Soledad, ambición y lujo: así se forjó la leyenda de la diosa de la moda. Coco Chanel.


Si hubiese podido, Chanel habría borrado esa parte de su pasado en la que fue Gabrielle para rescatar únicamente el tiempo en el que fue Coco.

Ella misma trató de reinventar su historia a base de mentiras pueriles que disfrutaba contando y con las que trataba de zafarse de ese pasado humilde y triste que tanto la marcó. Pero no, el pasado no se puede borrar y antes de convertirse en Coco fue una joven infeliz llamada Gabrielle.

Sus particulares fantasías unidas al halo de misterio que siempre rodeó su figura hacen que hoy, casi cinco décadas después de su muerte, sigan existiendo múltiples teorías sobre muchos aspectos de su vida. Entre ellos, sin ir más lejos, la procedencia de ese apodo, Coco, que marcó su nacimiento como icono mundial.

¿De dónde surgió? Los más amables aseguran que derivó de una de las canciones que interpretaba en el cabaret La Rotonde; los más malvados, que es un diminutivo de cocotte, “mantenida” en francés.

Como con el origen de Coco, muchos aspectos de su vida se someten aún a debate. ¿Por qué nunca se casó Chanel? ¿Tuvo un hijo ilegítimo? ¿Fue una espía nazi? Solo una cuestión no admite duda: su talento. Coco Chanel fue y es en la actualidad la diseñadora más importante de la historia de la moda y lo logró a costa de todo y de todos. El fin justifica los medios.

La infancia que odió

Gabrielle Bonheur Chanel (Francia, 1883) nació en el seno de una familia humilde. Su madre era campesina y su padre, vendedor ambulante. Pasaron hambre, su situación fue precaria y todo terminó de torcerse cuando en 1895 falleció la madre de Gabrielle.

coco chanelLa niña tenía 12 años y su padre, incapaz de hacerse cargo de todos sus hijos, mandó a las dos niñas, Gabrielle y Julia, a Aubazine, un internado religioso que daba cobijo a huérfanas y menores sin recursos.

La diseñadora nunca perdonaría a su padre aquel abandono. La estancia en Aubazine, que duró seis años, marcó a fuego la personalidad fría, solitaria y desconfiada que a posteriori demostraría Chanel. El ambiente de aquel sórdido lugar también fue el caldo de cultivo para que la joven comenzase a interesarse por el mundo de la moda, ya que allí se formó en labores tales como la costura, el bordado y la plancha.

Estos conocimientos le permitieron salir de ese internado del que nunca quiso volver a hablar. Consiguió trabajo como ayudante de sastre y, por las noches, cantaba en La Rotonde, un café popular en el que se hacían espectáculos de cabaret. Nunca destacó.

Ni por su voz ni por sus bailes absurdos, pero en 1906, con 23 años, llamó la atención del rico oficial Etienne Balsan, quien, encaprichado de Coco, se la llevó a vivir a su castillo.

El amor de su vida

Chanel nunca llegó a amar a Balsan, un bon vivant que supo ofrecer a Coco ostentación y lujo a cambio de un poco de cariño. Gracias a él, la joven entro en los círculos aristocráticos.

Comenzó a disfrutar de largas fiestas y carreras de caballos, y, entre duques y marquesas, conoció al que sería el amor de su vida Arthur ‘Boy’ Capel, un jugador de polo inglés de posibles que no dudó en disputarse con su amigo Balsan, la compañía de la joven Coco.

chanelCon él, Chanel sí llegó a enamorarse. Disfrutaron de un dulce romance y, aunque él le rompió el corazón casándose por conveniencia con una aristócrata inglesa, ella supo encajar el golpe con filosofía. “Encontrar un hombre que te ame no te transforma en una cazadora de hombres, porque si lo cazaste, deja de ser un hombre para convertirse en un zorro y el día de mañana abrirá un agujero y se escapará”, solía decir ella.

Pero Boy, a pesar de su boda, nunca se escapó porque la amaba. Fue el primero en advertir su talento, confió en ella y, preso de una gran admiración, fue él quien se encargó de dar alas a los primeros proyectos empresariales de Coco financiando su primera tienda.

Estaban muy enamorados. Hasta que llegó la tragedia. En 1919, Capel murió en un accidente automovilístico.

Coco cayó en una profunda depresión. “Fue un golpe terrible. Con él lo perdí todo. Lo que siguió ya no fue una vida llena de felicidad, fue otra cosa”, le confesó la diseñadora a un amigo.

