Desde que era niño crecí escuchando críticas a Isabel Preysler (‘la presley’ decían en la tienda de ultramarinos a la que iba a comprar el pan’) y casi cuatro décadas más tarde nos encontramos, como cantaba Rocío Jurado, ‘en el punto de partida’.

Isabel Preysler, como Isabel Pantoja, aunque en otro tono, ha sido una especie de ‘punching ball’ para todos aquellos a los que les hubiera gustado llevar una vida similar a la suya. Porque, no nos engañamos, a quién no le gustaría vivir en una mansión con docenas de habitaciones y baños (de ahí el apelativo de ‘villa meona’), un servicio dispuesto a complacerte hasta en los últimos deseos, y una capacidad adquisitiva que te permite convertirte en una especie de ‘Benjamin Button’, aquel personaje que interpretó Brad Pitt, que vivía una regresión física hacia la infancia, y acabar siendo casi más joven que tus propias hijas.

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Isabel, con Julio Iglesias en 1970, cuando aún parecían felices juntos.

La ruptura con Julio Iglesias le valió en las corralas todo tipo de apelativos a Isabel y más de una lloró a lágrima viva con aquél tema del cantante que decía ‘lo mejor de tu vida me lo he llevado yo’, que parecía escrito pensando en ella, aunque me da a mí que el intérprete de ‘Hey’ hacía mucho tiempo que la había olvidado. Luego cuando también salió mal lo del marqués de Griñón las agoreras y las envidiosas pudieron decir: ‘Mucho ha tardado’.

Preysler siguió con su vida, criando herederas de su legado estético y mediático (a mi juicio ninguna está todavía a su altura) y se casó con Miguel Boyer, perseguida de nuevo por el escándalo. Ella, sin inmutarse, calló bocas y siguió a su lado hasta que la muerte les separó, sin convertir la enfermedad de su marido en un melodrama televisado ni derramar una lágrima gratuita.

No habían enterrado al que fuera súper-ministro socialista y ya estaban muchas señalándola con el dedo por su ‘outfit’ en el tanatorio, pero, a ver, qué se esperaban: ¿que fuera de plañidera, desteñida y desgreñada? Pues no, hubiera sido una decepción para el mundo no verla perfecta, recién planchada y subida a unos taconazos para hacer frente al dolor cara a cara.

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Mario Vargas Llosa está enamoradísimo de ella.

No había pasado nada, menos de un año, y ya teníamos montada ‘La fiesta del chivo’ con Mario Vargas Llosa. De nuevo en medio de murmuraciones y maledicencias, Isabel Preysler ha reaparecido ante los medios reinventada, impertérrita y más alta socialmente que nunca, del bracete de un Nobel que está demostrando que los 80 son los nuevos 40. No hay más que ver con la apostura que camina y con la actitud de ‘quién fuera yo’ el autor de ‘La tía Julia y el escribidor’ (libro que aprovecho para recomendaros, porque, aunque parezca mentira, él sigue siendo escritor).

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Isabel siempre ha sabido darle la espalda a las críticas

La vida de Isabel Preysler ha dado y dará para mucho, porque esto no acaba aquí, qué os habéis creído. Ella es la Madonna del papel ‘couché’. Quedan muchos capítulos por escribirse y los guionistas de la vida darán vueltas de tuerca que nos dejarán patidifusos, pero seguirá siendo aquella, la misma mujer que encandiló a Julio Iglesias, que convivió con la aristocracia, que se sentó a la mesa con los políticos más poderosos y que ahora convive con los hombres de letras más sabios del planeta.

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Carla Bruni, otra mujer que, al igual de Isabel Preysler, ha tenido una vida muy intensa.

Isabel Preysler ha acabado dando la razón a las Azúcar Moreno: solo se vive una vez. Ahora que me ha dado por pensar se me ocurre un ejemplo similar al suyo, el de Carla Bruni, otra mujer que lleva cinco o seis vidas en una sin perder la esencia ni fruncir el ceño. Con la diferencia de que nuestra ‘presley’ nunca ha modelado, no ha compuesto una canción ni ha hecho una gira. Se ha limitado a ser ella misma, a sonreír, a dar entrevistas en las que habla mucho sin decir gran cosa, a no ser pillada en un renuncio y a organizar su vida como si fuera un ministerio perfecto.

¡Viva tú, Isabel!