Convertirse en madre le dio sus mejores alegrías, pero también más de un disgusto. El divorcio, en 1980, de la princesa Carolina con el ‘playboy’ Philippe Junot, a quien Grace nunca vio como digno marido de su primogénita fue solo el primero de los muchos escándalos que saturarían el palacio.


Fue una mujer perfecta, completa, uno de esos seres especiales que con su sola presencia suscitaba admiración y respeto. Como ser humano, era débil, pero lo compensaba con una gran fuerza de voluntad”. Las palabras de Rainiero de Mónaco para recordar a su mujer en el vigésimo aniversario de su muerte no suenan románticas.

Su historia de amor tampoco lo fue y su matrimonio, siempre más cerca de ser una sinergia empresarial que un proyecto sentimental, fue frío y distante. Sin embargo, solo hay que recordar las imágenes del príncipe monegasco caminando detrás del ataúd de su esposa con el rostro desencajado para confirmar que la pareja sí se amó, aunque a su modo.

Icono de cine

La de Grace de Mónaco es la historia de un icono del cine que llega a palacio con la tarea de enamorarse de un príncipe, granjearse el cariño de un pueblo que la ha prejuzgado y levantar la economía de un país. Cumplió las tres consignas, aunque no sin pagar un alto precio que, en cambio, nunca reclamó. Pero, ¿fue feliz Grace Kelly? ¿Realmente había que envidiar a esa bella mujer por la que bebían los vientos galanes de la talla de Cary Grant o Clark Gable?

“Princesa desgracia”

El apodo con que el director de cine Alfred Hitchcock llamaba a Grace es revelador. “Princesa desgracia”, le decía. El cineasta nunca le perdonó que escogiera reinar en Mónaco antes que coronarse como diva de Hollywood. Se habla del director como un hombre despechado con esa joven a la que había encumbrado hasta el star system. “Casarse con un príncipe está en el camino del éxito de Grace. Lo ha hecho con la facilidad de un trapecista, pero no sé si la plataforma donde debe aterrizar es demasiado estrecha”, dijo Hitchcock cuando se oficializó el compromiso con Rainiero.

Para él, la diva rubia de Filadelfia había abandonado su carrera en su mejor momento. Era la única actriz capaz de lograr un Oscar con solo ocho películas y, además, tenía conquistado al público y compañeros de profesión. Pocos se resistían a sus encantos y, aunque en su historia hay mucho de leyenda, nunca le importó que ese mito de rompecorazones fuese in crescendo. Clark Gable, Cary Grant, Ali Khan (futuro marido de Rita Hayworth), o J. F. Kennedy, al que según las malas lenguas visitaba en el hospital disfrazada de enfermera, fueron sus affaires más famosos.

Ella misma ponía su granito de arena con esa fama de mujer fatal. “Siempre me enamoraba de hombres que me daban mucho más de lo que yo les daba a cambio”, dijo en una ocasión.

Grace y el amor

Entre esos hombres destacaron Don Richarson, un profesor de interpretación que no contó con el beneplácito de su familia porque era judío; Ray Millard, su primer desengaño porque descubrió que, pese a su juramento, el actor continuaba casado y no pensaba separarse, y, por supuesto, Oleg Cassini, con quien llegó a comprometerse y al que consideran su gran amor hasta la aparición de Rainiero.

Cassini fue, según sus biógrafos, el único que pudo haberla salvado de Hollywood cuando la industria empezaba a devorarla. Sin embargo, su condición de divorciado y una familia Kerry exageradamente tradicional y con demasiadas pretensiones tumbaron el compromiso.

Una industria cruel

“Odiaba Hollywood. Es una ciudad sin piedad. No conozco otro lugar donde tanta gente sufra crisis nerviosas o donde haya tantos alcohólicos, tantos neuróticos y tanta infidelidad”, se quejaba Grace en la cumbre de su carrera.

Corría el año 55 y una Grace desencantada con su profesión comenzaba a apagarse a pesar de haber ganado en febrero de ese año el Oscar a Mejor Actriz. Nada agradaba a la rubia más famosa de Hollywood -con permiso de Marilyn Monroe- hasta que la Metro Goldwin Mayer la mandó al festival de Cannes. Ese sería su pasaporte para conocer a Rainiero y salir de América. “Es encantador”, dijo ella sobre este príncipe al que apenas conoció en Mónaco.

