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¿Podemos decir que fuiste una niña prodigio?
Lo mío no sé decir si fue vocacional o por necesidad. Tras volver a Sanlúcar de Barrameda, mi padre se puso a trabajar en el campo, el oficio con el que se ha ganado la vida. En mi casa siempre he tenido la sensación de que no había suficiente dinero. Mentiría si dijera que he pasado hambre, pero sí he comido varios días la misma comida. A los 14 años sentí la necesidad de ayudar en casa. Siempre he sido espabiladilla y, como arrastraba ese acento catalán así más fino, yo sentía que podía dedicarme a hablar. Mi madre me dijo un día que no sabía cómo iba a conseguir los libros del cole para mis hermanas. Me enteré de que había un casting en la tele local de Sanlúcar de Barrameda y empecé a trabajar. Lo mismo presentaba un informativo que un concurso de sevillanas. Me llamaban «Doña Perdón» porque de cada cuatro palabras que decía una era «perdón» por todas las veces que me equivocaba.

Sé que tu hermana pequeña es para ti como una hija.
Somos tres hermanas y estamos muy unidas. Soy la mayor y con la pequeña me llevo diez años. Cuando ella tenía cuatro años, mis padres se fueron a trabajar a un cortijo en medio del campo y yo me hice cargo de mi hermana, llevándola al colegio antes de ir yo al instituto, haciéndole la cena… Ahora acaba de darme a mi primer sobrino, Pepe, y estoy feliz.

¿Qué significa para ti Carlos Herrera?
Aunque todo el mundo lo cree, yo nunca he trabajado con él y es una de mis espinitas. Lo conocí cuando Carlos presentaba un programa que se llamaba Las Coplas y que se grababa en mi pueblo. Yo, como reportera de la tele local, iba a hacerle entrevistas a él y a todas las artistas que pasaban por allí. A mis 14 años le admiraba muchísimo y, desde ese momento, se forjó una amistad entre nosotros. Es un tipo muy generoso y cariñoso. Cada vez que hago un trabajo siempre pienso en si le gustará o no.
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El fin de semana presentas Viva la vida, en Tele 5, llenando un espacio que dejó María Teresa Campos. ¿Has sentido mucha responsabilidad?
Nunca he pensado que fuera a sustituir a María Teresa Campos, porque ella no tiene sustituta. Los programas empiezan y se acaban y mi reto es conseguir que Viva la vida sea un programa que guste a la gente. Yo pienso en no defraudar al público.

Y tú, ¿cómo vives la vida?
Como puedo y donde me dejan, porque soy una sumisa de la vida. Ahora trabajo en Madrid, pero si sale en Málaga, allí me voy. Si me tengo que poner a trabajar en otra cosa, también lo hago. Pensamos que dominamos a la vida, pero es al revés y tenemos que adaptarnos y ser felices.

¿Crees que al mundo le falta empatía?
Yo creo que no. Hay más gente buena que mala, pero la mala hace muchísimo ruido. Actualmente también estoy presentando Gente maravillosa, un programa de Canal Sur en el que hacemos cámaras ocultas de situaciones injustas y de denuncia y esperamos que alguien que no sabe que está siendo grabado, salte a ayudar y siempre hay alguien que lo hace. Yo creo mucho en las personas.

Presentas en zapatillas, como Carmen Sevilla…
(Risas) Yo no tengo opción. Tengo un problema en los pies heredado de mi padre. No me ha dejado en herencia ningún cortijo, pero me ha dejado sus pies. No puedo salir con tacones. Agradezco que el equipo de estilismo se lo haya currado tanto para poder dar una imagen bonita, cuidada y femenina. Estoy encantada; siento que estoy en casa.

