Marisa Martín Blázquez ha querido compartir con todos sus seguidores los momentos complicados que vivió debido a su delgadez.


Para Marisa Martín Blázquez no ha sido fácil estar siempre tan delgadita. Aunque para muchas personas esto sería una suerte, para la colaboradora de televisión no siempre ha sido así. Le acostó acostumbrarse a su cuerpo y a quererlo y a amarlo como lo hace ahora. De hecho, ha querido revelar algunos de sus trucos para parecer que tenía más cuerpo, como el hecho de ponerse un pantalón del pijama debajo de su ropa para que pareciera que tenía más carne. Además, se ha tenido que enfrentar a algunos de los comentarios y críticas de sus compañeros de colegio o incluso de sus familiares. Algo que no ha sido fácil para ella. Ahora, quiere compartir con todos sus seguidores la lección que ha aprendido tras lograr aceptar su cuerpo sin complejo.

Marisa Martín Blázquez se confiesa sobre su cuerpo

«He sido y soy flaca. De adolescente me ponía el pantalón del pijama debajo del vaquero. Quería rellenar con algodón de Portugal lo que la naturaleza no me regalaba.
Mi madre me decía que no me apurara, que ya vendrían a mí las carnes. También que había nacido con poco peso y que llevaba tiempo recuperarse», comienza diciendo. Y añade: «¿Tiempo…? Mi madre siempre tuvo la esperanza de que fuera una niña “lustrosa”. Sé que la perdió cuando veía que, aunque comiera más que el remordimiento, no me lucía».

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Aunque en un primer momento los suyos se preocuparon por su delgadez, después todo cambió. Así lo desvela: «Dejó de preocuparse porque me sabía sana y, también, porque un día se le encendió una luz:
-A ver, hija, yo soy muy delgada, y tú tienes pinta de no mejorar esto.
Luego remató:
-Además, según te vas haciendo mayor, vas cogiendo peso y todas estas que lucen tan bien los vaqueros, de mayores se tendrán que poner faja y tú no. ~».

Fue una época muy complicada para la colaboradora de televisión

A pesar de que contaba con el apoyo de su madre, no fue fácil: «Eso me reconfortaba a medias. Yo quería rellenar mis vaqueros en ese momento; ya vería qué hacía con mi culo y mi barriga cuando fuera una señora de treinta. Una señora de treinta…
Lo de ser el espíritu de la golosina, tenía poca o ninguna gracia», cuenta. También ha revelado una anécdota que vivió con su tía: «Mi tía Ana le decía:
-Ay, Dori, esta niña… Por Dios, dale más de comer, que nació como una aguja de hacer punto y ahora parece un palo vestido.
Mi tía Ana me quería –y me quiere– mucho, pero de psicología de adolescentes –en realidad de ninguna psicología– nunca tuvo ni puñetera idea. Mi tía Ana es de las que si no te ve la cintura como un morcón ibérico y marcando un buen culo, te ve enferma».

A pesar de que ha pasado el tiempo, todavía siguen viendo igual a Marisa: «Hoy, todavía, me sigue viendo “hecha una mierda”. Mi tía Ana siempre fue la malhablada de la familia y la de «la-empatía-me-la-paso-yo-por-donde-la-esponja» pero, de verdad, que me quiere mucho. Yo a ella, también porque es de las que te dicen en la cara lo que piensan y nunca se midió con lo de las verdades. O con lo que ella cree que son verdades. Pero vamos, que para ella estoy “hecha una mierda”. «.

A Marisa le costó quererse a sí misma

Con el paso del tiempo, Marisa Martín Blázquez ha aprendido a quererse sin complejos: «Hoy me estaba probando un vaquero, me he visto en el espejo y he recordado una escena de hace años. Estaba saliendo, con unos amigos, de un cinefórum. Yo me iba a entrenar; competía en natación y en natación sincronizada. Teníamos catorce años. Se me cayó al suelo un bolsito que llevaba. Al agacharme a recogerlo, me asomó el pijama de algodón de Portugal por la cinturilla. Me asomó Portugal, España, la Península Ibérica, todos sus archipiélagos y la vergüenza cuando una de mis amigas dijo:
¡Mirad la nadadora, que “nada” por delante y “nada”por detrás! ¡Se tiene que poner el pantalón del pijama para que parezca que tiene piernas y culo!”. La miré con cierta rabia y la imaginé con treinta y con una faja apretada que no era capaz de sujetar tanta carne y con la que le saldrían unas varices que recorrerían su geografía carnal hasta parecer el mapa físico–con todos los ríos y sus afluentes– de toda la Península Ibérica».

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Aunque no ha sido fácil, con el tiempo aprendió a quererse: «Al poco tiempo, y mientras seguía con mis entrenamientos de natación y de sincronizada, empezaron los chicos a mirarme por delante. Y a mirarme por detrás. Uno dijo:-Ya no eres nadadora.vMe metí en los vestuarios a ducharme. Me quedé mirándome desnuda ante el espejo y vi que ese cuerpo me gustaba. Me gustaba igual que me gustaba el de espíritu de la golosina. Me gustaba de nadadora que “nada por delante y nada por detrás” y también ese en el que mi particular Península Ibérica ( Portugal sin algodón y España con sus montañas) se asomaba al Atlántico y al Mediterráneo. Al Cantábrico y a todos los mares».

«Aprendí que mi cuerpo es mío», dice

Y sentencia su publicación: «Aprendí que mi cuerpo es mío y que es a mí a quien más le tienes que gustar. Sin curvas o con ellas. Sin imperfecciones y con ellas. P.D. Mi tía Ana lleva toda la vida a régimen porque, aunque no lo dice, ella siempre se ve gorda. Mi tía Ana es maravillosa y me gusta con sus palabras malsonantes y con los kilos que le sobran o no; sobre todo porque es mi tía, porque me quiere –mucho– y porque de pequeña me contaba siempre los cuentos clásicos en verso. Y también porque aún cuando me dice que me ve “hecha una mierda”, me ve como si fuera y estuviera fantástica. Que la conozco…
Marisa M-B».