El animal más bello del mundo que tuvo que huir de Hollywood. «No sabe hablar, no sabe actuar, pero es impresionante», decían de ella.


Cuando Ava Gardner atravesaba la recta final de su vida escribió: “Llegué a odiar mi belleza. Ahora que el tiempo se la ha llevado me proporciona casi un alivio. No me importa envejecer. Lo que sí me asusta es ser olvidada y volver al anonimato”.

La actriz que hacía semejante reflexión apenas unos años antes de morir era la misma que se había escondido en España del barullo de Hollywood, la que soñaba con pasar desapercibida en Madrid, y con que la prensa la dejara en paz. Aquello de lo que se quejó en plena efervescencia mediática tuvo miedo de perderlo al final de su vida. Así era Ava Gardner: Pura contradicción.
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Entre otras cosas porque, como suele ocurrir con los mitos, la persona distaba mucho del personaje. Alrededor de su figura se difundieron rumores e historias que aún hoy, tres décadas después de su muerte, se siguen dando por ciertos.

El más representativo, aquel ocurrente comentario de Luis Miguel Dominguín después de tener sexo con Gardner en un hotel de Madrid allá por 1956. “¿A dónde vas?”, quiso saber ella cuando el torero se vistió apresuradamente. “¿A dónde voy a ir? Pues a contarlo”, dijo él. Sin embargo, aquella escena no ocurrió así.

La fanfarronería del matador no llegó a esos límites y, aunque pasó gran parte de su vida desmintiendo aquel rumor, terminó resignándose, asumiendo que su primera noche de pasión con Ava pasaría a la historia de ese modo. “¿Qué más da?”, debió de pensar. Total, la vida de Ava Gardner ya era de por sí bastante inverosímil. “Mis escándalos son mucho más interesantes que cualquier cosa que puedan inventar sobre mí”, le gustaba decir a ella.

Ava Gardner pasó a la historia como la única estrella capaz de reírse de todo. Hasta de Hollywood y de sí misma. Llegó a la meca del cine por casualidad y sin más avales que una belleza sobrenatural que la convirtió en la actriz más hermosa del siglo XX.

«Es impresionante»

Ava Gardner creció en una familia humilde. Su padre tenía una plantación de tabaco, pero se arruinó en el crack del 29. La familia pasó penurias y, por eso, la joven no se lo pensó dos veces cuando comprobó lo fácil que era ganar dinero solo sonriendo a cámara. “No sabe actuar, no sabe hablar, pero es impresionante”, dijo al verla Louis B. Mayer, magnate de la Goldwyn Mayer.
ava gardnerLo cierto es que su primera prueba, en 1940, se envió sin audio para esconder los fallos de una jovencísima Ava que era aparentemente perfecta. De hecho, su belleza conquistó en un instante a Micky Rooney, el que entonces era la estrella más demandada de Hollywood. Hasta 27 veces le pidió matrimonio hasta que Ava dijo “sí” en la 28.

La pareja se casó finalmente en enero de 1942, pero no llegaron a celebrar su primer aniversario. Las continuas infidelidades de él rompieron el matrimonio.

Como señora Rooney, Ava podría haberle reclamado la mitad de sus ganancias, pero no lo hizo. Fue la única esposa del actor que no le desplumó tras su divorcio.

Segundo matrimonio

Tampoco reclamó nada a su segundo marido, el músico Artie Shaw. “Lo único que he sacado de mis matrimonios han sido las sesiones de psicoanálisis que me pagó Artie”, se mofaba Ava. Y es que el clarinetista, amoso por amenizar todas las fiestas de Hollywood, despreció tanto a su mujer que esta pidió someterse a un test de inteligencia.

Shaw se burlaba de sus orígenes y la obligó a formarse intelectualmente a base de clases de universidad, de ajedrez y literatura clásica. “Se enfadaba si leía novelas románticas y solía decirme: no te comportas de manera civilizada. Ya no estás en las plantaciones de tabaco que tenía tu padre. Me dejó una semana después de nuestro primer aniversario. Me rompió el corazón”, contó Ava en sus memorias.

Tras su divorcio con Artie, mantuvo aventuras con algunos de los actores más famosos de la época. Robert Taylor, James Mason, Robert Mitchum… Pero con quien nunca aceptó intimar a pesar de su insistencia fue con el millonario Howard Hughes. La obsesión por Ava llegó a ser tal que el magnate intentó conseguirla ofreciéndole un maletín con un cuarto de millón de dólares. Ella simplemente abrió el cofre y, con elegancia, uno a uno fue echando al viento los billetes.

