La tragedia griega de la voz que se apagó por amor. Su madre la decía: «Siendo gorda y fea solo tu voz puede triunfar».


Cuando en octubre de 1968 María Callas leyó en la prensa que Aristóteles Onassis se había casado con la viuda de América, Jaqueline Kennedy, dijo: “La felicidad no es para mí. Me quiero morir ¿Es demasiado pedir que me quieran las personas que están a mi lado?”.

Se había enterado por los periódicos de la última traición del que había sido el amor de su vida. Onassis la había abandonado de manera abrupta, se había casado con otra mujer -algo que no quiso hacer con ella- y, sobre todo, había despertado a los fantasmas del pasado que venían a recordarle que a ella nadie la quería de verdad. Aquel día de otoño, María Callas tocó fondo.

Fue el principio del fin de la cantante de ópera más importante del siglo XX. Ella, que había abandonado su carrera por amor, se quedaba sola sin saber que sola había estado siempre, incluso cuando miles de aficionados aplaudían su talento desde las plateas de medio mundo.

Creció sola y murió sola una mañana de septiembre de 1977 cuando su estrella hacía tiempo que ya había dejado de brillar. La historia de María Callas es la de una niña presionada por su madre, la de una joven dominada por su primer marido y la de una mujer abandonada por el único hombre que prefería a María antes que a Callas.

“Su canto se asemeja a una herida abierta que sangra entregando sus fuerzas vitales como si ella fuera la memoria del dolor en el mundo”, dijo el músico Kurt Pahlen. No pudo definirla mejor. Eso era María Callas: dolor.

La crueldad de mamá

María Anna Cecilia Sofía Kalogeropóulou, su verdadero nombre, nació en Nueva York el 2 de diciembre de 1923. Sus padres, de origen griego, habían emigrado a Estados Unidos apenas unos meses antes con la intención de iniciar una nueva vida que se truncó unos años después cuando en 1937 el matrimonio se separó.

El padre se quedó en Manhattan, pero la madre, acompañada de sus dos hijas, se instaló de nuevo en Grecia. Para entonces María ya había demostrado las cualidades de su voz y su madre ya se afanaba en hacer de su hija una artista mundial.

La apuntó (falsificando su edad porque aún no tenía los 16) a clases de canto en el Conservatorio Nacional de Atenas y ella misma las supervisaba ejerciendo una insoportable presión sobre la pequeña. Nunca quiso a su hija, o al menos así lo llegó a asegurar la propia María cuando escapó de su control, y es que la ambición desmedida de aquella madre rozó la crueldad cuando siendo una adolescente se dirigía a su hija diciéndole que siendo “fea y gorda” el único atractivo que poseía era su voz.

La de su madre fue la primera gran traición que sufriría María Callas. “Solo me apoyó para tener algún sustento económico”, declaró la soprano muchos años después. Ella nunca llegó a confirmarlo, pero según han publicado algunos de sus biógrafos, la madre de María llegó a incitarla a la prostitución cuando en plena Segunda Guerra Mundial la manera más fácil de conseguir alimentos era ganarse los favores de algunos soldados.

maría callas

La Divina

María Callas debutó como cantante de ópera en 1942 en Atenas, pero sus primeros grandes éxitos llegarían unos años después en Estados Unidos, donde regresó para pasar estar con su padre. Desde sus inicios ya demostró su fuerte temperamento rechazando algunas obras que ningún principiante se hubiera atrevido a rechazar.

Ella lo hizo porque conocía su potencial y lo cierto es que a finales de los años 40 ya era la mejor cantante de ópera primero en América y después en Europa, donde aterrizó de la mano del tenor italiano Giovanni Zenatello.

Gracias a él, en la Italia de 1947, conoció al rico constructor Giovanni Battista Meneghini. Era 30 años mayor que ella y su madurez y su posición conquistaron a la artista. Se casaron en 1949 y desde ese momento Meneghini se convirtió en su marido, su mánager y su sombra.

Comenzaron entonces los años de mayor esplendor de María Callas. La década de los 50 comenzó en la Scala de Milán con representaciones que le valieron el sobrenombre de La Divina. Era La Voz de Italia y para muchos incluso la voz del mundo.

