Greta Garbo, la mujer que no hablaba, que no reía y que un día quiso desaparecer. Odio a la fama
“Nací, crecí, he vivido como cualquier otra persona. ¿Por qué la gente quiere hablar de mí? Todos hacemos las mismas cosas. Vamos a la escuela, trabajamos… Eso es lo que hay en la vida de cualquiera,¿no?”, se quejaba Greta.


Una tarde cualquiera de la década de los 80 Greta Garbo paseaba por las inmediaciones de su apartamento neoyorquino cuando un turista alemán creyó reconocerla bajo su sombrero y sus gafas oscuras. El turista se acercó: “¿Es usted Greta Garbo?”. A lo que ella, distante, contestó: “Fui Greta Garbo”. La mujer enfatizó la primera palabra de su respuesta con un desprecio hacia el pasado que sorprendió al ciudadano alemán.

Pero no, Greta Garbo no renegaba de su pasado como actriz. Simplemente, defendía su derecho al anonimato después de 40 años alejada de los focos. En 1941 dijo adiós a la industria y su precoz retirada -solo tenía 36 años-, lejos de garantizarle una vida tranquila, solo sirvió para alimentar el morbo que despertaba su bella figura.

Críptica, misteriosa, enigmática… En su vida siempre hubo más preguntas que respuestas, entre otras cosas porque ella siempre se negó a responder. “¿Tan insignificante es la vida de los estadounidenses que quieren hablar de la mía?”, se preguntaba con desdén.

La historia de Greta Garbo es la de la mujer de rictus serio que rompió los esquemas de Hollywood. Huyó de las fiestas que organizaba la industria, de los excesos, de una vida sentimental corriente que las crónicas de la época no sabían ni cómo describir por su alergia al matrimonio y su consabida bisexualidad.

Garbo generó un interés sin precedentes que ella siempre quiso aplacar pero que su huraño comportamiento, sus “quiero estar sola” y su voluntaria reclusión solo contribuyeron a agrandar. Ni siquiera en 1954, cuando la Academia le otorgó el Oscar honorífico a su carrera, se dignó a reaparecer en público. “No quiero verle la cara a nadie”, espetó. El problema era que su cara era la que quería ver todo el mundo.

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Origen humilde

Greta Lovisa Gustafsson (Estocolmo, 18 de septiembre de 1905) nació en el seno de una familia muy humilde. Dejó los estudios con apenas 14 años, cuando su padre fallece y se ve obligada a buscar un empleo para contribuir a la economía familiar.

Enseguida fue elegida para trabajar en unos grandes almacenes y los directores, que no pasaron por alto su belleza, decidieron convertirla en la protagonista de sus campañas publicitarias. Fue el trampolín perfecto para dar a conocer su talento y para que, tras conseguir una beca en la escuela de arte dramático, el afamado director Mauritz Stiller decidiese reclutarla para sus próximos proyectos.

Stiller se convirtió en su Pigmalión. En 1925 director y musa fueron contratados por la Metro Goldwyn Mayer (MGM) y juntos cruzaron el charco para instalarse en un Hollywood que vivía entonces sus años de esplendor.

Corrieron distinta suerte y fue Greta -ya bautizada como Garbo por su amigo Stiller- quien comenzó una prolífica carrera en los estudios que primero le haría triunfar en el cine mudo y, a partir de 1930, en el sonoro.

Decepcionada

Greta no se dejó impresionar por el brillo de Hollywood. Enseguida le decepcionó su superficialidad y sufrió en sus carnes esa americanización que sufrían todas las jóvenes promesas. Los estudios la tiñeron el pelo, le alinearon su irregular dentadura y le obligaron a adelgazar 15 kilos. En 1926, además, su hermana murió de cáncer y cuando pidió permiso para viajar a Suecia la MGM se negó.

Fue el primero de los muchos pulsos que Greta le echó a sus jefes. Sabía que su sitio no era aquel y nunca se sintió cómoda.

Sin embargo, su talento como actriz y las críticas la consolidaron en esa industria que tanto detestaba. Sobre todo, a partir de 1930 cuando pasó al cine sonoro y entonces la Metro anunciaba: “La Garbo habla”.

Así, Greta se convirtió en la estrella más grande de Hollywood y lo que era mejor aún, en la mejor pagada de la época. “Es la mejor máquina de hacer dinero jamás puesta ante una cámara”, se decía de ella.