Rainiero se encaprichó con ella y solo unos meses después anunciaron su compromiso. Desde el primer momento, el príncipe contó con la aprobación de los Kelly, que ahora sí, habían encontrado un hombre a la altura de sus aspiraciones. Sin embargo, aquella armonía se rompió cuando el Principado pidió una dote de dos millones de dólares. “Mi hija no tiene que pagar a ningún hombre para casarse con ella”, dijo el señor Kelly. Pero su deseo de casar a su hija con un príncipe era mayor que su orgullo.

grace kelly

Una boda ¿feliz?

Cuatro meses después de anunciar su boda, Grace llegó a Mónaco en una travesía marcada por la tristeza de dejar su patria, pero, sobre todo, por el desconcierto de comprobar la expectación que ya levantaba su figura. Eso sí, nada comparado con lo que le esperaba en el Principado.

La nueva princesa desembarcó en el país de los casinos con un sombrero que tapaba su rostro para desgracia de los 1.600 fotógrafos que la esperaban y con una actitud fría respecto a su prometido. “Ni siquiera se dieron un beso”, narraban las crónicas.

La Grace Kelly que se casó en la catedral de San Nicolás de Mónaco en abril de 1956 era una mujer aparentemente triste. Una joven de 27 años que lucía ojeras y cuyo vestido tuvo que ser arreglado in extremis por los muchos kilos que había perdido en las últimas semanas. La presión había sido insoportable. Entre otras cosas porque los monegascos se impacientaban por la llegada de un heredero.

El tratado de1861 establecía que si Rainiero no tenía hijos, el Principado volvería a ser un protectorado de Francia y para garantizar la descendencia se cuenta que Kelly fue sometida antes de casarse a una prueba de fertilidad.

grace kelly

La pena de Grace

Un año después de su boda nació la princesa Carolina, en 1957, el príncipe Alberto y en 1965, la princesa Estefanía. Su principal deber con la Corona parecía cumplido pero Grace soñaba con tener más hijos y varios abortos que derivaron en su imposibilidad para tener más descendencia la dejaron hundida.

Dicen que su faceta de madre le dio muchas alegrías, pero que nunca fue del todo feliz. Su marido le había obligado a renunciar al cine y aquello desestabilizó a Grace. “Querida, tú ahora eres princesa. No puedes ser tan infeliz como crees que eres”, le diría Rainiero. “No me digas cómo me siento. No soy feliz y tendrás que aceptarlo”, respondería ella.

Pese a todo, la vida en palacio discurría con aparente armonía hasta que la conducta rebelde primero de Carolina y después de Estefanía consumieron a su madre. Ella, que ni siquiera había nacido princesa, había aceptado que sus padres recondujeran su vida sentimental. ¿Cómo no podían sus hijas dejar los escándalos y comprometerse con el ser una Grimaldi? En una acalorada discusión con su hija menor se encontraba el 13 de septiembre de 1982 cuando un accidente de coche sesgó su vida.

Camino a Montecarlo, su Rover P6 3500 se salió de una curva y una hemorragia cerebral le costó finalmente la vida horas después. A partir de ese día todo tipo de teorías empezarían a circular para no cesar 36 años después. La más popular, pero reiteradamente desmentida, la de que era Estefanía, entonces menor de edad, quien conducía.

En su funeral, Mónaco se echó a la calle para brindarle su eterno cariño. Ese que Grace se había granjeado pagando un alto peaje personal. Fue amortajada con un velo blanco que tapaba las heridas de su cabeza, su alianza matrimonial y un rosario regalo del papa Juan XXIII. El príncipe Rainiero apareció completamente desolado. Además, cientos de personalidades rindieron tributo a la princesa. Entre ellos, Nancy Reagan o la princesa Diana de Gales, a quien le unía una bonita amistad.

También fueron presidentes y primeros ministros, esos que 20 años antes, durante su boda con Rainiero habían declinado asistir por tratarse de una monarquía de segunda. Aquella triste pero cierta comparación sirvió para ver de todo lo que había sido capaz de hacer Gracia de Mónaco como princesa consorte. Ella en sí era Mónaco: prosperidad, lujo y belleza.