29,3% es la media de edad a la que los jóvenes españoles se independizan del hogar familiar, mientras que en europa es de 26 años.


Me fui a vivir con mi novio cuando cumplí los 30. Llevábamos 5 años saliendo, pero hasta entonces ninguno de los dos teníamos una mínima estabilidad laboral para independizarnos. Alquilamos un pisito en el centro de Madrid que estaba por encima de nuestras posibilidades, pero nos gustó tanto que nos dio igual.

Teníamos ahorrado lo justo para la fianza, por lo que lo decoramos con muebles y enseres que nos dieron nuestros familiares. A nosotros nos parecía monísimo. Era la primera vez que abandonábamos el nido y teníamos tanta ilusión… Pero esta felicidad desafortunadamente no nos duró más que un par de años. A mi chico le despidieron primero y seis meses después, fui yo a la que echaron.

Ambos cobrábamos la prestación por desempleo mínima y con ello, no podíamos hacer frente a los gastos que teníamos. Tampoco teníamos ahorros, por lo que decidimos regresar a la casa de nuestros respectivos padres.

Vuelta a casa

Cuando les contamos a mis padres la situación, nos ofrecieron irnos a vivir con ellos hasta que encontráramos trabajo. Para ser sinceros, la idea no me entusiasmaba… Mis padres son maravillosos, pero volver a convivir con ellos me causaba rechazo. Se me venían a la cabeza las normas, las manías, los horarios…

¡Ufff! Pero la otra opción, vivir cada uno en su casa, me parecía aún menos atractiva, así es que aceptamos. Al principio, fue un horror. Estábamos desubicados e incómodos. Mis padres siempre han sido muy rígidos con los horarios de comidas y de acostarse y levantarse, y nos sentíamos como en un colegio mayor en el que hay que cumplir las reglas para que no te regañen.

Por otra parte, no salíamos para no gastar dinero, pero no sabíamos cómo emplear el tiempo libre que teníamos. No queríamos molestar… Por ejemplo, mi padre era el rey del mando de la televisión y veíamos siempre sin rechistar lo que él quería. Y luego, cuando ellos se acostaban, nos daba apuro quedarnos viendo la tele, por si el ruido no les dejaba dormir. No estábamos a gusto porque no habíamos negociado unas normas de convivencia.

Pero mi madre, que es muy viva, se daba cuenta de todo. Así es que un día se sentó a hablar con nosotros. Nos dijo que mientras estuviéramos allí, esa era nuestra casa y que debíamos tener la confianza suficiente para decir y hacer lo que quisiéramos.

Así, hicimos pequeños cambios que nos dieron la vida, como tener una mayor flexibilidad de horarios o poner una pequeña televisión en nuestra habitación para ver las series que nos gustaban. Hace apenas un mes dejamos el nido y nos mudamos a una casa próxima a la de mis padres. Y es que aunque no vamos a negar que estamos mucho más cómodos viviendo los dos solos, pensamos que está muy bien tenerles cerca.

casa

“tras mi divorcio, mis padres se mudaron a casa”

Hace dos años, tras más de una década casada, me divorcié de mi marido. Yo obtuve la custodia de nuestros dos hijos y el domicilio familiar. El problema es que mi sueldo era muy bajo, mi marido me pasaba una pensión mínima y de manera muy irregular, y no llegaba a fin de mes. Por otra parte, al tener la jornada partida, necesitaba a alguien que me ayudase con los niños, pero ni podía permitirme contratar a alguien ni reducirme las horas de trabajo.

Estaba absolutamente desbordada y pedí ayuda a mis padres. Desde que se jubilaron, vivían en Toledo y desplazarse a Madrid a diario suponía un trajín tremendo, pero demostrando una gran generosidad, se ofrecieron a venirse a vivir conmigo durante un tiempo para echarme una mano.

Es cierto que los primeros meses fueron un poco complicados, pero una vez acoplados, todo comenzó a marchar a las mil maravillas. Ellos están encantados porque disfrutan viendo crecer a sus nietos a diario y los fines de semana se hacen sus escapadas a Toledo. En cuanto a mí, además de la tranquilidad, la ayuda y el inmenso cariño que me aportan, estoy muy feliz porque siento que formamos una gran familia. Creo que ya no podríamos vivir los unos sin los otros.

“alquilé un piso con mis amigas y fue un desastre”

Ana, Marta, Lucía y yo nos conocemos desde niñas. Las cuatro veraneamos en el mismo pueblo de donde son nuestros padres, y siempre habíamos dicho que cuando pudiéramos, nos iríamos a vivir juntas. Con el tiempo, nuestra amistad fue a más y hace tres años, coincidiendo con mi 28 cumpleaños, alquilamos un piso de cuatro habitaciones.

¿El balance? Un desastre.. La limpieza, los invitados que se instalan en el sofá, las fiestas locas de madrugada, la televisión, la comida… Todo era motivo de discusión. Parecíamos la versión más patética de un reality show de convivencia. Yo pensaba que con el tiempo, nos acabaríamos adaptando, pero ese momento no llegaba.

Al año, Marta nos dejó colgadas y se fue a vivir con su novio y cuatro meses después, Lucía se quedó en el paro y regresó a la casa de sus padres. Nos quedamos Ana y yo solas ante el peligro. Teniendo en cuenta lo mal que nos había ido, no estábamos por la labor de meter a dos extrañas en el piso, así es que nos mudamos a otro de dos habitaciones.

Ahora las cosas son muy diferentes, Ana y yo nos entendemos muy bien y, sobre todo, nos respetamos. Seguimos teniendo una buena relación con Marta y Lucía, porque nos queremos mucho, pero no podemos vivir juntas.