La amistad de Aurelio Manzano y Fran Álvarez se fraguó por el trato profesional, y ahora el periodista se despide de él con una emotiva carta en SEMANA.


La noticia de la muerte de Fran Álvarez ha sido recibida con tristeza y dolor entre sus familiares y amigos. Su gran amigo Aurelio Manzano no podía reprimir las lágrimas al hablar de lo ocurrido. La amistad entre ellos se fraguó por el trato profesional, y el periodista no ha dudado en escribir su artículo más duro, una carta de despedida al exmarido de Belén Esteban en SEMANA.

El pasado domingo recibí una triste noticia: la muerte de mi amigo Fran Álvarez. Después de hablar con su padre, comenzaron a llegar miles de imágenes a mi mente. La primera, de diez años atrás, de mayo de 2009, cuando acudí a su bar, El Rascacielos, buscando una reacción tras su primera separación de Belén. En aquella ocasión, la primera vez que le veía en persona, me encontré un chico tímido, temeroso de los medios y que no entendía la trascendencia que tenía la noticia. ¿Por qué todos hablan de esto? ¿A quién le importa si me separo? Y es que, en aquellos días, no se hablaba de otra cosa, un hecho que afectó también a su familia.

Recuerdo que entonces decidió emitir un comunicado para explicar su versión. A pesar de que no cobró un centavo por aquel escrito, fue muy criticado. Aquella fue la primera crisis importante con Belén Esteban. Luego vendrían hasta una decena de separaciones y reconciliaciones más. Hasta que en enero de 2013 firmaron el divorcio.

Querido Fran, ni te imaginas la de mensajes que he recibido en las últimas horas. Han sido cientos. De compañeros y de gente anónima. ¡Te sorprenderías! Y todos coinciden en un adjetivo cuando hablan de ti: bondad. Hoy aprovecho estas líneas para decirle al mundo cómo eras realmente. Fran era, y me cuesta la vida hablar en pasado, un chaval honesto, buen amigo, buen hijo, buen padre, generoso, tímido, familiar y, sobre todo, muy inocente para este mundo de luces y de fama.

Nunca entendiste por qué te atacaban e, incluso, que dijeran de ti cosas que no se correspondían con la realidad. Todo esto te afectaba personalmente y te sobrepasaba emocionalmente. Por más que traté de explicarte que la tele muchas veces era solo un show, nunca llegaste a entenderlo.

Las pocas veces que fuiste a un plató, siempre te preocupaba que la gente te viera bien. La última vez fue en Viva la Vida, en 2018. Recuerdo que fuiste a comprarte ropa nueva y desde esa simplicidad me decías: “Aurelio, es de Hugo Boss, ¿estoy guapo?”. Nadie sabía lo nervioso que te ponían las cámaras.

Para que entiendan cómo eras, voy a decir una de las frases que más me repetías: “Yo no quiero problemas con nadie, Aurelio. Quiero que me dejen en paz”. Ahora, meditando mientras escribo estas líneas, pienso que tal vez eso me incluía también a mí, en mi faceta de periodista. Pero también te indignaba que no se conociera tu verdad y por eso había que contarla. Era una gran dicotomía. “No quiero formar parte de este mundo, pero tampoco puedo permitir que se cuente cualquier cosa sobre mí”.

Después de tu divorcio, las cosas parecían que iban tomando un buen rumbo. Al menos ya no se hablaba a diario de ti, pero había otro problema por resolver: tu adicción al alcohol. Un problema que llevabas arrastrando años y que, con valentía, enfrentaste. Te costó reconocerlo, pero sé que te quedaste más tranquilo después de hacerlo. Tú mismo le pusiste nombre y apellido a tus problemas. No sabes lo orgulloso que me sentí cuando ingresaste por decisión propia en Proyecto Hombre. Lamentablemente, no pudiste ganar la batalla. Pero lo intentaste y eso, amigo, te hace grande.

Hoy, dejas un vacío inmenso en las vidas tus padres, que siempre estuvieron pendientes de ti, apoyándote en todo y sacando la cara por ti, y, por supuesto, en la de tu hijo, tu mayor orgullo y al que trataste de mantener alejado de los medios. También en la de tus hermanas, que siempre estaban cuando más las necesitabas. Y en la de tu cuñado, tus amigos, por los que dabas lo que no tenías, y la gente que no te conocía personalmente, pero a la que les caías bien.

¿Sabes con qué recuerdo me quedo, amigo, y que no deja de emocionarme? Tu llamada cada 24 de diciembre invitándome a tu casa a pasar la Navidad. Siempre diste lo que no tenías. Siempre pensabas en cómo ayudar y dar lo mejor de ti a los demás. La última vez que hablamos, te conté que había estado en Tailandia y que me iba a Punta Cana. “Joder, llévame contigo”, me dijiste. Ya no te hace falta, amigo. Ahora ya puedes volar solo y sin límites.

Eras un tío noble, muy frágil y muy buena persona. Quizá de eso fue de lo que se enamoró un día Belén Esteban. Ella sabía y conocía mejor que nadie a Francisco Javier, no a Fran Álvarez, sino a Fran, un chico a quien la fama se le quedó grande. No supiste manejarte con ella y sufrías, sobre todo, por el daño colateral que podía recibir tu familia.

Te quiero mucho, amigo. Y te voy a echar de menos. Espero haber estado a la altura del cariño que me diste. Vuela alto y con tranquilidad. Aquí se queda tu familia para recordarte y honrar tu memoria y me quedo yo, por si hay una pregunta en el aire que necesite respuesta. Me quedo con tu sonrisa y tu sentido del humor. Cuídate, y como siempre te decía: “Pórtate bien, niño”.