En este nuevo capítulo, Kiko Rivera el momento en el que le contó a su madre sus problemas de adicción y cómo logro superarlo


Es cierto que durante mi noviazgo con Jessica Bueno me tranquilicé un poco y dejé de  consumir con tanta frecuencia. Ella no compartía este tipo de vida y yo me veía obligado a tener que mentir y esconder mis hábitos. La llegada de mi hijo Francisco, un bebé buscado y muy querido, me hizo replantearme muchas cosas y traté de cambiar. Por él y por la madre de mi hijo quise darle un giro a mi vida y abandonar esa mala vida que llevaba. Sin embargo, no pude. Además, como lo dejé con Jessica a los dos meses de nacer mi hijo Francisco, aquella ruptura me hizo recaer y retrocedí todo lo que había avanzado.

Instalado en esa vida llegó la que hoy es mi mujer, Irene. Poco a poco, me acostumbré a mentirla, a engañarla y a inventarme broncas para poder escaparme y disfrutar de esas fiestas a la que recurría cada vez que salía ese demonio que llevo dentro. Esa, la de demonio, es la expresión que mejor define lo que me pasaba, porque es así. Yo tenía un bicho dentro que, de vez en cuando se asomaba y me hacía cometer muchísimos errores.

© Redes sociales.

Por suerte, yo ya he hablado con ella de este tema. Ella entiende que cuando tenía ese  demonio no era yo y por eso cometía muchísimas equivocaciones. Gracias a Dios y no sé muy bien por qué, pero Irene me ha perdonado ese tipo de cosas, aunque lo cierto es que lo ha pasado muy mal porque el problema que yo tenía era enorme. Yo no disfrutaba de nada. Ni de ella, ni de mis hijos, ni de sus bautizos… Ni siquiera disfruté el día de mi boda. Me lo pasé muy bien, sí, pero al final pues imaginad lo que pasó… Ni siquiera mi luna de miel la recuerdo con la ilusión que merece.

Ahora entiendo que Irene me ha perdonado todo porque me quiere de verdad. No debe ser  fácil mantener una relación con alguien que a veces no se portaba bien. Le debo todo y creo que ahora, después de cinco años, estoy más enamorado que nunca de ella.

El punto de inflexión.

En fin, que mientras continuaba con mis adicciones, mi mujer empezó a no poder más y un día me cogió de la pechera. Lo haría muchas veces más. Irene ha llegado a lanzarme  ultimátums diciéndome que o dejaba esa mala vida que llevaba o cogía las niñas y se marchaba. Pero yo no podía, de verdad. Hasta 2018. En la primavera del año pasado, cuando volvíamos de una escapada a Barcelona donde mi mujer había tenido que asistir a un desfile de una marca nupcial, ya en el avión sentí que ese demonio del que hablo me pedía fiesta. En ese momento, en pleno vuelo, me inventé una tremenda discusión con Irene y nada más llegar a Sevilla me fui por ahí.

Irene, desesperada, llamó a mi madre. Esta me llamó a mí pare decirme que dónde narices estaba, que volviera inmediatamente a mi casa y yo, bajo los efectos de las drogas, sencillamente colgué y apagué el móvil. Al día siguiente, cuando volví a casa, me puse muy malo y tuve que ir al médico. Nadie sabe la vergüenza que pasaba cada vez que tenía que acudir al doctor y contarle lo que me pasaba. Sufría paranoias, alucinaciones, sentía que me moría… Son momentos que recuerdo con mucha angustia aunque a algunos les pueda  parecer una tontería.

Tan mal estaba en aquella ocasión que tuve que suspender algunos conciertos. Fue entonces cuando, estando en reposo, vi el documental de Avicci y a partir de ese día se desencadenó todo. “Al final me muero”, me dije a mí mismo».

Isabel Pantoja Kiko Rivera
GTRES

Se lo cuento a mi madre

Aquel episodio de salud tuvo mucho que ver también con el proceso de adelgazamiento que arrastraba. Me había operado solo unos meses antes porque otro susto en la consulta me hizo replantearme las cosas: “Tienes una analítica de un hombre de 80 años. O adelgazas en cuestión de semanas o, entre el sobrepeso y la mala vida que llevas, tu mujer te encuentra muerto en la cama víctima de un infarto”. Me quedé blanco al escuchar esas palabras y mi mujer también, lógicamente. Ese mismo día, que recuerdo que era jueves, llamé al médico que había operado a mi prima Anabel y le dije: “Doctor, el lunes me opero”.

La operación fue un éxito, pero te deja unas secuelas que, con mis hábitos de vida, eran una bomba de relojería. De ahí los sustos -más de uno muy gordo- que tuve poco después que me hicieron darme cuenta de que no podía seguir así. Por eso, tras el episodio que se desencadenó en el viaje a Barcelona, Irene me pidió que se lo contara a mi madre e iniciáramos el proceso para curarme. “No, a mi madre si que no”, recuerdo que le contesté
a mi mujer. Y es que yo siempre me escabullía y evitaba lo de mi madre porque nada me atormentaba más que tenerle que darle a ella el disgusto de su vida. Sin embargo, ese día Irene estaba convencida a dar el paso, no me dio opción y me plantó a mi madre al teléfono. “Oye, mamá, que te tengo que contar una cosa”, comencé diciéndole sin saber muy bien
cómo encarar una conversación que sabía que cambiaría mi vida, o al menos la relación
con mi familia.

Estaba temblando y no podía reprimir el llanto mientras trataba de mantenerme al teléfono. Al final, me armé de valor y se lo dije: “Mamá, soy un enfermo. Tengo un problema con la cocaína, el hachís y la marihuana y necesito ayuda. Tengo que curarme”. Mi madre… Imaginad cómo se quedó mi madre. Se quedó destrozada, como cualquier madre, y a las dos horas -ella vive a hora y media de Castilleja- se plantó en mi casa. Mi madre lloró muchísimo y yo también. Cuando se sentó a mi lado y empezó a interesarse por los detalles de lo que acababa de contarle por teléfono a mí no me salían las palabras. Me daba vergüenza incluso mirarle a la cara. Le estaba dando el mayor disgusto de su vida. Con todo lo que ella ha pasado en los últimos años… No había derecho a que ahora yo, su hijo, le hiciera esto… La culpa me abrasaba.