.

Tras estudiar en un internado de Estados Unidos, Froilán ahora cursa Administración y Dirección de Empresas en un centro privado de la capital. Es decir, lo tiene más a mano y también vigila que, a sus 19 años, el nieto más carismático de los Reyes eméritos no se desvíe de sus objetivos. Sus salidas nocturnas y sus romances juveniles le están dando algún quebradero de cabeza, pero todos los que le conocen también hablan de la nobleza de carácter del muchacho. A priori, madre e hijo son muy parecidos.

Lo que es innegable es que la Infanta mantiene una excelente relación con sus hijos. A menudo comparten viajes, mesa y mantel en los mejores restaurantes y disfrutan de tardes de toros, a las que se les une el abuelo Juan Carlos. De Elena siempre se ha dicho que es su ojito derecho, la heredera de su legendaria campechanía. Desde su abdicación, ella desde luego que ha sido la hija que más le ha apoyado públicamente. 

Pero hay otro aspecto completamente oculto de la Infanta. Y es su vida privada. Tras su ruptura con Jaime de Marichalar, no ha trascendido ninguna otra relación sentimental. Han pasado diez años, tiempo más que suficiente para rehacerse. Simpática, activa, independiente, sincera, a veces incluso brusca y con un estilo propio, parece estar encantada con su condición de eterna divorciada. Solo sigue rondando una y otra vez el nombre de Luis Astolfi, antiguo jinete, con el que comparte su pasión por la equitación. Fue un romance de juventud y actualmente es uno de sus mejores amigos en la madurez. Elena celebra sus 54 años soltera, independiente y discretísima, no se sabe si enamorada, ilusionada o qué, pero con el mundo por montera. 

La Infanta y sus hijos, Froilán y Victoria, en una de sus habituales corridas de toros.