Cuando era niño existía una colección de libros que se titulaba ‘Elige tu propia aventura’. La gracia del asunto estribaba en que llegados a un punto de una narración podías elegir entre varias opciones para continuar y en función de tus decisiones el relato se construía de una manera u otra hasta llegar al final. Si la vida fuera así, podríamos inferir que Jesulín de Ubrique ha elegido los caminos menos afortunados para construir su figura pública.

Jesulín de Ubrique entra en esa categoría de famosos que tendrán hasta el final de sus días alguien que les esté machacando, por sus malas elecciones amorosas, por el personal de servicio que han contratado o por cómo han gestionado su imagen pública. Yo si fuera él estaría como Julieta Serrano en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’, viviendo en la López Ibor, pero él ha optado, en la mayoría de los casos, por el mutismo con los reporteros, y en otras por la confrontación directa.

Jesulín de Ubrique parece últimamente muy de capa caída… ¿Logrará remontar?

En un momento en el que la relevancia social de los toreros es cada vez menor porque hay un amplio sector de la población que se opone a esta práctica (no digo que mayoritaria, porque no tengo los datos en la mano, pero sí muy significativa), Jesulín ha gestionado mucho peor el rédito que les queda que otros compañeros suyos también muy mediáticos como El Cordobés o Enrique Ponce.

La vida de Jesulín de Ubrique ya ha sido parodiada en numerosas ocasiones como si fuera un culebrón de los que hacían furor en los años 80 como ‘Dinastía’ o ‘Falcon Crest’, pero aquí no se trata de eso. El humor es muy sano y un signo de inteligencia, pero no todo el mundo tiene el mismo: no es lo mismo el de las películas de Fernando Esteso que el de los Monty Python. Me da la sensación que en esa horquilla de risas no hay lugar para el torero, que cuando la cosa se pone fea tira por el lado del exabrupto.

Jesulín, a quien me he cruzado en varios eventos en mi vida como periodista, es simpático cuando las cosas le van bien, pero cuando se tuercen puede optar por presumir de que él solo habla con cierto medio previo pago o darte una cornada. Es de los que se inflan con los aplausos pero lleva mal los pitos.

Jesulín de Ubrique y María José Campanario están viviendo un momento muy delicado, con demandas de por medio en todas direcciones…

Entiendo la presión mediática que siente en su nuca, como el aliento de la muerte, que siempre está presente cuando se baja al ruedo, comprendo su enfado, incluso su ira por el tratamiento informativo (y a veces desinformativo) de la enfermedad de su mujer, María José Campanario. A la maldad no se puede responder con maldad y el que golpea dos veces no lo hace más fuerte. En todo caso, los tribunales son una buena opción, pero cada vez generan más jurisprudencia basada en cómo ha protegido uno mismo su derecho al honor y a la intimidad. Jesulín y sus colaterales decidieron vivir de cierta manera, muy rentable, por cierto, y los trapos sucios no los han lavado siempre en casa. Nada sale gratis, cariño. Esto tampoco.

Ahora pintan bastos para Jesulín, que, como su mujer, parece tener la batalla de la opinión pública perdida. O tal vez debería decir la guerra, porque es difícil enderezar un árbol que crece torcido es más trabajoso que repoblar un bosque entero. Las personas, como los perritos, nos movemos mucho por la empatía y por el instinto, por las primeras impresiones. Por eso, este matrimonio, contra el que no tengo nada ni a favor ni en contra, no acaba de caer bien a una parte de la audiencia que se forja su opinión viendo los programas que ellos tanto parecen detestar. Y las portadas pasteurizadas que protagonizan cada cierto tiempo tampoco contribuyen a mejorar su imagen, porque siempre hay alguna declaración, como un fleco suelto, que se enreda con las demás y se convierte en una polémica más.