Aunque odiaba lo superficial, no pudo evitar convertirse en la musa del diseñador francés Hubert de Ginvenchy y con su elegancia revolucionó la moda. Se dice que la industria nunca quiso cambiarla y que fue ella la que sí que cambió la industria.


Sobre pocas actrices se ha escrito tanto como sobre Audrey Hepburn. La dicotomía entre el personaje y la persona siempre fue tan abismal como inverosímil y, aunque ella se afanaba en recordar que nunca fue esa princesa deVacaciones en Roma, a menudo se mezclaban realidad y ficción.

En contra de su voluntad, Audrey terminó convirtiéndose en ese mito que nunca quiso ser, en esa estrella de cine que brillaba en una industria que ella creía vacía y también en ese icono de elegancia que a ella le daba risa. “El éxito es como alcanzar una fecha importante y darte cuenta de que eres exactamente lo mismo”, solía decir cuando ya era una leyenda.

La de Audrey Hepburn es la historia de una niña que se hizo actriz porque el hambre de la Segunda Guerra Mundial debilitó sin remedio un cuerpo que ella pretendía entregar a la danza. “Llegó a comer comida de perro”, confesaría su hijo mucho tiempo después. La guerra, un padre fascista que abandonó a su familia y una madre rígida que escatimaba en afecto marcaron irremediablemente la vida de la famosísima Audrey Hepburn.

Una vida que empezó en Bruselas 10 años antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial y que terminó hace justo ahora 26 años, en 1993, cuando dejó de ser la actriz consagrada en la que se convirtió en los 50 para dar paso a su verdadero yo, el de la mujer entregada a las causas solidarias porque solo así podía drenar el dolor de ser una víctima más de la guerra.

audrey hepburn

El horror de la guerra

En 1940, cuando Alemania invade Holanda, país en el que su familia se refugió para tratar de esquivar sin éxito el avance alemán, ni siquiera la condición de aristócrata de la madre de Audrey, la baronesa Ella Van Heemstra, descendiente del rey Eduardo III de Inglaterra, libró a los Hepburn de la escasez y miseria en la que se vio inmerso el país.

El hambre y el frío mataban a la población cuando Audrey, que apenas tenía 12 años, comenzó a recaudar fondos para la resistencia holandesa gracias a sus clandestinas actuaciones como bailarina. Tenía motivos: su tío y su primo fueron fusilados y uno de sus hermanos enviado a un campo de trabajo.

El horror no tardó en minar el estado anímico de la joven que años después se compararía con Ana Frank: “Cuando leí su diario me destruyó por dentro. No he vuelto a ser la misma. Vi fusilamientos. Vi hombres jóvenes ponerse contra la pared y ser tiroteados.

Cortaban la calle para los fusilamientos y después volvían a abrirla y podías pasar por el mismo lugar donde corría la sangre. Tengo marcado un lugar en el que Ana Frank describe cómo fusilan a cinco rehenes. Ese día y en ese lugar fusilaron a mi tío”.

Al término de la guerra y con Holanda ya liberada, Audrey nunca volvió a ser la misma. Cuentan sus biógrafos, que el hambre, la miseria y la estricta disciplina que implicaba ser bailarina provocaron en ella una anorexia nerviosa que siempre se esforzó en ocultar. Durante años le acompañaría ese aspecto desvalido y frágil que, paradójicamente, después se convertiría en su mejor bazar para triunfar como actriz.

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Entre el cine y el amor

El cine se cruzó en la vida de Audrey cuando esta comprendió que los estragos que la guerra había dejado en su cuerpo nunca la convertirían en la mejor bailarina. Comenzó con algunos proyectos teatrales a finales de los 40, pero su primera gran oportunidad llegó interpretando a una princesa que se enamora de un periodista en la archiconocida Vacaciones en Roma (1953), junto a Gregory Peck. “Tiene todas las cosas que busco: encanto, inocencia y talento. Es muy divertida y encantadora. No hay duda de que es nuestra chica”, confesaría el director William Wyler nada más conocerla.

