Iba a hablar de la última expulsada y su hit “Infelices los cuatro”, pero todo este asunto me huele a boñiga de vaca reseca en medio de un camino de doble sinsentido; es decir, una mierda muy grande que lo único que hace es estorbar, porque ya ni huele.

Como de lo que no me afecta no hablo, voy a hablar de lo que verdaderamente me enciende: estoy hasta el mismísimo de los pluscuamperfectos que deben merodear por las redes y los platós de televisión. Me sorprende que busquemos la conducta impecable en Adara, una concursante que no pretende ser un ejemplo a seguir de nada ni de nadie, sino que se limita a ser ella misma y no intenta convencernos de nada.

Es tan generosa que comparte sus laberintos emocionales e incluso sus trapos sucios; y eso no es nada común, puesto que todas tendemos a meterlos bajo la alfombra.

Estoy cansada de la desconfianza que el público ha volcado sobre ella, bajo la convicción de que todos sus movimientos forman parte de una estrategia milimétricamente orquestada con el único fin de ganar un puñetero maletín.
El planteamiento de esta teoría dice mucho más de quien lo manifiesta que de Adara, sólo alguien muerto por dentro es capaz de jugarse su familia por dinero.

Ella no se rige por el dogma impuesto por la sociedad tradicional, que se permite el lujo de juzgar y señalar a una mujer salvaje y libre como esta. Decía la protagonista de Titanic que “El corazón de una mujer es un profundo mar de secretos”, y es que la complejidad emocional y mental de una fémina no puede definirse bajo dos perspectivas: la del padre de tu hijo y la del exótico italiano.

A nadie se le ha ocurrido que ella pueda elegir una tercera opción, que es la de tomarse el tiempo que necesite para actuar y decidir qué hacer con su vida, que sólo le pertenece a ella, ni a Hugo ni a Gianmarco.

Analicemos la visita de estos dos.

Vi a un Hugo con un propósito claro, que no era la de recuperar la relación con su chica, ni posiblemente la de apartar al italiano de su tablero, si no la de limpiar su imagen ante la lluvia de críticas por parte del público y quedar como un caballero del Romancero Viejo. La gente no cambia, y menos en tres meses, simplemente por ver cómo tu pareja se aleja de ti y se acerca a otra persona.
No me creo sus palabras llenas de promesas sospechosas como que iba a pedirle matrimonio o que tenía previsto cambiar de casa para estar cerca de su familia, si eso fuera así lo habría hecho de forma natural y no dando una versión con más filtros que Instagram de la verdadera situación.

Adara le preguntó: “¿Te has dado cuenta de los fallos que has tenido en estos meses?”, y él lejos de sincerarse con la madre de su hijo utiliza la excusa del pudor para escaquearse a la hora de enumerar sus problemas domésticos en público, pudor que no tuvo al desmenuzar su relación a golpe de talón.

¿Por qué no le dijo que ha hablado de sus partes íntimas con Dinio para justificar su falta de sexo? Quizá para que su hombría no quedara en entredicho. ¿Por qué no reconoció que ha discutido con su madre hasta el punto de no hablarse? En mi opinión se limitó a decir que habla con su padre, para ganarse su confianza y hacerla creer que tiene el apoyo de su familia.

¿Por qué no le confesaste que abandonaste su defensa en plató pero reapareciste en una exclusiva? ¿Por qué no le reveló que interpuso una denuncia por la custodia de su hijo con la intención de que llegara a Guadalix? Pues no hizo nada de esto, prefirió robarle un beso a pesar de que ella ha dejado claro en numerosas ocasiones que está confundida sentimentalmente. No me pareció en absoluto un gesto generoso, empático o mucho menos romántico, me resultó en cambio invasivo, egoísta e infantil.
Por si toda esta opereta no os pareciera suficiente, se volvió a abrir el telón para que Gianmarco, el cuerpo de la confusión, hiciera su aparición. A pesar de que fue demasiado insistente y pesado con su: “¿quieres que te espere?”, estoy convencida de que fue mucho más respetuoso y sensible con la complicada situación que está viviendo Adara.

Quizá fueran las dudas o el miedo a ser rechazado, pero me gustó que no la besara, dejándonos a todas con las ganas, pero dándole el tiempo que ella necesita. Eso sí es un gesto de amor y respeto.

Tengo que destacar la impecable intervención del Súper, llena de mimo, consuelo, calma y asertividad en los momentos previos a los encuentros, Adara le necesitaba y él estuvo a la altura. Bravo, Floren.

Mi último dardo de la edición va para los críticos que esperan un comportamiento ejemplar e impecable en una concursante, nadie pasaría un examen como el que supone entrar en Gran Hermano.