En 1962 la revista Actualidad Española le dedicaba su portada a una joven de aspecto angelical que, de perfil, sonreía al objetivo con timidez. “Aparece una estrella”, titulaba el semanario.


Era la primera vez que Rocío Dúrcal salía en la prensa de la época. Solo tenía 18 años, pero profetizó en su entrevista: “Dicen que voy a ser muy famosa”.

Fue demasiado prudente en sus predicciones. Rocío Dúrcal estaba a punto de convertirse en la novia de España, en esa actriz capaz de multiplicar por 10 su caché nada más protagonizar su primera película y, en definitiva, en la artista más completa que la España de los 60 podía ofrecer.

Triunfó en su país, donde se la llegó a comparar con Audrey Hepburn por su talento interpretativo, su belleza y sus enormes ojos, pero también lo hizo en México para convertirse en la reina de las rancheras. Su idilio con el país azteca fue fuerte, casi obsesivo, y por eso a día de hoy parte de sus restos mortales descansan en la tierra que tanto la idolatró.

Este octubre de 2019, Rocío hubiera cumplido 75 años. Murió joven, en 2006, a los 61 años, y dejó tras de sí una familia rota que ya no supo recomponerse. Cuando su sonrisa se apagó, los suyos también dejaron de brillar. Marieta era luz.

El sueño de una niña

María de los Ángeles de las Heras Ortiz nació en 1944 en el Madrid de la posguerra. La mayor de seis hermanos, el sueldo de su padre, taxista de profesión, apenas alcanzaba para alimentar a una familia tan numerosa. “Nunca pasamos hambre, pero vivíamos con lo justo”, contaría ella cuando aquellas estrecheces ya eran lejanas.

Simpática y pizpireta, enseguida demostró talento en los festivales escolares, pero por entonces no contaba con el apoyo de sus padres, más preocupados de que Marieta, cuidara de sus hermanos menores. Encontró, sin embargo, en su abuelo el aliado perfecto para acudir a concursos de radio y televisión donde los cazatalentos de la época buscaban a sus particulares gallinas de los huevos de oro. Fue en Primer Aplauso, de TVE, donde Luis Sanz, el mánager de los mánagers, se encandiló de la joven Marieta y le propuso formar tándem. Solo tenía 15 años, unos padres reacios al mundo del artisteo y una nula formación como cantante.

Luis Sanz, sencillamente la transformó y en apenas tres años, Marieta dejó de ser María de los Ángeles para ser la gran Rocío Dúrcal, la joven promesa del cine español.

Amor y éxito

Con un papel hecho a medida, la joven Rocío debutó en el cine con Canción de juventud. El éxito fue abrumador y solo meses después le llegó una segunda propuesta, Rocío de la Mancha. Apenas había pasado un año entre un film y otro, pero la madrileña había dejado de ser una joven promesa para ser una estrella.

Así lo atestiguaban sus sueldos. En 1962 Rocío recibió 75.000 pesetas por Canción de Juventud y en 1963 ya había logrado multiplicar por 10 esa cantidad. Con su primer sueldo compró un colchón. Con el segundo, un piso, muebles y un coche.

Y trabajando en otra película que también le reportaría suculentos ingresos, Más bonita que ninguna, Rocío conoció el amor. El dúo Los Brincos, formado por Juan Pardo y Antonio Morales, interpretó algunos temas del film y Rocío y Juan iniciaron un breve romance. Breve porque en cuanto la actriz conoció más en profundidad a Junior se enamoró de él. “Y entonces me declaré. ¿Para qué íbamos a perder tiempo?”, ha contado la propia Rocío. La relación supuso la ruptura profesional de Los Brincos y, de algún modo, el principio del fin de la carrera musical de Junior.

rocío durcal

Una nueva vida

La pareja se casó solo nueve meses de iniciar su romance, el 15 de enero de 1970. Al monasterio de El Escorial, en Madrid, acudieron más de 500 invitados y entre ellos, lo más granado del mundo del espectáculo de la época. La ceremonia se retransmitió en directo y toda España fue testigo de esa expresión taciturna que tenía la novia. No era para menos.