Aquella obra maestra le valdría a Audrey el Oscar a Mejor Actriz, un Globo de Oro y un Bafta, convirtiéndose así en la única persona capaz de alcanzar estos tres galardones con una misma película. Además, también su interpretación en este film le valió algo mucho más profundo: su intensa amistad con Gregory Peck, con quien se rumoreó que mantuvo un idilio durante el rodaje. “No hay duda de que la princesa se convirtió en reina y no solo en la gran pantalla.

Audrey fue una actriz inteligente y con talento, pero además fue una amiga encantadora, sensible y una de las personas que más he querido en mi vida”, dijo el actor cuando Audrey ya había muerto.

Sueños rotos

Ciertamente, entre ambos no hubo nada más que amistad, pero los rumores bien sirvieron para que un celosísimo James Hanson rompiera su compromiso con Audrey. Hanson, atractivo coleccionista de coches deportivos que pilotaba su propio avión y jugaba al polo, fue el primer novio conocido de Audrey y también su primer desamor fruto de unos intereses por parte de él aún hoy dudosos.

Este y otros fracasos venideros forjaron en Hepburn una fragilidad que además se acentuaría con la actitud despótica de sus parejas.

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El amor duele

Sonada fue también su ruptura con William Holden, con el que coincidió en el rodaje de Sabrina. Lo suyo habría podido funcionar, pero la vasectomía de Holden y un ansia expresa por parte de la actriz de convertirse en madre truncaron su futuro.

Pero si Gregory Peck le costó su ruptura con Hanson, él fue también quien le presentó al que Audrey creyó que sería por fin el hombre de su vida, Mel Ferrer. Con él se casó en 1954 y tuvo su primer hijo, Sean. Su matrimonio con Mel, 12 años mayor que ella, le dio tantas alegrías como quebraderos de cabeza, porque cuando estaba dispuesta a abandonar su carrera como actriz para convertirse en esposa abnegada los celos enfermizos de Ferrer derivaron en una ruptura que cristalizó en 1968.

No tardó, sin embargo, en enamorarse de nuevo y, en esta ocasión, el afortunado fue el psiquiatra italiano Andrea Dotti, nueve años más joven que ella. Él se convirtió en el padre de su segundo hijo, Luca, y por él se entregó a la dolce vita porque, entonces sí, adoptó ese papel de ama de casa entregada que hasta entonces no había podido interpretar. Su historia de amor tampoco funcionó. Las infidelidades de Andrea dinamitaron el matrimonio, que se divorció en 1982.

Verso suelto

Fracasos sentimentales aparte, su meteórica carrera y varios premios que la convirtieron en la tercera actriz femenina más relevante de todos los tiempos hacían impensable que Audrey Hepburn decidiera frenar. Pero lo hizo porque ella nunca encajó en Hollywood. Era el verso suelto de una industria movida por el lujo y el glamour.

A partir de los años 60, cambió su confortable refugio suizo y el glamour de esas fiestas a las que acudía con desgana por la hambruna y la sequía de África. “Nací con una enorme necesidad de afecto y una terrible necesidad de darlo”, fue una de las frases que la hicieron pasar a la historia.

Su último viaje

Su compromiso con UNICEF fue férreo y ni siquiera cuando el cáncer amenazaba su existencia abandonó su intención de hacer del suyo un mundo mejor.

Por eso, a finales de 1992 hizo de nuevo las maletas para viajar a Somalia a combatir el hambre y la pobreza. Lo que vio allí le destrozó. Aquella experiencia fue altamente destructiva para ella y las escenas de sufrimiento que presenció aceleraron un proceso sin retorno. Solo tres meses después el cáncer de colon que padecía acabó con su vida.

Cuenta su hijo Sean que para Audrey las navidades previas a su muerte -falleció el 20 de enero de 1993- fueron, según confesó la propia actriz en sus últimos delirios, las mejores de su vida. “Nunca antes habíamos estado todos juntos”, dijo entonces. Lo cierto es que durante su enfermedad sus dos hijos y su nueva pareja, Robert Wolders, no se separaron de su lado.

El modo en el que afrontó el final de su vida fue ejemplar y, lejos de resignarse, solía decirle a los suyos: “¿Por qué no iba a tocarme a mí?”. Nunca perdió el humor. Al fin y al cabo, a lo largo de su vida, una de sus frases célebres había sido: “La vida es dura. Al final de todo, te mata”.