Ángela Molina es a sus 60 años un manifiesto en sí misma de cómo hay que envejecer y aceptar que cada etapa de la vida tiene unos códigos que hay que respetar si no se quiere acabar siendo grotesco.

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Ángela Molina presume de canas y de arrugas en su rostro, que sigue siendo uno de los más bellos del cine español a sus 60 años.

Desde que Luis Buñuel en los años 70 la definiera como ‘una Virgen pagana’, Ángela Molina se convirtió en uno de los mitos eróticos de nuestro país y también del cine europeo. La hija del inolvidable Antonio Molina rezumaba sensualidad en cada uno de sus trabajos y no tenía reparos en mostrar su desnudez sin tabúes en películas como ‘Ese obscuro objeto del deseo’ del legendario director aragonés o en ‘Lola’, donde vivía un tórrido triángulo amoroso con Feodor Atkine y Patrick Baucahau, quien, por cierto, se enamoró de Assumpta Serna en el rodaje de esa película de Bigas Luna.

Pero no nos vayamos por las ramas…

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La actriz, con su hija Olivia Molina, fruto de su relación con Hervé Timarché.

Ángela Molina, que ha vivido su juventud en la libertad que da Ibiza, que más que un lugar es un estado de ánimo, no ha mostrado jamás preocupación por las arrugas que han ido surcando su bello rostro a lo largo de los años. Su piel tersa ha ido dando pie a un rostro que se ha convertido en un mapa de su propia vida.

Cada pliegue, cada accidente de la geografía de su cara es la manifestación de un periplo que la ha llevado a ser madre de familia numerosa, como lo ha sido la suya, a trabajar hasta decir basta, siempre con una maleta preparada para moverse de un país a otro, y a rezumar felicidad.

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Luciendo todo su esplendor en Ibiza hace más de una década.

He coincidido con Ángela Molina en diversos momentos de mi vida, el más íntimo cuando estuve trabajando con ella en el festival de cine de Huesca, donde recibió el Premio Luis Buñuel. Pese a ser una estrella, no pidió ni maquillador ni peluquero y todo lo más que nos preguntó es dónde había una perfumería, porque necesitaba unos polvos para la cara de Chanel.

Por supuesto, que mandamos a alguien a buscarlos y, como una niña ante un regalo de Reyes, los abrió en la recepción del hotel y se derramó medio bote encima… Divertida fue corriendo al baño, se los aplicó y regresó radiante, como si hubiera pasado por chapa y pintura.

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Ángela Molina, en su juventud, cuando daba los primeros pasos de su carrera.

Ángela Molina sigue siendo una de las mujeres más guapas de nuestro país, porque, como dijo Lola Flores, el brillo de los ojos no se puede operar. Sigue conservando esa mirada intensa que a tantos directores ha enamorado y una sonrisa perfecta en un rostro que no ha sido modificado por el bisturí ni pinchado para inflarse como un globo anacrónico.

Las grandes firmas son conscientes de que los rostros planchados están pasados de moda y los directores quieren mujeres jóvenes para interpretar a mujeres jóvenes, no a actrices que tienen un rostro inexpresivo y un cuerpo acorde a la edad que tienen, en muchos casos llenos de prótesis que las convierten en monstruos del doctor Frankestein.

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Mickey Rourke, de 63 años, un claro ejemplo de los estragos de la cirugía estética.

Ángela Molina, Geraldine Chaplin o Carmen Maura son ejemplos de mujeres que siguen trabajando con directores de primera línea, mientras que otras de su generación o más jóvenes como Demi Moore o Meg Ryan se han cargado sus carreras por estar en la quimérica búsqueda de la eterna juventud. De Mickey Rourke, ni hablamos…

Por eso desde aquí aplaudo a Ángela, quien está a punto de abandonar el personaje de Cleoptra con la función que estrenó en el pasado festival de Mérida y está en las pantallas de medio mundo con ‘Tini: el gran cambio de Violetta’. Como diría en Italia, donde es una ‘mega-star’: Brava!

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A sus 54 años, Meg Ryan también se ha sometido a numerosos retoques.