La mujer más bella: “No quiero ser famosa por mi belleza. Quiero que se fijen en cómo actúo”, se quejaba Sara en sus inicios. Sus rasgos dejaban al público embelesado y ella terminó aceptándolo y sacándole tanto partido a su cuerpo que llegó a retar a la censura de la época.


Poco tiempo antes de morir en 2013 Sara Montiel se quejaba de que en España ya no quedasen estrellas como ella. Estrellas de esas que se tomaban en serio su condición, hacían de su personaje un trabajo a tiempo completo y huían de esos comportamientos cotidianos que les acercaban al común de los mortales. “Yo nunca he ido al supermercado. Lo de ponerme un chándal o un suéter para ir al súper… No, Dios no me ha llamado para esos menesteres. Yo soy una estrella”, repetía en las entrevistas.

Sara nunca dejó que se le cayese ese halo de gloria que tantas décadas la acompañó. Ni siquiera en sus momentos más bajos como artista permitió que nadie se olvidara de quién era Sara Montiel. Sabía que el éxito de sus películas era suficiente para convertirse en leyenda y le consolaba pensar que al menos el cine la mantendría siempre viva.

Fue tímida en sus predicciones. Al margen de su trayectoria como actriz, su fuerte personalidad, su excéntrico sentido del humor y una última etapa vital algo sórdida y estrafalaria hicieron que Saritísima pasara a la historia por ser mucho más que una artista.

sara montiel

Una joven analfabeta

María Antonia Abad Fernández, nombre de pila de la gran Sara Montiel, nació el 10 de marzo de 1928 en Campo de Criptana (Ciudad Real). De familia muy humilde, cuando aún era una niña, su padre decidió que se trasladasen a Orihuela (Alicante) en busca de un futuro mejor.

Allí la niña disfrutó de una infancia feliz, aunque, eso sí, carente de formación académica. “Conseguí mi primer papel sin saber leer ni escribir”, contó ella años más tarde.
Pero su analfabetismo no podía frenar su talento. Durante la Semana Santa de 1942, cuando Sara apenas tenía 14 años, cantó una saeta frente a la imagen de Jesucristo y un cazatalentos de la época lo tuvo claro. “Niña, preséntate a este concurso de Madrid”, le dijo y, aunque no sin ciertas reticencias de su padre, acudió a la capital para interpretar a Imperio Argentina con su peculiar desparpajo.

La joven entró en el escenario cayendo de bruces, pero ni siquiera tan ridícula estampa distrajo al jurado, que terminó proclamándola vencedora del concurso con un premio de 1.000 pesetas mensuales durante un año.

Ese triunfo fue el impulso que la joven necesitaba para probar suerte en Madrid como actriz y, aunque su decisión le costó la misma vida a su padre -falleció poco después según dicen debido al disgusto que le dio su hija-, su primera oportunidad le llegó apenas un año después, en 1944, con Te quiero para mí. Aquella película fue el inicio de su prolífica carrera. Esa que solo años después debía continuar en México porque antes de los 50 España ya se le había quedado pequeña a la gran Sarita.

Pero, ¿quién alentó esa idea? ¿Podía Sara, con su escasa formación, sospechar que fuera de España encontraría el éxito? La joven nunca habría dado el gran paso de su vida sin el apoyo de Miguel Mihura, su primer gran amor.

Los hombres de Sara

Con solo 16 años se enamoró perdidamente del dramaturgo, que ya tenía 43 años. Era bastante más mayor que ella, cojo, de escaso atractivo, pero su intelecto conquistó el corazón de la adolescente. Fue él quien la enseñó a leer y a escribir correctamente y quien la convenció de que su arte le llevaría lejos. Sin embargo, su historia de amor apenas duró cuatro años.

Ella lo quería con pasión y deseo, él, con ternura, y su manera de ver la vida, tan diferente a la de Sara, los empujó a poner fin a su idilio. Fue el primer gran desamor de Sara, pero ni mucho menos el único.

Corría el año 1951 y ya en México, Sara conoció al español que posteriormente calificó como el hombre de su vida: Severo Ochoa. También era mayor que ella y estaba casado, pero eso no impidió ese romance furtivo. La actriz bebía los vientos por él y este incluso se planteó el divorcio.