Su padre, radicalmente en contra de que su hija se casase con un artista como Junior, se negó a ser el padrino de la boda y Rocío tuvo que llegar al altar del brazo de su hermano.
El principal temor de su padre era que Rocío interrumpiese su fulgurante trayectoria y tristemente sus peores presagios se cumplieron.

Marieta decidió dejar de aceptar nuevos proyectos para ser madre, pero también para ayudar a su marido a relanzar una carrera que estaba estancada. Ella, que era entonces una de las artistas más consagradas del panorama musical español, decidió formar dúo con su marido consciente de que su figura actuaría de reclamo y relanzaría su popularidad.

El resurgir de una diva

Pero se equivocó. En los 70 España estaba cambiando y los gustos musicales también. Ni Rocío ni Junior tenían entonces el tirón de antaño y durante esa década sufrieron el peor bache profesional de su vida. Atravesaron problemas económicos, Hacienda les reclamó 700.000 pesetas y, a punto de perder su casa, tomaron esa decisión de la que la pareja siempre se arrepentiría, que Rocío rodase una película del cine del destape.

Me siento extraña se estrenó en 1977 y Rocío ni siquiera acudió al estreno. Junto a Bárbara Rey, la actriz protagonizaba escenas de alto contenido erótico. Era, de hecho, la primera película española que abordaba la homosexualidad femenina. “Aceptamos por dinero. Le pagaron tres millones de pesetas”, contó Junior años después.

Sin embargo, tras aquel bache profesional, la carrera de Marieta resurgió de manera inesperada bajo la batuta de un nombre propio: Juan Gabriel. El mexicano apadrinó la carrera de Rocío en el país azteca y entonces la española pasó a ser la señora de las rancheras, la diva mexicana. Su disco compuesto por Juan Gabriel fue número uno en ventas. Rocío llegaba así a lo más alto.

rocío durcal

Alejada de sus hijos

Por entonces, Rocío Durcal y Junior ya tenían tres hijos. Con el objetivo de posibilitar el desarrollo de su mujer como cantante, Junior aceptó quedarse en España al cuidado de los menores mientras Marieta triunfaba al otro lado del charco. Él sacrificó sus proyectos y su mujer nunca se cansó de agradecerle ese apoyo tan determinante. Eso sí, la artista pagó el peaje que exige la profesión: vivir alejada de los suyos.

Carmen, Antonio y Shaila siempre reprocharon a su madre sus largas ausencias. “No tuve una infancia feliz porque echaba mucho de menos a mi madre”, se quejaba Carmen. “Yo reconozco que en muchas ocasiones tendría que haber estado y no he estado. Lo cierto es que si no he estado es porque no he podido, pero ahora no vale de nada decir que ha sido porque era artista”, reconocía Marieta.

El resurgir de una diva

Las giras eternas de la reina de las rancheras también llegaron a pasar factura a su matrimonio con Junior. Antes de que este decidiese poner fin a su carrera, el cantante probó suerte en Filipinas, su país natal, con gran acierto. Así, con los dos miembros del matrimonio cada uno en una parte del mundo, su relación se resintió. Fue él quien lo admitió en unas memorias que vieron la luz dos años después de que falleciese Rocío.

“Ella era perfecta, pero yo no”, decía el artista mientras reconocía haberle sido infiel a su mujer con la actriz Vilma Santos. “Me arrepiento mucho, pero ese desliz nunca cambió lo que sentía por ella. Mi amor por mi mujer fue, es y será eterno”, confesaba Junior.

El fin de un ángel

Aquellas memorias sacudieron entonces la maltrecha estabilidad familiar en la que vivían los Morales tras la muerte de Marieta. En 2006 un cáncer le ganaba la batalla a la cantante y con su marcha se desquebrajaba la unidad familiar que con tanto esfuerzo habían construido. Junior quedó devastado, roto de dolor y, en pleno proceso depresivo, inició una guerra por la herencia contra sus hijos, que, por suerte, se resolvió años más tarde. Son muchos los que creen que fue el ángel de Marieta el que trajo la paz. “Yo todavía la siento aquí conmigo”, dice su hija Shaila.