Siempre quise ser madre, pero nunca encontraba el momento oportuno para dar el paso. Cuando tenía estabilidad en el trabajo, me faltaba en el terreno sentimental. Yo me repetía que era joven y que tenía tiempo por delante, pero la alarma del reloj biológico tenía encendida la señal de aviso.

La gran decisión

Aunque suene extraño, mi ruptura con David fue lo que me hizo decidirme. Había puesto muchas ilusiones en esa relación y le veía como el padre ideal para mis hijos, pero tras dos años, rompimos. Le destinaron a Reino Unido y no pude o no quise seguirle. Era dejar a mi familia, mis amigos, mi profesión de enfermera, por la que tanto había luchado, mi casa… mi vida. Tenía 37 años.

Y entonces lo vi claro… No sabía si algún día encontraría una pareja estable, pero quería formar una familia. La mía. Quería ser mamá. Así es que acudí a un clínica de reproducción asistida e inicié un tratamiento de inseminación artificial. Iba mentalizada con que era posible que me costara o que, quizá, no podría conseguirlo. No fue así. En el tercer intento, me quedé embarazada de Naiara (5).

Al principio, sentí una mezcla de alegría y vértigo, porque iba a afrontar este camino sola. Pronto me di cuenta de que estaba equivocada: lo hacía sin pareja pero no sola. Mi niña y yo formamos una pequeña gran familia y, además, cuento con la ayuda de mi madre, mis hermanos, mis amigos, sin olvidar a mi perro, Lucas.

Si algún día se une una pareja a nuestra familia, estupendo, y si no, también. No la echo de menos, aunque me pase el día corriendo, apenas tenga tiempo para mí y viva en una eterna duda de si estaré haciendo las cosas bien. ¿Me compensa? Sin lugar a dudas. Soy feliz.

“no aspiro ni a ser perfecta ni una superwoman”

Para mis padres, siempre fui la hija perfecta que jamás daba un disgusto. Mi hermano coleccionaba parejas y trabajos mientras yo me casaba con Pablo, mi novio de siempre, y seguía trabajando en la misma empresa en la que hice prácticas. A los 30 años me casé y pronto tuve a mis dos hijos, Juan (9) e Íker (7).

Mi divorcio cayó como una losa sobre mis padres. No lo entendían porque la mía no era una historia dramática. Simplemente, caímos en la desidia más absoluta y después de cinco años de matrimonio, nos dimos cuenta de que no éramos felices juntos. Yo me quedé con la custodia de los niños y seguí residiendo en el domicilio familiar.

¿Que sentí? Mucho miedo… Por primera vez, me salía del camino trazado y, además, lo hacía con dos hijos a mi cargo, aunque Pablo siempre ha cumplido con su responsabilidad como padre.

A muchos les resultará ridículo, pero para mí era un mundo que se me estropeara un enchufe o goteara un grifo, porque nunca me había tenido que encargar de eso. Tampoco tenía coche ni carné de conducir, ya que era mi marido el que conducía. De pronto me di cuenta de lo que había dependido de él.

Reestructurar y reorganizar

Los primeros meses fueron complicados. Tuve que reestructurar horarios, reorganizar la logística familiar y ponerme las pilas en aprender cosas, como, por ejemplo, conducir. Para otras, a las que soy negada, nada mejor que tener una buena agenda de teléfonos a la que recurrir. Y es que no aspiro ni a ser perfecta ni una superwoman. Me siento satisfecha llevando el timón de mi vida y viendo crecer a mis hijos día a día, aunque muchas veces no sepa hacia dónde vamos.

“nuestro niño tiene dos mamis”

Cuando Marina y yo nos casamos, pensábamos que habíamos roto todas las barreras, pero no fue así. Había muchos prejuicios contra los que luchar, sobre todo, al tomar la decisión de tener un hijo. En el año y medio de vida de Curro, nacido tras un tratamiento de fecundación in vitro, hemos tenido que aguantar infinidad de comentarios hirientes y preguntas indiscretas: “Vais a convertir a vuestro hijo en un degenerado”, “¿quién hace de padre y quién de madre?”, “¿os inseminásteis u os acostáis con un hombre?”…

Aunque la sociedad va cambiando, esto no acaba aquí. Cuando el niño comience el cole, se abrirá un nuevo frente con muchas cuestiones que habrá que ayudarle a entender. Porque no es cierto que nosotros formemos una familia diferente, es que no hay ninguna que sea igual a otra.