El vencedor de la puja fue finalmente Burton, que desembolsó 1.100.000 dólares para agasajar a su esposa, Elizabeth Taylor. El actor quería demostrarle que su amor era único, como aquella pieza, pero único era también hasta la fecha aquel pago desorbitado: nunca antes una joya había alcanzado un precio tan elevado.

Por razones obvias esa alhaja pasó a denominarse el diamante Taylor-Burton. Incluso siguió llamándose así cuando la actriz se deshizo de él tras su divorcio de Burton. Pocas rupturas han hecho correr tantos ríos de tinta como la de Liz y Richard.

Hace justo ahora 45 años, la pareja se separaba por primera vez -sí, porque poco después habría una segunda- y aquel cisma sentimental confirmaba lo que muchos ya habían previsto cuando se inició el romance: que la suya era la pareja más turbulenta, extravagante y delirante de la historia del cine.

Medio siglo después de aquello no ha habido un matrimonio más perseguido, caótico y rico en excesos. Pero empecemos por el principio, porque aquella relación solo se entiende conociendo a Liz Taylor, la mujer que todos recuerdan por casarse ocho veces, pero que fue mucho más que una adicta al matrimonio.

Niña prodigio

Nacida en Londres en 1932, Elizabeth Taylor y su familia emigraron a Estados Unidos justo antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. Su padre era un exitoso galerista de arte, y su madre, una actriz frustrada que enseguida vio en su hija la posibilidad de desarrollar esa carrera que a ella le había sido negada.
elizabeth taylorLos contactos de su adinerado padre y unos rasgos espectaculares -nació con una mutación genética que le otorgó dos filas de pestañas en esos ojos color violeta- hicieron el resto. Con 12 años Elisabeth Taylor ya era una estrella en Hollywood. Tras rodar Lassie pasó de ingresar 100 dólares a la semana a 750, una verdadera fortuna en esos años 40. Y solo era una niña.

Primer matrimonio

Pero la niña creció y antes de cumplir los 18 se comprometió con Nicky Hilton, el heredero de la cadena hotelera. Se casaron en 1950 en un intento desesperado por parte de Liz de escapar al férreo control de su madre. Lo que no imaginaba es que el control que ejercería su nuevo marido sería infinitamente peor.

Hilton tenía problemas con el juego, con la bebida y tenía una conducta tan violenta que, en una de sus peleas, le provocó un aborto. Solo estuvieron casados siete meses. Suficientes para que Taylor conociera bien el infierno.

Apenas un año después de su divorcio, Elizabeth se enamoró de Michael Wilding, 20 años mayor, pero capaz de aportarle la tranquilidad que ella no estaba predestinada a alcanzar. Con él tuvo dos hijos, pero su historia finalmente se acabó porque la carrera de Liz crecía a un ritmo proporcional al de los celos profesionales de su marido.

Y es que la década de los 50 supuso la consagración de Elizabeth Taylor en el firmamento de Hollywood. Protagonizó las películas más taquilleras y junto a Marlon Brando fue la única que fue nominada al Oscar cuatro años consecutivos.

La tragedia

Y solo una semana después de divorciarse de Wilding, Taylor volvió a casarse. Esta vez lo hizo más enamorada que nunca del productor Mike Todd, con quien tuvo a su hija Elizabeth. Su matrimonio apenas duró un año, pero en esta ocasión, por primera y última vez, no terminó en divorcio.
elizabeth taylorMike falleció en un accidente de avión y Taylor quedó desolada y convencida de que no volvería nunca a querer a nadie como quería a Todd. Como en muchas otras cosas, Liz se equivocó.

El duelo duró poco más de un año. El primer gran escándalo sentimental de Elisabeth Taylor estaba a punto de comenzar. Ni el mejor guionista hubiera imaginado para ella una trama como la que vivió tras la muerte de Todd. Apesadumbrada, la actriz se refugió en los mejores amigos de su marido: Eddie Fisher y su mujer Debbie Reynolds. En su casa pasó una temporada y allí, de manera sibilina, surgió el amor entre Liz y Eddie.

