Pocos personajes públicos pueden presumir de ser tan populares y llevar una vida casi silenciosa, ajena al escrutinio del público…

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Anne Igartiburu ha sabido conciliar perfectamente su trabajo con su vida familiar.

Anne Igartiburu ha sido madre de su primer hijo, Nicolás, casi sin hacer ruido. Llevábamos semanas pendientes de su Instagram, que es donde se dan ahora las noticias o los comunicados importantes, pero no había forma de que soltara prenda. Es más, algunos estábamos convencidos de que igual había sido madre hacía unos días y nos íbamos a enterar cuando el bebé ya diera sus primeros pasos.

Desde que en Semana Santa Mar Flores anunciara que se separaba en esta red social las cosas ya no son iguales. En cualquier momento puede saltar la rana a la que cantaba María del Monte. Y en el caso de Anne también ha sido así. El primer pedacito de Nicolás lo hemos visto ahí.

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Un momento de gran complicidad entre Anne Igartiburu y su marido.

Ahora tampoco se presentan a los bebés como antaño, invitando a la prensa a pie de cama, como hicieran las dos Rocíos que tanto echamos ahora de menos, la Jurado y la Dúrcal, o las estrellas que se preciaban de serlo. En estos días se lleva enseñar una manita, un pie o un trozo de la cabeza. Una metonimia de bebés que, salvo excepciones, como Tania Llasera, que enseña a su Pepe a calzón quitado, nos deja casi como estábamos.

No era del uso de las redes sociales de lo que quería hablar en este artículo, pero me pasa como a Hilario López Millán, ‘a esta quien la para…’. Así que retomo el hilo: Anne Igartiburu siempre me ha maravillado por la capacidad que tiene de estar en todas partes y que apenas sepamos nada de ella. Es un oxímoron en sí misma, ya que la ves y no la ves, se cuenta pero no se desvela, se muestra y se esconde. Si tuviéramos que tirar de hemeroteca para escribir una biografía suya, poco íbamos a encontrar que añadir a su Wikipedia.

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Pablo Heras-Casado, un músico de prestigio internacional, siempre viajando por el mundo.

Anne tiene el misterio de la Isabel Pantoja de sus mejores tiempos, de una Greta Garbo retirada, de una Concha Piquer que decide quedarse muda. En su caso, sin embargo, no puede ser más llamativo, porque lleva años en programas de máxima audiencia o en su ‘Corazón’, un espacio liviano para que no se indigeste la comida con noticias morbosas, y protagonizando campañas de publicidad que la han puesto al borde de las autopistas, en anuncios y en banners de webs sin que tengamos la sensación de que esté sobreexpuesta.

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Anne, en una campaña promocional de las pasadas navidades.

La presentadora vasca ha tenido tragedias familiares, se ha casado, se ha divorciado, se ha enamorado, se ha desenamorado, ha adoptado dos hijas, ha sido madre en una edad improbable y ahí sigue, como si nada hubiera ocurrido.

No es fácil lograr esta pericia como tampoco no pasarse de moda en una época de presentadores de usar y tirar, colaboradores televisivos dispuestos a inmolarse por sus quince minutos de fama y programas de televisión donde se exprimen las menudencias de la vida hasta que no queda nada de jugo dentro.

Anne, además, se ha echado un marido joven, guapo, con talento, prestigio internacional y con cara de besar por donde pisa. No estaría de más que compartiera su sabiduría con el resto del mundo para que supiéramos posicionarnos en la vida aunque fuera solo un diez por ciento de bien.

Por supuesto que no quiero acabar sin darle la enhorabuena y desearle que disfrute de todo lo bueno que tiene. Siempre he dicho que conviene fijarse en los buenos ejemplos, no para envidiarlos, sino para ser conscientes de que lo mejor está siempre por llegar.