El príncipe Guillermo y Kate Middleton han asistido al la misa de acción de gracias celebrada en la abadía de Westminster con motivo del Día de ANZAC. Una cita para la que, en principio, no se esperaba a la duquesa de Cambridge, quien finalmente sí ha acudido junto a su esposo para una cita en la que se rinde tributo a los soldados de los ejércitos de Australia y Nueva Zelanda (pertenecientes a la Commonwealth) que sirvieron y murieron en todas las guerras.

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Kate Middleton ha sorprendido reciclando uno de sus modelos más significativos: el vestido-abrigo blanco de Alexander McQueen, que estrenó para el bautizo de su segunda hija, la princesa Charlotte, en junio de 2015.

La única novedad era que, en lugar del tocado que lució entonces, esta vez se ha puesto una diadema de efecto casquete, firmada por la sombrerera Jane Taylor. Abierta por arriba y cerrada por detrás con un gran lazo negro, el diseño recordaba a la apariencia de un tocado de tipo ruso. Un estilo muy parecido al que ya le vimos hace unos días en la Misa de Pascua.

El toque final lo daban sus pendientes de perlas, las llamadas Collingwood, que pertenecieron a su suegra, Diana de Gales. Por supuesto también llevaba su anillo de compromisos de zafiros, que le regaló Guillermo en su pedida y que Kate jamás se quita.

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La duquesa llevaba prendido en la solapa un broche con la amapola, el símbolo de los caídos en los conflictos bélicos. Una arraigada tradición que comenzó después de la I Guerra Mundial y que se ha mantenido hasta nuestros días.

Ya el príncipe Guillermo había participado por la mañana en la habitual ceremonia depositando una corona de amapolas en el Cenotafio de Londres. La ocasión es muy solemne para la realeza británica, pero los medios nacionales no han tardado en reseñar el gesto pensativo del hijo mayor de Carlos de Inglaterra.

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Más tarde, las caras largas han continuado por momentos. Aunque los duques de Cambridge son unos perfectos profesionales y siempre van con la sonrisa por delante, durante el servicio religioso en Westminster también han aparecido excesivamente cariacontecidos. Quizás mucho más allá del respeto que merecía la ceremonia. Es más, en varios instantes ambos han intercambiado miradas y gestos algo contrariados.

La pareja sigue trabajando al pie del cañón como el mejor relevo generacional de la reina Isabel e incluso del príncipe Carlos, pero seguramente las últimas declaraciones del príncipe Harry no han sentado nada bien en el seno de los Windsor.

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En una entrevista para la cadena estadounidense NBC, durante su estancia en La Haya para los Juegos Invictus, el duque de Sussex decía: «Me estoy asegurando de que la reina Isabel está protegida y que tiene a las personas adecuadas a su alrededor». Unas palabras que parecían poner en cuestión al círculo de la soberana (donde evidentemente se encuentran el príncipe Carlos y el propio Guillermo). Desde Buckingham no han comentado nada, pero no así la prensa, que ha vuelto a dedicarle algunos calificativos a Harry. De arrogante, como poco…

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Además este es otro de los actos al que la soberana ha declinado asistir en persona, lo cual vuelve a poner en cuestión su delicada salud. Isabel II no solía faltar a esta cita, pero ahora que acaba de cumplir 96 años prefiere delegar sus funciones en los demás ‘royals’.

Mientras su nieto y su esposa la representaban en Westminster, se ha visto a la soberana salir en un coche de su residencia campestre en Sandringham, donde ha pasado su 96 cumpleaños, que celebró el pasado 21 de abril.