La periodista nos cuenta el apasionante viaje de las piezas “de pasar”, de las manos de la Reina Victoria Eugenia hasta la Reina Letizia.


Dice que este es “un libro de pandemia”. También es su pequeño gran tesoro. En ‘El joyero de la reina’ Nieves Herrero vuelve a sumergirse en la historia para contarnos la aventura de las llamadas joyas “de pasar”, que la Reina Victoria Eugenia, esposa del Rey Alfonso XIII, legó a sus sucesoras. Un apasionante recorrido que va de sus manos a las de su nuera María de las Mercedes (aunque esta no llegara a reinar), de esta a las de la Reina Sofía y de la emérita a la Reina Letizia.

Se trata de un conjunto impresionante, con el collar de chatones y la tiara de lis como las grandes piezas de la Corona. SEMANA ha hablado con la autora de que son más que adornos y símbolos….

Nieves, dices en esta novela: “El amor pasa, las joyas permanecen”.

Sí, a Victoria Eugenia las joyas le daban fuerza y energía. Incluso cuando estaba muy malita, pedía que se las llevaran. Su dama Lady William Cecil, que era una experta en Egipto, la introdujo en el mundo mágico de las joyas. Le decía: “Son tu fuerza, no te alejes de tus joyas, que en un momento mal dado serán tu salvación”. De hecho muchas acabaron en subastas durante su exilio.

¿Qué relación tiene Doña Letizia con las joyas?

La Reina Letizia hace guiños constantes con sus joyas. Se liga a Doña Sofía a través de la tiara helénica que usó en su boda, y que su suegra también se había puesto en la suya, heredada de su madre.

¿Qué tal lleva las alhajas?

Letizia lleva muy bien las joyas, porque es discreta, no se las pone todas a la vez, sino que son toques. No es ostentosa, pero reivindica constamente que es la Reina consorte. Lleva joyas muy modernas de hoy y, luego, cuando tiene que reinvindicar el papel institucional de la Corona, se pone las grandes joyas. En los últimos Premios Princesa de Asturias llevaba los pendientes de chatones y las pulseras gemelas de Cartier de Victoria Eugenia.

En la novela has convertido a Letizia en un ‘personaje’.

Es recurrente y vehicula la historia. Empieza cuando recibe las joyas “de pasar” y se interesa por su historia. Lo interesante es que estas joyas luego van a pasar a su hija, la Princesa Leonor, que va a reinar.

¿La Reina Victoria Eugenia es la gran desconocida?

Victoria Eugenia es una reina incomprendida. Ella puso en marcha a las damas de la Cruz Roja, abrió hospitales, se preocupó por los niños huérfanos. Se volcó en temas sociales, al igual que hace Letizia ahora. Y estuvo trabajando por la vuelta de la monarquía.

Alfonso XIII le regalaba un chatón para añadir a su collar por cada cumpleaños y nacimiento de sus hijos.

En esta obra vamos comprendiendo por qué ella no ha tenido mucha suerte. Se casó enamorada, llegó a una corte en blanco y negro, todas enlutadas, y ella iba de blanco, con sedas y tules, fumando, reuniéndose con los hombres tras la comida y bebiéndose su whisky… Aprendió español en tiempo récord. Pero el Rey se fue distanciando de ella, porque le recriminaba que no le avisaran de que la Reina podía transmitir la hemofilia a sus hijos, aunque eso no fue así.

Nieves Herrero posado
© Luis Malibrán.

¿Cuántas lágrimas se han vertido sobre estas joyas?

Cada brillante, cada chatón, es una lágrima de la Reina Victoria Eugenia. Lo pienso así cuando veo a la Reina Letizia con ellas. Fue muy desdichada. En la Corte se sabían los rumores de todo, las relaciones de su marido con actrices, cantantes, personas del servicio y los hijos que tenía con ellas. Ella fue muy digna, lo negaba, pero hacia dentro lo llevaba mal, claro.

Pero tenía sus joyas…

Sí, para ella las joyas eran como la tierra de Tara de Escarlata O’Hara. Las joyas son más que un adorno, más que un talismán, son la seguridad para la existencia de los reyes en el exilio. Se dice que con dos chatones de su collar se compró su casa de Vieille Fontaine, en Lausana (Suiza).

¿Existe una ‘maldición’ sobre estas piezas?

Según su dama, tienes que estar segura de quien ha llevado las joyas antes que tú, porque de alguna manera se traspasan las vivencias de una reina a otra. Esto se decía sobre todo con La Peregrina.

Doña Letizia lució esta perla en un broche en la Fiesta Nacional de 2017.

Sí, es muy especial. Ramiro García-Ansorena, que fue íntimo amigo de Victoria Eugenia y su joyero personal, le hizo entender que esta era una perla muy importante por tamaño y forma, pero que no era la ‘auténtica’, ya que podía ser una réplica. De hecho, a finales de los años 60 salió a subasta en Estados Unidos una perla que nombraron como La Peregrina original, y ella mandó a su nieto Alfonso Dampierre a pujar para tratar de tenerla también. Llegaron hasta un punto, pero finalmente se la llevó Richard Burton para Elizabeth Taylor. Poco después, ella le pidió a Luis Martínez de Irujo, marido de Cayetana de Alba, que saliera en rueda de prensa a mostrar su perla, insistiendo en que esta era la auténtica Peregrina, porque así se lo dijo Alfonso XIII. Era palabra de Rey.

Al final se reconciliaron…

Cuando el Rey estaba a punto de morir, en Roma, se reencontraron y se perdonaron. Él la transmitió el legado y se reconocieron como legítimos esposos. Cuando Victoria Eugenia regresó a España para el bautizo del hoy Rey Felipe, dijo: “Me voy con la conciencia tranquila, porque los españoles me quieren”. Tenía esa espinita clavada.

Nieves Herrero posado
© Luis Malibrán.

¿Qué pasaría si Letizia se pusiera todas esas grandes joyas como hacía ella?

No puedes ir como Victoria Eugenia con todas las perlas, no son los tiempos. En Letizia sería impensable. Cuando hay bodas reales o en las visitas de Jefes de Estado ahí sí, porque estás reinvindicando tu lugar. Son joyas con tanta carga histórica que no tienen precio.

SEMANA ha tenido algo que ver en esta obra, ¿no?

Sí, las fotos que aparecen en el libro son de vuestro archivo. Y además las crónicas que hizo SEMANA en la época han sido fabulosas y para la novela me han servido mucho. Son cosas que no he encontrado en los libros de historia.

Incluso Alessandro Lequio, bisnieto de Victoria Eugenia, también ha colaborado contigo.

Gracias a Alessandro Lequio no me ha hecho falta inventar. Le he hecho un guiño a través del personaje de un niño. Me ha dado esa dimensión humana que me faltaba. Me dijo que su collar y la tiara de aguamarinas eran igual que el color de sus ojos. Según él, era una mujer interesantísima. Me dijo que a su bisabuela le gustaba mucho el gazpacho, que le daban miedo los insectos y que en el exilio tenía miedo a la noche.