María Vicente Durà (30), trasplantada de médula, nos cuenta cómo ha aprovechado esta segunda oportunidad que le ha dado la vida para ser felices.


Empecé a encontrarme más cansada de lo normal mientras hacía las prácticas de un máster de diseño escenográfico en una serie de TV3, pero no le di mucha importancia. Un día me apareció una mancha borrosa transparente en el ojo izquierdo y comencé a tener dolores de cabeza y cistitis.

Fui a urgencias y me recetaron antibióticos y antiinflamatorios, pero mi abuela me recomendó ir al oftalmólogo. Este me dijo que lo del ojo no era normal y me mandó hacerme un análisis de sangre.

Dos días después, me llamaron del laboratorio para que recogiera los análisis y fuera inmediatamente a urgencias. Ese momento en que que sabes que te pasa algo grave, pero esperas que no sea verdad, fue muy duro… No había duda: tenía leucemia linfoblástica aguda. Era el 28 de septiembre de 2016. Recuerdo que lloré muchísimo.

A partir de ahí, todo fue muy rápido: la primera semana de octubre comenzaron a ponerme la quimio y el 2 de enero ya me dijeron que no tenía leucemia.

Había remitido, pero tenía que seguir con los ciclos de quimio.

Entonces, me comunicaron que estaban buscando un donante para realizarme el trasplante de médula. Como las recaídas son muy peligrosas, decidieron hacérmelo a modo de seguro de vida. Para mí, esto fue lo más duro, sobre todo las dos semanas posteriores al trasplante: no podía hablar, comer, beber, tragar saliva…

En el Hospital Vall d’Hebron (Barcelona) estaba aislada, pero dejaban entrar a mis padres y a mi pareja de entonces. Aunque cuando estás tan mal, casi te da igual estar sola o no…
Pero lo cierto es que me sentí muy arropada por la familia y amigos. Y también me ayudó utilizar Instagram para explicar mi estado a modo de diario. Hay veces que no tienes ganas de hablar con nadie y así todo el mundo estaba informado. Para mi sorpresa, comenzó a escribirme gente en mi misma situación a la que ayudaba mi manera positiva de afrontar las cosas.

Donante anónimo

En cuanto al donante, primero miraron a mi hermano menor, pero solo había el 50 % de compatibilidad. Así es que buscaron uno y hubo suerte. Solo sé que era un chico de 25 años de Estados Unidos. Te dan la opción de escribirle para darle las gracias y es algo que tengo pendiente.

En el caso de la médula, donar es un proceso muy sencillo, se regenera rápido, se hace en vida y salvas vidas. La única secuela es que estás un par de semanas más cansado. Además, ser donante no significa que vayas a hacerlo, ya que te apuntan en una lista y es difícil encontrar uno compatible.

Cuando la gente me preguntaba cómo me podía ayudar, yo les decía que donaran. Es el mejor regalo que puedes hacer a alguien. Tras el trasplante hay cosas a las que antes daba más importancia y ahora las relativizo. Intento aprovechar más el día y valoro más encontrarme bien y tener energía.

¿El miedo? Siempre queda… Durante el proceso, yo sabía que que lo mío se iba a solucionar y pensaba que siempre tendría esa sensación. Pero ahora cuando me resfrío, me dura la tos más de dos semanas o me sube la fiebre, me preocupo y pienso: ‘¿Y si vuelve?’. Por suerte, dura muy poco.

+Info: Organización Nacional de Trasplantes. Tel: 917278699 Web: www.ont.es