A veces necesitamos tenerlo todo bajo control y pensamos tanto las cosas que nos olvidamos que lo mejor de la vida puede llegar sin que te lo esperes. Romances que nacen en situaciones insólitas, divertidas, trágicas… Amores que nos recuerdan que es mejor dejarse llevar.


Yo conocí a mi marido gracias a RENFE y a un viaje infernal de Vigo a Madrid. Pero lo más gracioso de todo es que Juan no iba en ese tren, la que iba era su madre, Teresa, mi compañera de asiento y, aunque yo entonces no lo sabía, futura suegra.

Llenando los silencios

Ocho horas y media con alguien sentado a tu lado dan para mucho, sobre todo si eres una persona a la que incomodan los silencios. Eso le pasaba a la señora que se subió al tren conmigo en Vigo, donde yo había estado visitando a mis padres.

Para cuando llegamos a Orense ya sabía que era viuda, que tenía 70 años, que era maestra jubilada y que iba a Madrid a visitar a su hijo mayor, que acababa de romper con su novia, que estaba triste…

En Zamora ya me dijo que era muy riquiña y que ojalá alguno de sus hijos encontaran a alguien como yo, me preguntó si estaba soltera y cuando le dije que si, me soltó: “Eres perfecta para mi Juan”.

Una cita extraña

Yo me reí, hasta que agarró el móvil y llamó al susodicho para decírselo, aunque a mí me sonó casi a amenaza. “Juan, ¿vas a venir a buscarme a la estación? Qué bien, porque voy sentada con Bea, una chica majísima que tienes que conocer. Aféitate, que con esas barbas asustas. Y busca un sitio para cenar los tres. No, no es broma. Bicos”.

Así que las siguientes seis horas antes de llegar a su destino, la que estaba asustada, un poco era yo. Porque me habían organizado la cita a ciegas más rara de mi vida.

Llegamos a la estación de Chamartín casi a las once de la noche. Demasiado tarde para ir a cenar, pensé aliviada, porque así me libraba … O eso creía.

El encuentro

Juan estaba esperando a su madre en el andén. Afeitado y con cara de querer estar en cualquier otro sitio.

Pero aguantó el tipo.

Le dio a su madre un abrazo de oso y luego me miró de refilón antes de sonreírme y guiñarme un ojo con picardía. Y ahí me ganó.

“¿Te ha metido en un lío, verdad?” me dijo. “No te preocupes, no tienes que cenar con nosotros que seguro que estás deseando llegar a tu casa. Te acercamos”.

Teresa refunfuñó, pero yo le prometí que quedaría con ellos un par de días más tarde para tomar café.

Nos intercambiamos los teléfonos y al día siguiente cuando volví del trabajo, en mi casa me esperaba una cesta de frutas y una nota de Juan, dándome las gracias por ser tan simpática con su madre.

Al café prometido siguió una comida, luego una cita para ir al cine, una cena…

Para entonces Teresa había vuelto a Vigo y Juan y yo seguíamos sorprendiéndonos del buen ojo que había tenido su madre, que, desde entonces, no deja de presumir de que a su nuera la eligió ella.

“mi perro hizo de cupido”

Pasear con tu perro te ayuda a conocer gente, dicen. Bueno, eso será si tienes un perro normal, pero la verdad es que desde que tenía a Pepe no tenía mucha suerte con lo de sociabilizar.

Y ya de ligar ni hablamos. El desgraciado no se llevaba bien con ningún otro perro del barrio y entre eso y que yo soy tímido por naturaleza… Veía a la gente en el parque, en la zona canina y aunque lo intenté un par de veces no hubo manera, Pepe se ponía histérico y me contagiaba.

Hasta que un amigo me dijo que pidiera ayuda, que estaba claro que no sabía controlar a mi mascota. Le pedí consejo al veterinario y me recomendó a una etóloga, especializada en perros conflictivos.

Conocer a Marta nos salvó al vida. Las clases me costaron una pasta, pero mereció la pena hasta el último euro. Seis meses después, Pepe era otro. Nunca será el perro más simpático del barrio, pero ahora podemos pasear y en el parque puede estar con otros congéneres sin meterse en líos.

Y la clase semanal de adiestramiento hizo que Marta y yo nos hiciéramos muy amigos. Tanto que para cuando Pepe acabó las clases, nosotros seguimos viéndonos. Él fue nuestro Cupido.

