Te llevamos de ruta por el Real Monasterio de Santa María de Poblet

Extensas viñas que se pierden en el horizonte, bodegas que parecen catedrales, historias de templarios, antiguos monasterios, algún que otro Patrimonio de la Humanidad. No es sólo vino, este viaje nos brinda la esencia de Cataluña.

Un paseo por el Penedès
De Barcelona a Vilafranca del Penedès hay poca distancia; pero nadie lo diría al ver cómo va cambiando el paisaje desde el área metropolitana hasta la llanura del Penedès. Llegamos a tierras ideales para el cultivo del vino. Algo de lo que ya se dieron cuenta los romanos.

La ciudad de Vilafranca del Penedès está rodeada de extensos viñedos y bodegas; algunas tan famosas como la de Jean Leon, que llevó sus vinos hasta el Hollywood dorado de los años 50, y otras pequeñas que siguen cuidando el vino con orgullo familiar. Para conocer todo lo relacionado con el vino, lo primero es pasarse por el VINSEUM, Museo de la cultura del vino de Cataluña, que ocupa el imponente Palau Reial. Aprovechemos para pasear por el centro histórico de la ciudad, capaz de resumir su historia en plazas, calles peatonales y bellos edificios medievales y modernistas.
Pocos kilómetros de distancia separan la capital del vino de Sant Sadurní d’Anoia, la capital del cava. Aquí, grandes marcas como Freixenet, Codorniu, Gramona, Llopart o Nadal han dado fama mundial a estas viñas. Sus bodegas, muchas de ellas abiertas al público, se reparten alrededor de Sant Sadurní d’Anoia, entre pequeños pueblos que al llega la vendimia son un hormigueo constante de actividad. Hay que ir al el Centro de Interpretación del Cava para conocer el proceso de elaboración y la cultura del cava. Y de allí a Simón Coll, chocolateros desde 1840, para maridar el cava con el chocolate.

Monasterios y viñas
Pero siguiendo con las viñas, no hay que olvidar la importante relación entre la cultura del vino y los monasterios. Cuando se alcanza la entrada al Real Monasterio de Santa María de Poblet, declarado Patrimonio de la Humanidad, se tiene la sensación de haber viajado en el tiempo. En concreto hasta el S. XII, siglo en el que Ramón Berenguer IV cedió las tierras a la comunidad de monjes cistercienses. El de Poblet, junto al de Santes Creus y el de Vallbona, forma parte de la Ruta del Císter.

Mientras que el de Poblet es el monasterio cisterciense habitado más grande de Europa, el de Santes Creus permanece sin vida monástica. Por contra, éste último es el monasterio que más fiel sigue las característica arquitectónicas de la orden del Císter, y al encontrarse sin actividad, podremos visitarlo con mayor libertad. Ambos sí coinciden en algo más que en la silueta del característico cimborrio: ambos están rodeados de extensas viñas. Ocurre igual con el tercero de los monasterios, el de Vallbona de les Monges, al que se puede llegar si queremos alargar el viaje.

El importante papel que jugaron los monasterios en el desarrollo del vino en Cataluña se manifiesta de forma rotunda en la Ruta del Císter, ya que llega a englobar a seis Denominaciones de Origen diferentes. Es un reto hacer la cata de todos ellos. El viaje sigue por la DO Conca de Barberà, por lo que hay que hacer un alto en Montblanc, la capital de la Conca de Barberà.

Bastará cruzar algunas pocas calles de Montblanc para dar de golpe con una asombrosa ciudad medieval. Sus murallas, de las mejor conservadas de Cataluña, nos abren paso a un bello conjunto monumental, escenario perfecto cada 23 de abril de una de las leyendas más populares de Cataluña: la de Sant Jordi y el dragón.

Viñas y paisajes de la Guerra Civil
Llegando a las Tierras del Ebro, alcanzamos un paisaje de viñas y huertas que fueron testigo de escenas de la Guerra Civil. Hasta aquí llegó Hemingway como corresponsal de guerra y acabó escribiendo una de las piezas más memorables de la contienda: El viejo del puente. Más que la guerra, contó la desolación que produjo. Con el curso del río, entramos en Tortosa, la capital de la comarca del Bajo Ebro. En la ciudad, que vivió uno de los más crueles bombardeos de la guerra civil, y en toda la comarca, hay diferentes museos y espacios interpretativos que nos ayudarán a comprender lo que pasó durante la confrontación.

De resultas de la guerra, Tortosa quedó muy dañada. Por ejemplo, el Pont de l’Estat fue dinamitado; pero hoy usaremos el puente moderno que sustituyó al antiguo como un estupendo mirador sobre el río, que aquí ya se muestra manso hasta su desembocadura, en el Delta del Ebro. Más tarde, tendremos oportunidad de hacer alguna excursión hasta el delta que nos regalará paisajes de arrozales y playas salvajes de gran belleza. El Parque Natural del Delta del Ebro, declarado Reserva de la Biosfera, es una de las zonas húmedas más importantes de Europa.

En Tortosa, hay que cruzar el río hacia el centro histórico de la ciudad, construido alrededor del Castillo de la Suda en el que actualmente se ubica un Parador Nacional. Hay que dejar que la belleza de esta zona de la ciudad nos sorprenda paseando por la ribera del río hasta llegar al icónico puente del ferrocarril. Hay que seguir pasando por la colorida calle de la Rosa, entrando a la catedral de Santa María, los Reales Colegios de Tortosa, perdernos por la judería, y, por supuesto, conocer la rica gastronomía basada en el arroz y el marisco del Delta del Ebro y el vino de la DO Terra Alta.

Para conocer un poco mejor este vino, hay que proseguir viaje hacia Gandesa, donde se encuentra la sede del Consejo regulador de la denominación de origen Terra Alta. Por el camino, cruzando las sierras, encontraremos más espacios de la Batalla del Ebro. El casco antiguo de Gandesa nos transmite los valores de la tierra y del vino. Hay que llegar hasta la Bodega Cooperativa agrícola para seguir sorprendiéndonos con el estilo modernista de las catedrales del vino de César Martinell, llamadas así por el poeta Ángel Guimerà al parecerles eso, verdaderas catedrales más que simple bodegas. Si alargamos nuestra ruta, a unos diez kilómetros, encontraremos otro bello ejemplo de estas especiales catedrales en Pinell de Bray. Y desde allí, hasta Miravet, para soñar con los templarios en el patio de armas de su castillo. Será el río, de nuevo, quien nos acompañé hasta ver el mar para despedir la ruta, en el Delta del Ebro.

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