Sinatra, su gran amor

Comenzaba entonces la década de los 50 y Ava ya se postulaba como una gran estrella. Casi todos los actores bebían los vientos por ella, entre ellos, Frank Sinatra. La pareja se enamoró perdidamente, pero había un problema: Frank estaba casado, tenía dos hijos y encarnaba el llamado sueño americano. Era el yerno que toda suegra quería tener y un divorcio podía truncar su carrera.
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Desgraciadamente, así fue. En 1950 Sinatra se divorció de su mujer y el desorbitante acuerdo económico al que llegó con ella, unido a ese desprestigio que sufrió tras romper su familia, desestabilizaron tanto su carrera que sus cuentas se quedaron en números rojos.

Fue Ava quien ayudó a Frank con el pago de la pensión que le solicitó su ex y, durante los años que duró su matrimonio, fue ella quien soportó las cargas económicas. “Señor Gardner”, le llamaba la industria del cine burlándose de él. Sinatra y su ego varonil empezaron a no poder más y sus celos hacia Ava terminaron por minar la relación.

Matrimonio caótico

Así las cosas, la suya pasó a ser una de las historias de amor más turbulentas del mundo del cine. Lo dejaban y volvían constantemente y sufrieron episodios muy desagradables. En una ocasión, tras una fuerte discusión, Frank se marchó a dormir a la habitación de hotel contigua a la de su esposa y desde allí la llamó por teléfono. “No puedo más. Me voy a matar”, dijo antes de colgar. Y entonces se oyeron dos disparos.

Gardner, desesperada, corrió a buscar a su marido, a quien se encontró tendido en el suelo, pero sin heridas de fuego. Las balas habían penetrado en el colchón. “Maldito capullo”, gritó ella al comprobar que todo había sido una broma pesada de Frank. Aquella noche hicieron el amor apasionadamente.

Pero ese susto fue solo la antesala de lo que iba a ocurrir después. En dos ocasiones Sinatra intentó suicidarse desairado por el comportamiento de su mujer. La primera vez se tomó un bote de pastillas y Ava dijo cuando su marido se despertó: “Estoy segura de que ha contado el número de pastillas que tomó”. La segunda vez, Frank abrió a conciencia la llave del gas.

Ava huye a Madrid

Con la relación ya rota, la gota que colmó el vaso fue la decepción sufrida por el cantante cuando Ava interrumpió su embarazo. Él ansiaba formar una familia, pero ella no se sentía preparada. Agobiada por la asfixiante relación que mantenían, en 1955 Gardner huyó de Hollywood y se refugió en España, el país del que se había enamorado años antes al rodar Pandora y el holandés errante.

Se instaló en Madrid, primero en un chalet de La Moraleja y después en un piso de El Viso, donde compartía bloque con el expresidente de Argentina, Juan Domingo Perón. Sonadísimas fueron las broncas que ambos mantuvieron por las fiestas que Ava montaba en su casa. Porque la vida de Ava en España era eso: una fiesta.

Entre saraos conoció a Luis Miguel Dominguín y se enamoró de él, de las corridas de toros y del ambiente despreocupado y festivo en el que se movía. Disfrutó así de los años más felices de su vida hasta que su romance con el torero se desinfló al mismo ritmo que crecía su deuda con el fisco español. Hasta un millón de dólares llegó a deber. Y entonces volvió a huir.

Destino Londres

El siguiente destino fue Londres y allí vivió los últimos años de su vida, los más tranquilos. Arribó a la ciudad en 1968 y desde allí rodó algunas películas mediocres que le sirvieron para sanear su economía. “Actuar es aburrido, pero lo hago por dinero”, declaró.
Pero poco a poco su salud se fue debilitando y en 1988 Ava sufrió una apoplejía que casi le cuesta la vida.

Fue su ex, Frank Sinatra, quien, aún enamorado de ella, le costeó el tratamiento en Estados Unidos que la salvó de la muerte. Sin embargo, solo dos años después, una neumonía terminó llevándose a la estrella al firmamento. Murió en su cama de Londres, con un cigarro en la mano y con una foto sobre su mesita de noche de ella y Sinatra besándose apasionadamente.