Cuando aún no se había estrenado la película ‘Lost In Traslation’, yo me sentí así, ‘perdido en la traducción’, cuando fui a entrevistar a Bárbara Rey en 1998 a su chalet de Boadilla del Monte. Ahora ese reportaje cobra más vigencia que nunca y voy a hacerle a la ex-vedette un ‘Hormigas blancas’, aquel programa en el que los ‘rastreators’ de Tele 5 peinaban la ‘maldita hemeroteca’ de los famosos.

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Bárbara Rey, en la entrevista que realizamos en diciembre, de 1997, en un momento muy delicado para ella.

Estuve en casa de Bárbara Rey a finales de 1997, pocos días antes de las fiestas navideñas. El motivo de la entrevista era que iba a largar lo más grande sobre el robo de material comprometido que guardaba en su casa y que ahora ha sido revisitado por OKdiario, medio digital que ha puesto nombre y apellidos a quien ella calificaba entonces de ‘mano negra’.

Bárbara Rey, de pistacho de arriba abajo, imponía. Era un bellezón abrumador, con unas piernas interminables (y eso que no llevaba tacones) y con una verborrea que te dejaba sin capacidad de reacción. Era muy parecida a la parodia que hacían de ella Martes y Trece, soltando parlamentos interminables, que llevaban la entrevista a unos callejones sin salida de los que era muy difícil salir.

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Bárbara Rey posó para nosotros en su casas de Boadilla del Monte, en Madrid, con sus dos hijos, Ángel y Sofía.

Por allí andaban ‘mi-Sofi’ y Ángel, sus hijos, este último ahora ‘desaparecido en combate’ por voluntad propia. Discretos y poco habladores, posaron para arropar a su madre que se recuperaba de una operación y de unos problemas físicos que ella consideraba extraños y que incluso, sospechaba ella, podría deberse a que alguien pudiera intentar envenenarla o algo así… Digo algo así porque su relato era complejísimo, más que una novela de John Le Carré.

«No sé si ha habido una mano negra o no. Lo que sí es cierto es que las personas que me han querido hacer daño, que tal vez querían acabar conmigo, no contaban con mi coraza, con mi gran fortaleza», me dijo, sin pestañear.

Bárbara se sentía perseguida. Nos pidió que habláramos en susurros dentro de la casa, porque estaba convencida de que tenía micrófonos, y que su teléfono estaba pinchado. Vamos, que ni la pulsera telemática que le pusieron a Ortega Cano.

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Bárbara Rey, en la última entrevista que nos concedió en SEMANA, en 2015. La vedette nos dijo: «Nunca he sido la amiga entrañable del Rey’.

Volví a casa como con dos horas de grabación y con la cabeza como un bombo. No sabía cómo acometer el reportaje, que fue portada de SEMANA, ni cómo hilarlo. Era tan imposible, que a día de hoy sigo leyendo relatos de todo lo que le pasó entonces y sigue sonando disparatado… Lo que no significa que no sea cierto.

Si tuviera que elegir un entrecomillado que sintetizara nuestro encuentro sería: «Siempre he sido y seré una mujer discreta. No creo que sea necesario que yo aclare nada. Las cosas hablan por sí solas y, como parece que todo vuelve a la normalidad, es mejor que no remueva nada».

Aunque lo cierto es que yo estaba allí para remover todo… O ese era el propósito de la entrevista y para eso se nos había convocado.

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Veinte años después, la vida sigue igual. Bárbara Rey ha disparado la audiencia de algunos programas de televisión que están haciendo su agosto en enero, pero seguimos ‘lost in translation’, nos cuesta discernir qué hay de cierto o de falso y la monarquía española tiene que hacer frente, una vez más, a un escándalo que en nada beneficia.

Dos décadas más tarde un recuerdo me sigue pareciendo inquietante y revelador de la magnitud de todo esto: la imagen del director de la revista en aquel entonces guardando bajo llave las cintas de  grabadora pequeña, ahora tan obsoletas, en un armario bajo llave.

La sede de nuestra revista estaba entonces en otro edificio, muy cercano, por cierto, al Palacio Real. Nunca supe qué paso con esas cintas. Ni si alguien trató de robarlas, destruirlas o decodificarlas. Ahora mataría por volverlas a escuchar.

Por si acaso, juro que yo no tengo nada ni en casa ni en ningún sitio, ni cajas fuertes en Luxemburgo. ¡Ni nada! Y mis recuerdos son cada vez más difusos, aunque, para ciertas cosas, veinte años no es nada.