Repasamos algunos de los momentos esenciales en la larga y fructífera vida del duque de Edimburgo. Casi un siglo en la primera línea al lado de la reina Isabel.


Felipe de Edimburgo ha dicho adiós hoy a los 99 años. Se encontraba en el castillo de Windsor junto a la reina Isabel, el lugar que guarda tantos recuerdos para la pareja y donde ambos han pasado todo el confinamiento. Ha sido la última etapa de un largo matrimonio de 73 años en el que, como no podía ser de otro modo, ha habido de todo, bueno y malo. Pero pocas parejas pueden presumir de haber estado juntos tanto tiempo y a tan alto nivel.

El duque de Edimburgo deja una huella imborrable en la soberana, sus cuatro hijos, sus numerosos nietos y biznietos. Y ha estado ahí hasta el final, presente en la vida de los Windsor como un tótem sólido e inamovible y sobre todo como el gran apoyo de su mujer, acompañándola en las nada fáciles tareas del Estado.

Felipe nació el 10 de junio de 1921 en Corfú (Grecia), siendo el quinto hijo (único varón) del príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca y de la princesa Alicia de Battenberg, así que entroncaba con la realeza griega (con nuestra Reina Sofía), británica, danesa y hasta rusa. Apenas siendo un bebé tuvo que exiliarse de Grecia con los suyos (dicen que escondido en una caja de frutas) y sufrió una serie de sucesivas desgracias familiares: su madre ingresó en un psiquiátrico, una de sus hermanas murió en un accidente aéreo junto a su cuñado y sus dos sobrinos…

EL GRAN GIRO DE SU VIDA

Primero se instaló en París, después en Reino Unido, donde vivió con algunos parientes. Pero su ‘pedigrí’ no fue lo que cautivó a la entonces princesa Isabel cuando se conocieron, siendo ella apenas una niña y él un oficial de la Marina británica, en plena II Guerra Mundial. Alto, rubio, apuesto, deportista, ingenioso y simpático… La hija del rey Jorge VI, cinco años menor que él, solo pudo caer rendida ante Felipe.

Unos años más tarde ya hubo lugar para el amor. El 20 de noviembre de 1947 se daban el «sí, quiero» en la abadía de Westminster. Felipe renunciaba a la fe ortodoxa griega y perdía su título de príncipe, pero a cambio su suegro le concedía el tratamiento de Alteza Real y el título de duque de Edimburgo. Este ya siempre le acompañaría hasta el fin de sus días.

En 1952, a la muerte de su padre, Isabel pasó a ser la reina de Inglaterra, y él como consorte. Un cambio de vida radical que pondría en más de un apuro al joven matrimonio por las tensiones del poder. Llegaron también sus cuatro hijos (Carlos, Ana, Andrés y Eduardo), los viajes oficiales, las tareas al frente del Ejército y patrocinando diversas fundaciones benéficas. Felipe era una figura carismática y poco dada estar en la sombra. Cuando el duque decidió retirarse de la vida oficial, el 2 de agosto de 2017, había cumplido un total de 22.219 compromisos reales, siendo el miembro de la realeza británica que más tiempo había servido en la primera línea de la monarquía.

Casi un siglo de una vida plena y no exenta de polémicas, motivadas por su fuerte carácter, su sentido del humor a veces inoportuno e incluso alguna crisis con su esposa. Pero manteniéndose siempre al lado de Isabel, mujer y reina, resolviendo sus asuntos en la intimidad.

En los últimos años, Felipe de Edimburgo había sufrido los lógicos achaques de salud debido a su avanzada edad, con ingresos y operaciones diversos, pero el duque siempre lograba superarlos demostrando una fortaleza fuera de lo común. La última crisis se produjo a mediados de febrero, cuando fue ingresado en el hospital Edward VII de Londres aquejado de una infección y, más tarde, fue intervenido del corazón. Salió un mes después. Sentado en su vehículo oficial, marcado por la lógica debilidad, fue la última imagen pública de Felipe de Edimburgo. Ahora todos le lloran.