Lydia Lozano es una mujer con un grifo de lágrimas pasado de rosca. Si no no se entiende su descomposición cada vez que tiene un conflicto en televisión.

Lydia Lozano es una periodista curtida y con una gran experiencia, que gracias a la televisión se ha convertido en personaje.

Los que creen que ‘Sálvame’ es un programa guionizado tienen la prueba que refuta este argumento en Lydia Lozano. Para llorar así de bien, pero de mentira, tendría que ser Meryl Streep o haberse pasado años en la escuela de Corazza, como cada vez que Javier Bardem prepara uno de esos papeles suyos tan intensos y a veces (solo a veces) tan pasados de rosca.

Conocí a Lydia Lozano en unos carnavales canarios en los que Alessandro Lequio iba de jurado en pleno escándalo por su relación con Mar Flores y en el mismo día que surgió la leyenda urbana de Ricky Martin y la mermelada. En aquel entonces trabajaba para una agencia y tenía de fotógrafa a Pepa Jiménez, que más tarde se convertiría en comentarista televisiva.

Son numerosas las ocasiones en la que hemos visto a la colaboradora televisiva absolutamente descompuesta en ‘Sálvame’.

Lydia era una mujer muy graciosa, ocurrente y cercana. Pasó lo típico, que te das los teléfonos y no te llamas nunca. Así que más de una década después yo sigo aquí y ella allí, en ‘Sálvame’, llorando cada vez que le tocan Triana.

No quiero caer en la trampa de pensar que lo que es malo para mí lo es para los demás, porque yo necesito vivir a nivel emocional lo más plano posible, porque los tacones mentales son agotadores: sería incapaz de alternar el llanto más brutal con un baile ‘chuminero’ en cuestión de minutos.

Igual que aquel bolero, ‘Corazón loco’, que hablaba de querer a dos mujeres a la vez y no estar loco, a mí me cuesta mucho pasar de un estado anímico a otro sin transición. Lo cual no significa que esté más o menos centrado que Lydia, porque cada uno es la mejor versión de sí mismo que se puede permitir.