Yolanda vivió con frustración una crianza que tenía idealizada. María hizo de los biberones sus aliados, mientras que Carmen se decantó por la lactancia mixta y Cristina, por la prolongada. Coincidiendo con la semana mundial de la lactancia materna, te mostramos diferentes formas de vivirla materna.


Siempre tuve claro que cuando tuviera hijos les iba a dar el pecho. Las mujeres de mi entorno lo habían hecho, era saludable para los bebés y las madres, y me parecía precioso. Así, cuando nació mi hijo, Hugo, ni siquiera me lo planteé.

Pero el primer contacto en el hospital fue terrible. No me subía la leche, el niño no se agarraba al pecho y no dejaba de llorar. Yo tampoco… Le dieron biberones de leche artificial, recordándome que insistiera en amamantarle. Y lo hacía, aunque lo único que logré es que me salieran unas dolorosísimas grietas…

No entendía por qué algo tan natural para la inmensa mayoría de las mujeres se me estaba haciendo tan cuesta arriba. “Es cuestión de paciencia y constancia”, me decían matronas, enfermeras y familiares. “Cuando llegues a casa, todo irá bien”, me animaba mi marido.

Entrar en el círculo

Allí me esperaba un rincón ideal para la lactancia que había creado junto a la ventana de mi dormitorio. Un cómodo sillón, una lámpara de luz tenue, un reproductor de música… Pero la lactancia seguía sin funcionar. Al principio, continué alternándola con la leche artificial y mi pediatra me regañó: “Debes entrar en el círculo, el niño mama, tú produces leche y él coge peso. Así de fácil”.

¿¿Fácil?? Al insistir, las grietas de los pezones se me pusieron en carne viva. Me resultaba tan doloroso que cuando el niño mamaba debidamente, estaba deseando que acabara. Ni él ni yo disfrutábamos. Me sentía frustrada y entré en el círculo equivocado. Mi pediatra, mi madre, mi suegra, hermanas, amigas, vecinas, conocidas… todos se sentían con derecho a criticarme, opinar y darme consejos, muchos contradictorios.

Me invadió la inseguridad y empecé a probarlo todo: ungüentos y artilugios para el pecho, biberones, sacaleches, posturas para dar de mamar… Además, me obsesioné con el peso del niño, que estaba en un percentil muy bajo, y no dejaba de pesarle en la farmacia. Hugo ya tenía dos meses y esto no marchaba…

Mi marido, muy preocupado porque se daba cuenta de que estaba entrando en una depresión, me dijo: “Deja de escuchar a los demás, y escúchate a ti misma. Tiene que ser gratificante, si no, déjalo”. Tenía razón… Sus palabras me hicieron cambiar el chip. Decidí seguir los consejos de una sola persona, mi pediatra, y quitarme la presión social de encima.

Yo era una buena madre, diera o no diera el pecho, así es que iba a probar unas semanas más y si la cosa no funcionaba, lo dejaría. No puedo explicar lo que pasó, pero a partir de entonces, todo empezó a fluir: el niño mamaba con normalidad y cogía peso, las grietas se curaron y yo… por fin pude sentir lo que era disfrutar de la lactancia materna, ese momento tan íntimo en el que mi hijo y yo conectábamos para convertirnos en un solo ser.
lactancia

“me he cansado de justificarme por no dar el pecho”

Mi condición como dueña de una tienda de ropa, sin empleados a mi cargo, me obligó a incoporarme al trabajo al mes de dar a luz. Desde el principio tuve claro que no iba a dar el pecho, ya que a pesar de los beneficios que tiene la leche materna, el estrés y el agobio que me iba a ocasionar amamantar a mi hija no me compensaban. Mi pareja, cuyo trabajo le obliga a realizar muchos viajes, me apoyó en esta decisión, pero ha sido casi el único. Luna tiene ahora tres meses, durante los cuales me he tenido que estar justificando y defendiendo continuamente. Ya me he cansado de hacerlo… No soy una mala madre por dar a mi pequeña leche artificial, todo lo contrario. Le pese a quien le pese, Luna es una niña sana y feliz, que tiene un vínculo fuerte y maravilloso conmigo.

“Opté por la Lactancia mixta tras la mastitis”

Durante el embarazo de mi hija Olivia, mi marido y yo, como buenos padres primerizos, leímos numerosos libros y ambos sacamos la conclusión de que lo mejor era optar por la lactancia materna. Así fue durante el primer mes y medio, pero una mastitis, es decir una inflamación del tejido mamario que desembocó en una infección importante, modificó nuestros planes originales. Durante el tiempo que duró el tratamiento, alimentamos a la pequeña con leche de fórmula, compartiendo los dos la tarea de dar el biberón, lo cual para mí suponía un mayor descanso. El caso es que cuando me repuse, decidimos que nos parecía una buena idea combinar ambas opciones: unas tomas con leche materna y otras, con leche de fórmula. ¿El balance? Estupendo.

“Me criticaron por dar de mamar tres años”

Cuando comencé a amamantar a mi hijo, no pensaba que lo haría durante tanto tiempo, pero cogí una excedencia de un año en el trabajo y pensé que, si todo iba bien, por qué no seguir. Lógicamente, fui añadiendo a su alimentación papillas y purés, pero se convirtió en una costumbre que las comidas terminaran con ese “chupito” de leche materna. Era nuestro momento. Yo le cantaba, él me miraba y los dos disfrutábamos. Casi siempre el niño acababa profundamente dormido.

Así, la lactancia se alargó hasta los tres años. Mucha gente me criticaba diciéndome que era una fanática de la lactancia, que no era feminista, que le estaba malcriando, que eso ya era vicio… Y es que las madres que elegimos la lactancia prolongada también sufrimos la presión social.