Hacer hincapié en los hábitos de vida, las medidas que se pueden llevar a cabo, demostradas y con base científica, son clave para la prevención. Hay que controlar el estrés emocional, fundamental para el desarrollo de estas enfermedades, hay que tenerlo muy presente a la hora de prevenir y tratar estos desórdenes.


1. Riesgos cardiovasculares A partir de la menopausia, hay que vigilarlo especialmente

Los cambios hormonales sufridos durante la menopausia son responsables de que en la edad madura, al descender el nivel de estrógenos, ellas pierdan el efecto protector de estos frente al riesgo cardiovascular, lo que hace que aparezca un mayor número de complicaciones y de mayor severidad respecto a las que padecen los varones.

El estrógeno está relacionado con niveles más elevados de lipoproteínas de alta densidad (HDL o ‘colesterol bueno’) y niveles más bajos de lipoproteínas de baja densidad (LDL o ‘colesterol malo’).

La mujer muere un 6% más que el hombre por problemas del corazón, según un informe del Instituto Nacional de Estadística. Los síntomas suelen ser diferentes de los que presentan ellos; ardor en la región superior del abdomen, mareo, malestar estomacal y sudores.

En los últimos 40 años han aumentado las enfermedades cardiovasculares en la mujer porque ha cambiado sus hábitos: fuman más, se han incorporado al mundo laboral sin que se disminuyan sus tareas en el hogar, y su estrés aumenta.

Ante la más mínima sospecha, si los síntomas pasan de 10 minutos hay que llamar al 112. No importa si es una falsa alarma, mejor eso que una defunción “El ejercicio vuelve a ser la estrella, junto a una nutrición equilibrada que evite el sobrepeso. El abandono del hábito del tabaquismo es fundamental.

La vitamina C (la acerola, pimientos, cítricos enteros) es buen protector (la pared vascular está hecha de colágeno, que requiere de ella para ser sintetizado). Las vitaminas B9 y B12 (huevos, verduras de hoja verde…) también son importantes”, recomienda Alejandra Menassa.

2. Enfermedades neurodegenerativas, también se pueden prevenir o retrasar su aparición

Son un conjunto heterogéneo con una expresión clínica variable que afectan primariamente a las neuronas. Algunas de ellas, como la esclerosis múltiple, es más frecuente en mujeres, con una edad de comienzo entre los 23 y 33 años. Con contadas excepciones las causas son desconocidas.

Algunas enfermedades neurodegenerativas tienen clara base genética pero en la mayoría el número de casos familiares es de apenas el 10%. Se debe buscar un factor ambiental (tóxico, infeccioso, etc.). Las neuronas de la corteza cerebral no mueren de modo generalizado durante el proceso normal de envejecimiento, es un producto de la carga genética del individuo y su desarrollo en un medio ambiente determinado.

La producción de neuronas precursoras permanece estable durante el envejecimiento, son determinantes externos, hormonales u otros, los que pueden limitarla. Nuevas neuronas crecen en el cerebro adulto todos los días. Se estima que entre 20.000 y 30.000.

Esta producción está relacionada con el aprendizaje y la riqueza sensorial y motora con que el individuo interacciona con su medio ambiente, así como con el ejercicio físico, una práctica moderada mejora funciones cognitivas y promueve un mantenimiento funcional y plástico del cerebro.
Ayuda a la neurogeneración y se ha demostrado que protege en un 50% en mujeres ante las enfermedades neurodegenerativas. Desde el Centro de Investigación Biomédica en Red Enfermedades Neurodegenerativas señalan que la obesidad aumenta en un 80% la probabilidad de presentar enfermedad de Alzheimer.

La diabetes incrementa un 39% el riesgo sobre todo para la demencia vascular. Factores ambientales como los pesticidas doblan el riesgo de padecer Parkinson.

“El Parkinson y el Alzheimer son enfermedades que se pueden prevenir o retrasar su aparición, aun cuando la genética nos predisponga a padecerlos. La epigenética (hábitos saludables de vida) puede hacer que la genética no se exprese.

Hay que mantener una actividad mental regular, rodearse de personas con las que conversar, y hacer ejercicio, que activa la producción de BDNF (Factor de crecimiento neuronal). Con respecto a la nutrición, las grasas saludables son fundamentales para el cerebro.

Frutos secos (las nueces son especialmente recomendables como neuroprotectoras), por su alto contenido en omega 3 y vitamina E. Las semillas, los pescados pequeños azules, ricos en omega (sardinas, boquerón)”, concluye Alejandra Menassa.