La propia soprano alemana Elisabeth Schwarzkopf se prometió a sí misma no volver a cantar La Traviata cuando la vio hacerlo a Callas. “¿Cuál sería el sentido de hacerlo si otra mujer lo hace perfecto?”, se preguntó. María Callas era ya la mejor voz del siglo XX.

El principio del fin

En el apogeo de su época dorada, María Callas se propuso perder peso. Había alcanzado los 90kg y con métodos realmente dañinos para su salud bajó hasta los 55. “Cuando reapareció en La Traviata el público ni la reconoció. ¿Quién es esa mujer?”, narraban las crónicas. Años después aquella brusca pérdida de peso, unida al cambio constante de repertorio y sus problemas personales harían mella en su voz, que ya nunca volvería a ser la misma.

La gente amaba su voz, pero María quería que la amasen a ella y nunca lo consiguió debido a su inestabilidad emocional, esa que solo le hacía concentrarse en las críticas a pesar de que medio mundo delirase con su talento.

Tras su muerte, en un cajón de su mesilla, se conservaban las cartas que decenas de detractores le escribieron, sin escatimar en insultos, cuando su carrera ya iba en caída libre. Ni una sola carta elogiaba su figura. Aquellas que a diario rebosaban en su camerino, las había roto en pedazos y tirado a la basura. Así era María Callas.

El naviero griego

in embargo, la verdadera causa de su declive como artista fue el amor. En 1957, prácticamente en la cúspide de su carrera, conoció al naviero griego Aristóteles Onassis durante una fiesta en Venecia. Ella tenía 33 años y él 53 y desde ese preciso instante empezó entonces una conquista por parte del magnate que culminaría solo dos años después a bordo de su yate.

Onassis invitó al matrimonio Meneghini a una travesía por el Mediterráneo y allí mismo, pese a que ambos estaban casados, dieron rienda suelta a la pasión. “Lo siento. Me he enamorado de Ari. Me voy”, le dijo María a su marido en cuanto la embarcación echó el ancla.

maría callas

Tragedia griega

Se desató el escándalo. Su idilio con Onassis tuvo una cobertura que opacó sin ninguna duda su carrera operística. Por él se retiró paulatinamente de los escenarios a los que ya solo acudía por compromiso y sin apenas preparación.

Su imagen quedó sensiblemente dañada, las críticas eran voraces y los pitos en la platea, también, pero a Callas, que hasta entonces no se había enamorado nunca, nada le importaba salvo Onassis.

En 1959 estuvo hasta ocho meses desaparecida. Nadie se explicaba que alguien de su talento renunciase a su trayectoria por un romance que muchos ya profetizaban malogrado. El escritor Nicholas Gage dio la clave: Callas se había quedado embarazada y en marzo de 1960 dio a luz a un niño que falleció solo dos horas después de nacer.

La vida de María se convirtió entonces en una tragedia griega. En 1963 no le quedaba nada, solo Onassis, que, sin embargo, ese año ya había puesto sus ojos en otra mujer, Jackie Kennedy, viuda del presidente de Estados Unidos.

Tal y como había hecho con María, Onassis comenzó un cortejo con la primera dama que culminó en 1968. El naviero abandonó a la soprano y se casó con Jackie en una boda que fue portada de todos los periódicos.

maría callas

¿Suicidio?

Ese día María se dejó ir. “Primero perdí mi figura, luego mi voz y después a Onassis”, se lamentaba.. Se refugió entonces en un solitario piso de París, se hizo adicta a los barbitúricos y a los somníferos y se retroalimentó de su dolor cuando en los 70 Onassis, sabiéndonse “solo, perduto e abbandonato”, quiso volver con ella.

No aceptó, mantuvieron la amistad y su historia se acabó cuando en 1975 falleció el famoso naviero griego. Ella lo haría solo dos años después de un ataque al corazón, según la versión oficial. “En estos momentos solo me quedas tú.

El corazón me ofrece la última voz de mi destino, la última cruz de mi camino”, escribió a su exmarido antes de fallecer. Se trata de un extracto del último acto de La Gioconda de Ponchielli. Un dato: esos versos se inician con una palabra que María obvió adrede. Meneghini conocía bien la obra. La palabra que encabeza ese extracto es SUICIDIO.