Él abandonó a su familia y poco después, en mayo de 1959, se casó con Taylor en una boda que escandalizó a medio mundo. Liz fue tachada entonces de robamaridos y destrozafamilias y su imagen fue vilipendiada sin piedad. Los protagonistas jamás pidieron que cesara el escándalo, pero sí las mentiras.

“Cuando el romance se hizo público, se publicaron muchas mentiras. Entre ellas que hicimos el amor en el avión que nos llevaba al funeral de Mike”, contó Eddie una vez divorciado de Taylor.

Porque sí, esta historia tampoco terminó bien y en 1964 firmaron su separación en medio de un escándalo mucho mayor si cabe que el que habían vivido en ese triángulo que formaron con la siempre compadecida Debbie Reynolds.

Un famoso adulterio

En pleno auge de su carrera, Taylor firmó el contrato de su vida: Cleopatra. Fue la película más cara de la historia y en la que por primera vez una actriz cobraba un millón de dólares. Sin embargo, supuso el principio del fin. Su carrera empezó a resentirse como consecuencia de su aireada relación con su compañero de rodaje, Richard Burton.

El suyo fue un amor furtivo, nacido del adulterio y criticado hasta por la Santa Sede que les llamó “vagabundos eróticos”.

El amor de su vida

Así pues, las condiciones en las que surgió el romance y el descaro con el que lo vivieron desde el principio hasta el final hicieron imposible que alguien se mantuviese indiferente ante el escándalo.
elizabeth taylorAdemás, fueron constantes sus idas y venidas aderezadas con fortísimas discusiones fruto del alcoholismo de él y la adicción a los fármacos de ella. Burton confesó años más tarde que Liz intentó suicidarse varias veces: “Un día, mientras nos peleábamos en una de esas discusiones que solían ser la antesala de una noche de pasión Elisabeth me dijo que estaba dispuesta a morir por mí.

Entonces le dije que lo hiciera y, sin dudar, cogió un frasco de fármacos y los ingirió de un trago”. La muerte parecía estar presente en sus vidas. “Si me dejas, tendré que matarme. No hay vida sin ti”, exageraba Burton.

Pero sí la hubo. De hecho, se divorciaron en 1974 para volver a casarse en 1975 y separarse definitivamente solo siete semanas después. Sin embargo, hay quien asegura que siempre estuvieron enamorados. En 1984, semanas antes de que Burton falleciese, la pareja prometió reencontrarse. No pudo ser.

Dos bodas más

Pero Burton no fue su último marido. Meses después de firmar el divorcio, Liz volvió a dar el sí, quiero, esta vez al político John Warner, al que ayudó a convertirse en senador. Nunca fue feliz a su lado y su nueva vida de esposa de agudizó su alcoholismo y su adicción a los fármacos.

Incapaz de gobernar su vida y aquejada ya de graves problemas de salud, ingresó en una clínica de desintoxicación que se convertiría en el escenario de su último matrimonio. Allí se enamoró de Larry Fortensky, un albañil que, como ella, luchaba contra las adicciones y con el que se casó en 1991.

Aquella boda costó más de 100 millones de pesetas y fue uno de los últimos excesos de esta diva. Quizá porque no llegó a culminar su último deseo: casarse con Jason Winters, mánager de Janet Jackson, y del que se enamoró en 2007.

Por entonces los problemas de salud ya minaban la energía de Taylor, a la que no le quedó más remedio que acabar el resto de sus días en silla de ruedas. Su delicado estado de salud fue su secreto mejor guardado porque, aunque este se agravó al final de su existencia, lo cierto es que a lo largo de su vida padeció múltiples dolencias.

Finalmente, en 2011 murió por unos problemas cardíacos que arrastraba desde 2004. Fue excéntrica hasta el día de su funeral. Por expreso deseo de la difunta, la ceremonia empezó 15 minutos tarde. Era su coquetería póstuma. Su manera de decirle al mundo que se iba una estrella.

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