La boda que hizo historia. Diana y Carlos se casaron el 29 de julio de 1989. Lo hicieron ante 2600 invitados mientras dos millones de personas se agolpaban en las calles de Londres. Todos vieron la tristeza escondida en los ojos de la princesa. Si hubiera podido, habría huído.


Quizá hubiese sido más fácil tener dos esposas para que pudieran ir a ambos lados de la calle. Así, los ciudadanos no se quejarían de haberse colocado en el lugar equivocado cuando salíamos del coche”. En público, el príncipe Carlos de Inglaterra trataba de tomarse con humor una situación que, en realidad, le desgarraba por dentro.

De cara a la galería prefería bromear con ese desprecio al que a menudo era sometido por los británicos en favor de una Diana de Gales cada vez más endiosada, pero en el fondo le encolerizaba que Inglaterra quisiera verla a ella. Solo a ella.

Lady Di se convirtió en la Princesa del Pueblo, término tan manido que ahora le resta importancia, pero que, sin embargo, define muy bien el modo en que una desconocida joven logró eclipsar a la mismísima reina de Inglaterra e incluso convertir en villana a esa institución hasta la fecha nunca cuestionada.

La historia de Diana es una mezcolanza compleja entre lo que ella soñó, lo que construyó y el reflejo que la prensa hizo de todo ello. Además, su trágica y precipitada muerte no hizo si no enmarañar esa historia porque la leyenda la elevó a unos altares que, sin desmerecerlos, en realidad nunca pisó.

Cuando se cumplen 22 años de su muerte, 23 de su divorcio y 38 de su boda, repasamos su vida, tantas veces contada y tan pocas veces comprendida.

Triste infancia

Diana Frances Spencer (Sandringham, Inglaterra, 1961) describe su infancia como una etapa triste. El divorcio de sus padres cuando ella tenía 8 años la traumatizó. “Recuerdo a mi padre abofeteando a mi madre mientras yo me escondía detrás de la puerta”, contaría años después.

Ese divorcio se convirtió además en la comidilla de esa aristocracia inglesa a la que pertenecían los Spencer y es que John, el padre de Diana, había sido caballerizo mayor del rey Jorge VI y de la reina Isabel y su madre, abuela de Lady Di, fue a su vez dama de compañía de la reina Madre.

Estos vínculos con la Familia Real británica propiciaron el primer encuentro de una jovencísima Diana con el que en los años 80 era el soltero de oro de Europa, el príncipe Carlos. Él tenía 32 años, ella apenas 18 y por entonces trabajaba en un jardín de infancia.

Sus vidas parecían situarse en las Antípodas, pero tan pronto como Diana Spencer se convirtió a ojos de Carlos en la candidata perfecta por su “juventud, su inocencia y su carácter influenciable”, se puso en marcha la maquinaria para convertirla en futura princesa de Gales. Apenas tuvieron una decena de citas antes de anunciarse el compromiso real en febrero de 1981 y en julio de ese mismo año se casaron en la catedral de San Pablo.

diana de gales

 

Un matrimonio de tres

Sin embargo, no fue un matrimonio por amor. Desde el inicio de su relación, Carlos simultaneó a Diana con su eterna amada, Camilla Parker Bowles, casada a su vez con un oficial amigo de los Windsor. “Para cuando Carlos y yo nos comprometimos ya sabía que había alguien más. Camilla no paraba de decirme lo que tenía que hacer y me di cuenta de que sabía muchas cosas de la vida privada de Carlos, pero ya era muy tarde para echarme atrás. Mi cara ya estaba por todas partes.

En seguida supe que me habían elegido a mí, así que cuando me desperté el día de mi boda solo pude sentirme con un corderito al que iban a sacrificar”, confesaría Diana al escritor Andrew Morton en 1992. “Empecé a sufrir bulimia la semana después de haberme comprometido con Carlos. Era una manera de aliviarme de las presiones a las que estaba siendo sometida. Cuando me probé el vestido de novia por primera vez mi cintura medía 73 cm, cuando me casé apenas llegaba a 53”, añadía.

El deterioro físico de Diana no tardó en hacerse evidente. Cada vez estaba más delgada, más demacrada y aquellos ojos tristes que nadie como ella entornaba mirando hacia arriba reflejaban el dolor de una mujer abatida, a punto de tirar la toalla.

