La historia de la primera dama atrapada por el poder y la tragedia. Su propia boda formó parte de la campaña política de John Kennedy.


Noviembre, día 22. 8:45 Desayuno. 10:45 Salir al aeropuerto. 11:35 Llegada a Dallas. Desfile. Traje de Chanel rosa y azul, zapatos azul marino, bolso azul marino y guantes de cuero blancos”. Un día antes de aquel viernes negro en el que Lee Harvey Oswald asesinó a John Fitzgerald Kennedy, su esposa, Jackie Kennedy, remitió a su asistente personal esta nota para dejar todo preparado de cara a su visita a Dallas.

Había sido el presidente quien le había pedido que lo acompañara y que vistiera ese icónico traje rosa. El mismo que quiso mostrar al mundo con los restos de sangre de su marido, que había sido abatido a tiros cuando la pareja desfilaba a bordo de un descapotable.

El “quiero que el mundo vea lo que le han hecho a mi marido” horas después del asesinato forma parte de la historia estadounidense, de la leyenda en la que se convirtió Kennedy y también del personaje que llegó a ser la propia Jackie, la primera mujer que dio sentido y llenó de carisma a ese papel de Primera Dama ahora tan en boga.

Kennedy murió hace 56 años. Su mujer le sobrevivió -muy a su pesar- 31 más y cuando se cumplen 25 años de su fallecimiento como consecuencia de un letal cáncer linfático son muchos los fantasmas que vagan alrededor de su matrimonio y muchas las incógnitas que giran en torno a una trivial cuestión: ¿Fue Jackie Kennedy, la mujer más envidiada del planeta hasta la muerte de su marido, realmente feliz?

Ideas suicidas

Años antes de morir confesó que tenía con Dios algunas cosas de las que hablar cuando ÉL tuviera a bien llevársela consigo. Pocos saben que meditó ideas suicidas durante buena parte de su vida y que fue la fe lo que las tumbó. “Mi futuro murió con la muerte de mi marido”, se lamentaba.

Jackie solo fue feliz con sus hijos. El resto de su historia, muchas veces contada pero pocas analizada desde el prisma adecuado, es tan triste como lo era su mirada. Ni siquiera antes de que un joven aspirante al Senado se cruzara en su vida fue plenamente feliz.

Una familia rota por un padre infiel y vividor y una madre más preocupada por atrapar a un hombre que la mantuviese que por la crianza de sus propias hijas marcaron una personalidad frágil y aparentemente apática. Porque eso era Jackie: apariencias.

La vida antes de Jack

Antes de que en 1952 conociese a John Kennedy, futuro presidente de Estados Unidos, la de Jacqueline Bouvier ya era una vida trepidante. Su juventud quedó marcada por una agitadísima vida social fruto de sus orígenes acomodados, pero sobre todo por una convulsa trayectoria sentimental, que frenó en seco con su compromiso con un jovencísimo corredor de bolsa llamado John Husted. Sin embargo, la irrupción en su vida de Jack, como llamaba ella al presidente, tumbó esos planes nupciales. En junio de 1953 Kennedy y Jackie anunciaron su boda y en septiembre la celebraron ante más de 800 invitados.

El cuento de hadas que se presentó entonces se enturbió desde el principio. Jackie llegó a su boda del brazo de su padrastro porque su padre dormía una monumental borrachera en el hotel. Además, advertida por la familia de Jack, la boda solo era una maniobra más de la campaña política de los Kennedy, afanados en que el atractivo John alcanzase la presidencia. “Cuando me case con él será por razones prácticas porque su carrera es lo más importante para él”, reconocía Jackie antes de casarse con John.

Desde el primer momento, la joven Jacqueline comprendió cómo sería su futuro. Nunca encarnó ese papel de ingenua que algunos le atribuían y no le era ajena la desmesurada afición de su marido por las mujeres. “Al casarme con John sabía que experimentaría la decepción y el desamor. Ya casado sé que él necesita pruebas de que sigue siendo atractivo, así que coquetea con otras mujeres. No puedo evitar que me duela”, confesaba.