Y hasta ahora. Pepe, Marta y yo estamos viviendo juntos y dentro de un par de meses ampliaremos la familia, porque vamos a ser padres.

amor

“fichada en el autobús”

Mi novio y yo nos conocimos en el autobús. Los dos cogíamos la línea F, que nos llevaba desde Cuatro Caminos a la Ciudad Universitaria. Teníamos los mismos horarios de clases, así que durante cinco años supongo que fuimos juntos a la facultad cinco días a la semana. Yo me fijé en él en el último curso, pero no me acuerdo de haberlo visto antes. Él dice que sí, que me tenía fichada, pero que no se atrevía a acercarse. Solo me sonreía.

Hasta que un día me di cuenta de que al llegar a la parada por las mañanas lo primero que hacía era buscar la sonrisa del chico moreno con gafitas de empollón. Y empecé a sonreírle también.

De ahí pasamos a hacer un gesto con la cabeza cuando nos encontrábamos y a darnos los buenos días… Me parecía muy mono, pero un poco parado. Hasta que un día, en invierno, me armé de valor, me puse a su lado en la fila para subir y me presenté.. “Me llamo Ana ¿y tú?”. “Yo no”, me contestó.

Y empezó a ponerse colorado, lo que me pareció lo más sexy que había visto en mi vida.
“Perdona, me ha salido sin pensar. Me llamo Carlos y llevo 28 meses intentando hablar contigo. Está claro que no lo llevo bien. Será mejor que lleves tú las riendas en esta relación”, me soltó de sopetón. Lo miré pensando si era un psicópata o algo así, pero entonces se echó a reír. Y yo también.

“cuatro horas encerrados en el ascensor”

Lo mío fue de película, porque me quedé encerrada en el ascensor con un compañero de trabajo que me gustaba un montón desde hacía tiempo. Tardaron casi cuatro horas en sacarnos de allí y tuvieron que venir incluso los bomberos, porque se había roto no sé qué cable y la cosa se puso peligrosa.

Estábamos cinco personas atrapadas allí dentro y Luis empezó a hablar y a contar historias absurdas para entretenernos y no ponernos más nerviosos de lo que ya estábamos. Y yo decidí que iba a aprovechar el tiempo para que él se diera cuenta por fin de que no era solo la sosita de Contabilidad con la que se cruzaba de vez en cuando por la oficina. Quería que viese lo encantadora que era, así que empecé a seguirle el rollo y a bromear también.
Total, que para cuando salimos del ascensor teníamos agujetas de tanto reír y ya había conseguido una cita para comer juntos.

Y aunque a mí ya me gustaba, conocerlo fuera de la oficina hizo que me enamorara… Lo dicen en una película, las relaciones que nacen en situaciones de estrés no duran… Y nosotros duramos dos años. Por desgracia la ruptura fue bastante desagradable; de hecho él acabó yéndose de la empresa y todo. Por eso no me gustan mucho los ascensores.

“Me enamoré del profesor del gimnasio”

Después del nacimiento de mi segunda hija gané mucho peso y tres años después seguía sin poder quitarme esos kilos de más. Acababa de separarme de mi marido, que me había dejado por otra más joven y delgada y decidí apuntarme al gimnasio de mi barrio para hacer algo de ejercicio.

Empecé con bici estática por mi cuenta y corría también en la cinta, pero cuando cogí fondo me apunté a dos clases, una de spinning y otra de GAP, para endurecer abdominales, glúteos y piernas.

Y ahí conocí a Fernando, el profesor, que hacía que las clases en vez de ser un tormento fuesen de lo más divertidas. La verdad es que le gustaba coquetear con todas las chicas de la clase, pero a mi me parecía que conmigo era distinto.

Hablaba más, me sonreía más… Al principio me halagaba, aunque no me lo tomaba en serio, hasta que un día, a la salida de la clase me invitó a tomar algo. Le dije que no podía, que tenía que volver a casa con mis niñas, que era madre separada y que gracias. Y él me amenazó, me dijo riendo que o salía con él un día o las clases iban a ser una pesadilla para mí y el resto del grupo, que yo decidía…

Y claro, tuve que sacrificarme. Pero oye, ni tal mal eso de salir con el profe…