Ni siquiera en su luna de miel se vio un atisbo de esa felicidad que se imaginó de manera ingenua al lado del príncipe Carlos. “En la luna de miel Carlos sacó unos gemelos con dos C entrelazadas y le dije: ‘te los ha regalado Camilla, ¿no?’ Y me dijo: ‘sí, ¿qué pasa? Es una amiga’. A raíz de aquel momento me refugié como nunca en la bulimia. En el yate podía vomitar hasta 4 veces al día”, contaba Diana, quien, también en ese viaje, intentó en vano cortarse las venas.

Diana, desesperada

Ni siquiera la noticia de que estaba embarazada de Guillermo, alivió su profunda tristeza. Entonces, por su gestación, interrumpió la medicación que el médico le había pautado para luchar contra su depresión y, en una ocasión, presa de la desesperación, se arrojó por las escaleras intentando llamar la atención de su ausente marido.

Este y otros episodios ponen de manifiesto el infierno que vivió Diana durante los 10 años que duró su matrimonio. Aprendió a convivir en ese clima hostil que había en palacio, con la continua indiferencia de Carlos y, sobre todo, con esa persecución mediática que, aunque a veces tanto la horrorizó, también contribuyó a convertirla en una estrella.

La Dianamanía era un hecho y poco a poco se granjeó el cariño de los británicos, quienes no dudaron en tomar partido por ella cuando en 1992 se anunció que el matrimonio de Diana y Carlos se disolvía de manera amistosa.

El esperado divorcio

Entre 1992 y 1996, fecha en que se firmó el esperado divorcio tras largas negociaciones, explotó esa bomba de relojería que era la relación de Carlos y Diana. En 1992 el príncipe concedió una entrevista en la que confirmó sus continuas infidelidades con Camilla, mientras que en 1993, fue ella, Diana, quien aseguró a la BBC que su matrimonio siempre había sido cosa de tres y que ella, fruto del despecho, también fue infiel con el jinete James Hewitt.

Nadie olvidaría jamás aquella entrevista que tuvo una repercusión sin precedentes. El día de su emisión las centrales eléctricas de Reino Unido tuvieron que suministrar energía complementaria porque más de 20 millones de personas vieron el programa.
Tras esos años tan convulsos en los que la princesa anunció que quería apartarse de la vida pública, al fin, en 1996, se firmó el divorcio.

La reina Isabel empezaba a impacientarse y finalmente Carlos aceptó las prerrogativas de Diana, centradas sobre todo en mantener el control sobre la vida de sus dos hijos. Tras el divorcio, ella se quedó con la custodia, recibió una cuantiosa indemnización económica, pero perdió su tratamiento de Alteza Real. Eso sí, nadie podía arrebatarle que era la madre de un futuro rey. “Seguirá formando parte de la Familia Real y es posible que acuda a actos de representación”, decía el comunicado enviado por Buckingham.

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Trágico final

El día que la oficina de prensa de la Reina envió ese comunicado, Diana se liberó. Empezó entonces su etapa más tranquila, la que dedicó a sus hijos y a las labores humanitarias que la engrandecieron. Además, en en 1997 comenzó una relación sentimental con Dodi Al Fayed, hijo del multimillonario egipcio Mohamed Al Fayed.

Sin embargo, la felicidad duró poco. El destino de Diana estaba marcado por la tragedia y el 30 de agosto de 1997, tras una romántica cena con Dodi en el hotel Ritz de París y en un intento por despistar a los fotógrafos que los seguían, el coche de la princesa sufrió un accidente. El chófer, Henri Paul, que circulaba a 180 km/h y había consumido alcohol y antidepresivos, chocó su Mercedes contra un pilar del puente del Alma y él y Dodi murieron en el acto.

Solo el guardaespaldas, Trevor Rees, conservaría la vida porque Diana, herida de muerte tras el impacto, falleció en el hospital, cuatro horas después del siniestro.
Su muerte asoló al mundo entero.La princesa de Gales se iba para siempre dejando tras de sí un legado, una leyenda y diversas teorías de la conspiración que aún hoy son objeto de debate. Diana, en realidad, nunca se ha ido del todo. Su sombra es eterna.