¿No te has planteado sacar tu propia línea de zapatillas? Porque de trajes de flamenca, ya tienes una colección.
Lo de las zapatillas aún no se me ha planteado, pero a mí me encanta meterme en charcos (risas). Desde hace dos años, tengo una marca de trajes de flamenca que se llama Pepa Tormento. Me daba mucho coraje que para vestirte de flamenca hubiera que gastarse 500 euros. Decidí que se podían hacer trajes de flamenca bonitos y baratos, y yo los vendo a 100 euros.
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No te cuesta hacer entrevistas, pero sí concederlas.
Soy periodista como tú y no estoy cómoda en el otro lado. Me gusta entrevistar. Además, siempre pienso que mi vida no tiene interés. Me planteo qué puedo contar de mí. Es un tema de pudor.

¿Cómo te gustaría que te definieran los demás?
A veces meto la pata y no me cuesta pedir perdón, pero mi lucha constante es pelear para ser buena persona.

Tus amigos dicen de ti que eres pelín obsesiva.
(Risas) Soy obsesiva con todo. Por ejemplo, descubrí el salmorejo y me tiré tres meses comiendo salmorejo hasta que lo aborrecí. Me pasa con todo. Una temporada me dio por Benedetti, pues ya lo sé todo sobre él. Lo que me gusta es apasionarme por un tema, lo exprimo y me voy. Con los amigos soy un desastre porque nunca recuerdo fechas importantes, pero me lo perdonan todo.

Un gran amigo tuyo que vivió contigo me ha chivado que eres muy desordenada.
No he cambiado (risas). Soy un caos para el orden. Pero sí necesito saber dónde están las cosas. Sé que hay que darles un valor y mi problema es que no me encariño con ellas. Por ejemplo, me he cambiado veinte veces de casa de alquiler y siempre me he ido dejando cosas. No tengo ni fotos guardadas ni grabados los programas en los que he trabajado. Soy demasiado desprendida y eso no está bien.

¿Quién te falta en tu vida?
Mi padre. Se fue hace un año y medio y todavía creo que va a entrar por la puerta. No logro superarlo.

¿Qué aprendiste de él?
Me cuesta mucho hablar de él sin ponerme a llorar (Toñi se emociona). Mi padre era una buena persona, un tío honesto, un señor de campo muy estricto, fiel a sus convicciones, formal e íntegro. Me encantaría que, desde donde esté, sienta que yo he aprendido algo de su manera de ser. Era una persona muy callada, pero me enseñó con sus actos. Recuerdo cuando salió en defensa de los trabajadores. Todo lo que yo hago, pero incluso antes de que muriera, siempre lo hago pensando en si se siente orgulloso. Para mí es el referente de lo que me quiero convertir. Le echo muchísimo de menos.
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Te queda tu madre.
A ella la tengo como una reina. Vive en Sanlúcar de Barrameda y tengo una relación con ella como de amigas. Nos tocó a las dos un momento duro económico y ella se apoyaba mucho en mí, incluso cuando yo era una niña. Por eso maduré muy pronto. Tuve que asimilar que algún año los Reyes Magos no pasaran por casa. Y tuve una relación con mi madre muy estrecha, siempre apoyándonos mutuamente. Ahora trato de que no le falte de nada. Nunca ha salido de viaje y lo está haciendo ahora. Mi único objetivo es que sea feliz.

¿Qué hay que hacer para enamorarte?
¡Uy! (risas) Yo soy muy sencilla. Disfruto muchísimo con una buena charla, una cena y una copa de vino. Tengo 44 años, he estado en Afganistán cubriendo el conflicto, en Irak, en Bosnia… Lo que me gusta ahora es estar muy tranquila y disfrutar. Soy feliz con un bocadillo y viendo a mi sobrino, que me tiene loca. Nadie sustituye a nadie, pero la vida te quita y te da. Mi padre murió un abril y en mayo nació mi sobrino. Se llama Pepe, como él, y ha sido la luz que ha iluminado nuestra casa.

¿Tu sobrino ha cubierto tus posibles ganas de ser madre?
Ser madre es la única asignatura pendiente que me queda y que no descarto. He aprendido a soñar bonito y que, si finalmente no consigues esos sueños, no pasa nada porque buscas otros. La felicidad hay que trabajarla.

¿El amor compensa?
Siempre compensa en todos los terrenos de la vida. Es lo que mueve el mundo.