Se dice, entonces, que el pensamiento conservador está vinculado al cerebro arcaico y el pensamiento progresista al cerebro más evolucionado.

Recientes investigaciones descubren que la amígdala cerebral, situada en el cerebro arcaico, presenta un mayor volumen en los políticos con una ideología política
conservadora.

De otra manera, el córtex cingulado anterior, que representa la parte más evolucionada del cerebro, se encuentra más desarrollada en los políticos con ideología política progresista.

Es por ello, que se ha comprobado que los políticos conservadores reaccionan más a los estímulos negativos, y los políticos progresistas a los positivos.

Analizando entonces los datos cerebrales que recogemos de una persona, podremos saber cuál es la tendencia predominante en su ideología política.

La política, nuevo campo de investigación científica
Un nuevo campo de investigación para las neurociencias se abre, ya que la tecnología
permite cartografiar los miles de millones de neuronas de nuestro cerebro, así como la
plasticidad de este.

Observar cómo reacciona el cerebro de los políticos ante determinadas imágenes, nos
demostrará la certeza de que serán diferentes en función de su ideología política. O
dicho de otra manera, su ideología política será diferente, en función a cómo
reaccionan a ciertas imágenes.

El cerebro humano es un órgano muy complejo, implicado plenamente en las
funciones cognitivas, como son la memoria, la percepción o la inteligencia, y también
en las funciones sociales y políticas.

Estas recientes investigaciones han descubierto la relación existente entre el cerebro,
los procesos socio-emocionales, y la orientación de la ideología política de todas las
personas.

La dificultad de cambiar nuestra ideología política
Las ideas políticas funcionan en nuestro cerebro de manera similar a las religiosas:
están en muchas ocasiones tan arraigadas que va a resultar difícil que las cambiemos a
lo largo de nuestra vida.

De esta manera, existe un buen número de personas van a pasar toda su vida
atrapados en ideas erróneas.

Ni siquiera los mejores argumentos racionales servirán en la mayoría de ocasiones
para que se den cuenta de ello.

La causa parece residir en la circuitería de nuestro cerebro: nacemos para ser así.
Ciertas investigaciones llevadas a cabo con el fin de analizar las regiones cerebrales
asociadas con la resistencia a cambiar de opinión, determinaron que existe mayor
facilidad para cambiar de opinión en áreas no políticas que en lo referente a la
ideología política.

La amígdala y la corteza insular parecen estar implicadas en ello: Cuando estas se
activan la persona es menos proclive a cambiar de opinión; es curioso saber que se
activan las mismas regiones que cuando recibimos amenazas a nuestra integridad
física.

Cambiar de creencias, pues, parece ser más un proceso emocional que cognitivo o
racional.

Otra estructura cerebral que se activa cuando nuestras ideas se ven cuestionadas es la
red neuronal por defecto (RND), de la cual ya se sabía por un estudio previo que
también se activa cuando a las personas con creencias religiosas se les cuestionan
estas creencias.

Es por ello, que será inteligente y prudente no empecinarnos en exceso en defender
determinadas creencias, ya sean relacionadas con la ideología política o con la fe
religiosa.

Porque lo que puede estar ocurriendo es que simplemente nuestro cerebro nos limita
y nos predefine para que creamos en una u otra cosa; sin permitirnos, o al menos,
haciendo muy difícil, la posibilidad de que veamos las cosas desde otro ángulo.

 

 

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