Pero, tras cuatro años juntos, se impuso la cordura y el científico y la actriz rompieron su noviazgo. “Yo no me veía tomando el té con las esposas del resto de científicos. No era mi mundo. Eso sí, me quedé destrozada”, confesó Sara en 2001 en su libro de memorias.

sara montiel

Un hijo muerto

Al borde de la depresión, Sara se refugió en un director de cine con el que estaba trabajando: Anthony Mann. No llegó a enamorarse, pero sí encontró en él, 22 años mayor, la protección y seguridad que buscaba. Se casaron en artículo mortis en 1957 porque él padecía una enfermedad cardíaca que había puesto su vida en peligro. Después, ya recuperado, se casaron de nuevo por lo civil.

Su matrimonio con Mann duró seis años y, en ese tiempo, sufrió varios abortos. En su primer embarazo, a los ocho meses de gestación, Sara tuvo un accidente doméstico y tuvieron que hacerle una cesárea. El bebé estaba muerto. Fue uno de los varapalos más grandes para la gran Sara Montiel, que ansiaba por encima de todo ser madre.

Entonces vivía en un matrimonio feliz, tenía éxito, había triunfado en Hollywood convirtiéndose en la primera española en conseguirlo, y se codeaba con ídolos del star system como Gary Cooper, Burt Lancaster o Marlon Brando. Lo tenía todo, pero no podía tener hijos.

Profeta en su tierra

El éxito que a partir de 1957 empezó a tener en España gracias a El último cuplé, película que rodó durante unas vacaciones, mitigó la ausencia de los niños. Sara se convirtió por fin en profeta en su tierra y cosechó con este film un éxito sin precedentes. Era la actriz mejor pagada del mundo en esa época y su fama le permitía poner sus propias condiciones. Sara comprendió entonces que su sitio estaba en Madrid.

Sarita se convirtió así en una auténtica estrella, la mujer que los hombres deseaban y a la que las mujeres envidiaban. Sin embargo, no era oro todo lo que brillaba. En 1963 su matrimonio con Anthony Mann se fue al traste y Sara se enamoró de Vicente Ramírez Olalla con el que se casó en Roma en 1964, pero del que se divorció dos meses después, cuando supo que él estaba apropiándose de su fortuna. “No sé por qué me casé con él. Fue el gran error de mi vida”, recordaba Sara.

Llega la calma

Y entonces se cruzó en su camino el italiano Giancarlo Viola. Vivieron un romance sano pero intermitente, que acabó cuando Sara conoció al empresario Pepe Tous, su amor más duradero. Se enamoró de él nada más verlo y tras 10 años de relación, se casaron. Juntos cumplieron el sueño de sus vidas adoptando a sus dos hijos: Thais y Zeus.

Pepe relanzó la carrera que la propia Sara truncó en los años 70. Ella solo tenía 46 años, pero como coinciden en afirmar los críticos, la Sara que arrasaba en taquilla, murió de éxito. La actriz se empeñó en mantenerse fiel al género que la encumbró, pero este en los 70 empezó a quedarse obsoleto con la proliferación del cine de destape y Sara, que no quería formar parte de esa industria, anunció su retirada.

Así su popularidad volvió a crecer de la mano de Tous, pero cuando saboreaba las mieles de la estabilidad, la vida la golpeó con fuerza llevándose a su marido. En 1992 fallecía Pepe Tous.

Extraño final

Empezó entonces la etapa más convulsa de Sara. Se refugió en los brazos de su eterno migo Giancarlo Viola, pero de nuevo lo abandonó por otro: el cubano Tony Hernández. La historia con este editor fue sórdida, indecorosa y la terminó avergonzando para siempre. La sombra del montaje planeó sobre su idilio, ya que él era 40 años más joven y la boda se gestó con tanto secretismo como ceros llevaba la exclusiva. Sara se arrepintió toda su vida de aquel episodio que empañó su prolífica carrera.

Sin embargo, aquel matrimonio que, como era previsible, terminó como el rosario de la aurora, no menguó un ápice el cariño que España sentía por su estrella más internacional de los años 50. Sara murió repentinamente en su casa el 8 de abril de 2013 y aquel día los españoles se echaron a la calle a aplaudir, llorar y arrojar flores al féretro que se paseaba por la Gran Vía. Había cometido errores sí, pero eso solo la hizo más humana. La estrella al final no era inmortal.