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Garbo y el amor

Pero el éxito de Greta no hubiese sido tal sin John Gilbert, su pareja dentro y fuera de la pantalla. Formaron un tándem perfecto y los espectadores eran incapaces de adivinar dónde terminaba el guion y empezaba su historia de amor. Su química no podía ser fingida y juntos protagonizaron un romance que, sin embargo no tuvo un final feliz.

Gilbert le propuso matrimonio y ella, que sencillamente se negaba a responder a cualquier pregunta, dejó a su novio plantado en el altar. “¿Para qué quieres casarte con ella si puedes acostarte con ella?”, le dijo el magnate Louis B. Mayer a Gilbert cuando le vio llorar. El actor lo miró enfadado y le soltó un puñetazo.

La de Gilbert fue su relación sentimental más pública, pero no la más importante. Durante casi 30 años, Garbo mantuvo una romántica historia con la escritora Mercedes de Acosta.

Disfrutaron de su idilio en la más estricta intimidad porque la sueca, que jamás hizo declaración alguna sobre su orientación sexual, sí contaba a los suyos que alardear de tener una relación con una mujer le parecía sórdido, pero no así disfrutarla en el ámbito más privado. “La mujer más deseada de Hollywood no supone ninguna amenaza para ninguna esposa”, decían las crónicas de la época.

Su rival

Sin embargo, si algo dio que hablar en la prensa fue su rivalidad con Marlene Dietrich, estrella de la Paramount. Dietrich incluso le dedicó algunos adjetivos de dudoso gusto que nadie comprendía. Hasta que se dio la clave: las dos mujeres habían tenido un malogrado romance en 1925.

Su rivalidad llegó a que Dietrich sedujera a De Acosta cuando esta y Greta acababan de romper. Entonces, Garbo quiso recuperar a la escritora y De Acosta dio un portazo a Dietrich que, herida en su orgullo, se refugió en los brazos de otra expareja de la sueca, John Gilbert. De película.

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Un exorcismo

Ni el éxito de La Reina María Cristina (1933) ni Ninotchka (1939), la película que pasó a la historia bajo el eslogan “La garbo ríe” porque en ella se mostraba su primera carcajada en el cine, lograron que la actriz siguiera en Hollywood. Hastiada y consciente de que La mujer de las dos caras había tenido un estreno discreto, en 1941 Garbo se despidió de todo y de todos e inició una nueva vida en Nueva York.

“Quiero que me dejen en paz”, decía.

Pero su retiro no le garantizó privacidad y los paparazzi no cesaron de rendir cuenta de su día a día. De hecho, ríos de tinta hizo correr su historia con el ruso George Schlee, marido de la diseñadora Valentina.

Los tres formaron un trío bien avenido hasta que la relación entre las dos mujeres se tensaba a medida que el romance entre Schlee y Garbo se afianzaba.

Un día de 1964, el ruso y la sueca reservaron habitaciones contiguas en un hotel de París. Durante la noche, Schlee falleció y Greta, asustada, huyó. Cuando Valentina se enteró de su huída le pidió no volver a verla, ni siquiera en el funeral de su marido y, además, para borrarla de su vida ordenó exorcizar su apartamento. Curioso porque ambas mujeres vivían en el mismo edificio y durante más de 25 años hicieron malabares para no cruzarse en el ascensor.

Sus últimos días

En ese apartamento neoyorquino, Greta vivió los últimos 40 años de su vida. Lo hizo tratando de pasar inadvertida en el bullicio de la ciudad, pero se cuentan a puñados los ciudadanos que aseguran haberla reconocido entre las calles de Manhattan.

Se dedicó a cultivar sus exclusivas amistades y, sobre todo, a la colección de arte. Desde luego, había amasado fortuna suficiente para permitírselo porque siempre fue una mujer ahorradora sobre la que la MGM dijo: “Deberíamos sacarla de la cámara y meterla en el departamento contable”.

Rica y muy famosa, esto último muy a su pesar, falleció en 1990 como consecuencia de un fallo renal. Su fortuna, valorada en 20 millones de dólares, la heredó una sobrina suya y sus cenizas nunca se supo dónde habían sido depositadas. “Si se supiera, ni muerta la dejarían en paz”.