Charlène Wittstock poco o nada tiene que ver con aquella joven nadadora sudafricana que comenzó a salir con el príncipe Alberto de Mónaco. Tras su boda con él, en 2011, tomó el título de Princesa y continuó con un proceso de refinamiento personal que ha desembocado en una de las royals más atrevidas y modernas. También más misteriosa, pues son pocas las ocasiones en las que la vemos en público.  

Charlène lució un estilismo roquero con chaqueta de esmoquin y pantalones de cuero.

Su última aparición pública fue ayer noche para una gala especial de la Fundación Princesa Grace, que tuvo lugar en los Estudios Paramount de Los Ángeles. En ella se rendía un homenaje a Stephen Hillenburg, animador y productor estadounidense conocido por ser el creador de Bob Esponja. 

La Princesa, de 39 años, tenía una expresión muy artificial.

Charlène acudió a la cita en representación del Principado y allí sorprendió con una cara algo diferente. Los pómulos y los labios más hinchados llamaban poderosamente la atención, lo que le confería una expresión bastante artificial. Es notorio el cambio físico que ha experimentado desde su llegada a la corte de los Grimaldi hace diez años. 

Charlène, hace solo un mes en otro acto; y ayer mismo. Un cambio muy notorio, y no solo por el maquillaje.

Comenzó operándose la nariz y continuó sometiéndose a diversos tratamientos estéticos, como infiltraciones en los pómulos para suavizar su óvalo facial y la aplicación regular de botox en la frente y otros puntos estratégicos. 

La joven, en 2007, muy distinta, en una de sus primeras apariciones como novia del Príncipe Alberto de Mónaco.

Quizás la Princesa tenía muy recientes sus últimas aplicaciones y por ello su rostro reflejaba los efectos. El hecho es que Charlène no parecía Charlène. A sus 39 años,  la Primera Dama del Principado, que es madre de dos hijos, denota una alta exigencia con su físico, aunque no siempre logre los resultados deseados. 

Charlène, junto a la actriz Jessica Simpson y la hija de esta, Maxwell Johnson.