Pero las infidelidades de su marido merecen capítulo aparte. Las encajó desde el primer momento, las asumió como inevitables e incluso compadeció a algunas de esas mujeres, como es el caso de Marilyn Monroe, porque sabía que Jack no era buen amante. Sin embargo, terminó sufriendo por aquellas que, en un momento dado, pudieron amenazar su posición.

Fue el caso de Mary Meyer, con quien el presidente mantuvo una relación intermitente pero constante. Cuentan que en plena Guerra Fría, cuando el conflicto con la Unión Soviética atravesaba los momentos más tensos, Kennedy aconsejó a su mujer esconderse con sus hijos en el refugio nuclear que el gobierno tenía listo para la familia del presidente. Jackie se negó, quería estar al lado de su marido, pero aquel arrebato romántico desapareció cuando se enteró de que aquel ofrecimiento también se lo había hecho a Meyer.

La reina de América

Cuando ocurrió aquel agravio Jackie ya sabía que el divorcio no era una opción. Algunas biografías aseguran que los Kennedy llegaron a sobornarla con un millón de dólares a cambio de que no solicitara el divorcio. Aquello destruiría la imagen política de Kennedy. La influencia en los estadounidenses de la primera dama era brutal; en el caso de las mujeres, “indecente”, decían los expertos.

Y es que Jackie se convirtió en la esposa de América. Cualquier anécdota relacionada con su vida se convertía en asunto de interés nacional y la prensa más prestigiosa llegó a decir: “Jacqueline le ha dado al pueblo estadounidense una cosa de la que siempre ha carecido: Majestad”.

La maldición Kennedy

Pero tras esa imagen idílica y glamurosa, se escondía la tristeza de una mujer que había tenido que enterrar dos hijos. La llamada maldición de los Kennedy comenzó en 1956, cuando la primera hija del matrimonio nació muerta. En 1957 llegó Caroline, que coincidió con una grave crisis de pareja; en 1967 su hijo John, y en 1963 el varapalo definitivo, la muerte de Patrick, el cuarto hijo de la pareja que falleció dos días después de nacer y que le hizo descender a los infiernos emocionales.

La muerte del pequeño reforzó los lazos del matrimonio que nunca había vendido una imagen de unión tan fuerte como la de aquellos días. Una pena que el destino les tuviera preparado otra macabra tragedia solo meses después: el asesinato de Kennedy.

La huida de Jackie

La muerte de su marido dejó a Jackie completamente devastada . Lo había visto morir en sus brazos y rozó la locura cuando, ya cadáver, besó cada rincón de su cuerpo y trató a la fuerza de ponerle una alianza que era imposible de colocar en sus dedos hinchados post mortem.

Tras la taragedia, Jackie desapareció de la vida pública y se refugió en sus hijos y en su cuñado Robert. La muerte de este, tiroteado en 1968 supuso el punto de inflexión en la triste vida de la exprimera dama, que expresó: “Si matan a los Kennedy, mis hijos son también objetivo. Quiero irme de este país”.

Y dicho y hecho porque semanas más tarde encontró en Aristóteles Onassis, el millonario armador griego de cuestionable trayectoria por sus problemas con el fisco, su salvavidas. Se casó con él en octubre de 1968 y aquella boda enfureció a los estadounidenses, que nunca le perdonaron aquella “traición”. Onassis, inmensamente rico y 30 años mayor que ella, le proporcionó la seguridad y la privacidad que Jackie requería. “Este matrimonio me ha liberado de la obsesión que el mundo tenía conmigo”, dijo ella.

El final de una leyenda

Tras la muerte de Onassis en 1975 comenzó una nueva vida en Nueva York. Se centró en su trabajo como editora y mantuvo algunas relaciones sentimentales con personajes como Frank Sinatra, Gregory Peck o Marlon Brando. Sin embargo, su última pareja fue Maurice Tempelsman, quien permaneció a su lado hasta que el cáncer le ganó la partida.

Jackie Kennedy Onassis murió el 19 de mayo de 1994 después de interrumpir voluntariamente un tratamiento contra su enfermedad que no funcionaba. Fue enterrada junto sus dos bebés fallecidos y su marido, John Kennedy. Él siempre había sido su prioridad. Aunque él nunca se hubiera dado cuenta.