La ambición de Chanel

Chanel encontró refugio en sus creaciones. Antes de la prematura muerte de Capel, había ido creando poco a poco una pequeña red de tiendas, pero tras su fallecimiento consolidó ese imperio que alcanzó 4000 empleados y llegó a vender más de 28.000 unidades al año.

chanelLo hizo gracias a su talento, pero también a esa ambición desmedida que la llevó a conquistar a algunos de los hombres más poderosos e influyentes de París en pro de sus objetivos.

Cayó rendido a sus encantos el Gran Duque Demetrio Romanov, exiliado de Rusia tras la revolución bolchevique que le consiguió sus primeros contratos en Hollywood, pero también Hugh Richard Arthur Grosvenor, duque de Westminster, quien hizo cuanto pudo para que Coco se convirtiese en su esposa y no escatimó en lujosos inmuebles y caras joyas para comprar su amor.

Preguntada sobre él y por qué no había aceptado sus muchas propuestas de matrimonio, la irreverente Coco respondió: “Ha habido muchas duquesas de Westminster. Chanel solo hay una”.

Sí consiguió penetrar en su frío y acorazado corazón, sin embargo, Paul Iribe, ilustrador vasco. Con él vivió una intensa pero breve historia de amor que también terminó en tragedia, ya que Iribe falleció repentinamente en casa de Coco.

El ilustrador le dejó tres cosas a la diseñadora: una profunda desolación, una irrebatible ideología ultranacionalista y antisemita y una fuerte adicción a la morfina que ya no abandonaría nunca.

Y llegó la guerra

Y entre tanto, llegó la Segunda Guerra Mundial. Para cuando los alemanes ocuparon Francia, Chanel ya era una referencia mundial que, sin embargo, había perdido prestigio a lo largo de los años 30.

coco chanel
Hollywood no había acogido bien sus diseños, los inicios de la guerra le habían obligado a cerrar algunas tiendas y había despedido a 3.000 trabajadores en lo que muchos consideraron que era una decisión injusta. Sin embargo, no tardó en contar con la simpatía de los nazis.

En concreto, de uno de ellos, el reclutador de espías Hans Günther Von Dincklage, al que conoció en el hotel Ritz de Plaza Vendôme, donde ella y algunos hombres de Hitler estaban instalados.

Gracias a su relación con este diplomático alemán se involucró en la causa alemana y trabajó para el general Schellenberg, jefe de inteligencia de las SS. Tras el final de la guerra, la diseñadora quiso negar su vinculación nazi, pero lo cierto es que cuando este general fue encarcelado por delitos contra la humanidad, ella supervisó su encarcelamiento, pagó sus gastos médicos y hasta costeó su funeral.

Pasado nazi

No había dudas. Chanel había estrechado lazos con dirigentes nazis de la Francia ocupada y todo lo que el Comité de Depuración de las Fuerzas Francesas no pudo arrebatarle por falta de pruebas, sí lo hizo la sociedad gala, ya que su reputación quedó dañada. Pidió disculpas, a su modo, eso sí, pero no fueron suficientes y durante 10 años se exilió a Suiza, a donde huyó con su amante alemán.

Coco Chanel volvió a su amado París cuando ya había cumplido los 70. El país que la encumbró, ahora cargaba con dureza contra ella por su pasado nazi. Francia no le perdonaba su ideología antisemita y su colaboración con los alemanes y aquella animadversión hizo que se resintieran sus ventas en toda Europa.

No así en Hollywood, que, sin embargo, acogió con júbilo las mismas propuestas que el viejo continente había desechado. Coco se convirtió así en la diseñadora fetiche de estrellas como Elizabeth Taylor, Grace Kelly o Rita Hayworth. Era una de las mujeres más ricas del planeta y lo cierto es que, gracias a la industria del star system, esquivó con maestría los ataques de unas europeas que se resistían a olvidar el pasado.

El ocaso de una diosa

Convertida en la diseñadora más afamada del siglo XX, absolutamente rica, pero con la misma soledad con la que había iniciado su recorrido vital, Coco Chanel murió en su habitación del hotel Ritz de París el 10 de enero de 1971. Tenía 87 años y sus únicos achaques hasta entonces era una artrosis incurable y una adicción a la morfina que siempre trató de esconder sin éxito.

“Bueno, pues así es como se muere”, cuenta la leyenda que dijo antes de lanzar su último suspiro. Lo cierto es que nadie pudo oírlo porque ese día también estaba sola. Como siempre. Como ella había elegido vivir.