La infanta Elena y Jaime de Marichalar, la boda del año en Sevilla

El 18 de marzo de 1995, Sevilla se vistió de gala en honor de la familia real española y de sus 1300 invitados, entre los que había representantes de 39 casas reales de Europa, África, Asia y Oriente. El pueblo sevillano fue el invitado 1301 y con su alegría y calor contribuyó a realzar la primera boda real que se celebraba en España desde el 9 de marzo de 1929, fecha en que se casó la infanta Isabel Alfonsa, sobrina de Alfonso XIII, con el conde Zamoisky. Dos años después, la familia real tuvo que exiliarse y todos los hijos y buena parte de los nietos de Alfonso XIII, incluido el rey Juan Carlos se casaron fuera de España. Fue la infanta Elena quien eligió Sevilla para casarse en cumplimiento a la promesa hecha a su abuela paterna, doña María de Borbón Dos Sicilias, sevillana de adopción y que siempre estuvo estrechamente ligada a la capital hisapalense.

Elena de Borbón, primogénita de los reyes, y Jaime de Marichalar, hijo de los condes de Ripalda, familia profundamente monárquica, tenían 31 años y ponían así el broche de oro a un noviazgo que apenas había durado doce meses. La ceremonia se celebró en el altar mayor de la grandiosa catedral de Sevilla, el tercer templo más grande la cristiandad después de El Vaticano y la catedral de San Pablo de Londres. En el siglo XX solo se habían casado en el altar mayor, reservado por tradición a la realeza y los Grandes de España, la princesa Esperanza de Borbón (tía del rey Juan Carlos), la duquesa de Alba, su hijo el duque de Huéscar y la infanta Elena, a quien su padre había concedido el título de duquesa de Lugo.

Con la boda culminaron tres días de fiesta en los que el día 16 los novios tuvieron una despedida de solteros con una fiesta campera en la finca de los condes de La Maza. Al día siguiente se celebró en una abarrotada plaza de La Maestranza un soberbio espectáculo ecuestre: «Así bailan los caballos andaluces» y por la noche una cena de gala en el palacio de Villamanrique, propiedad de la princesa Esperanza. En la soleada mañana del día 18, la novia salía del brazo de su padre de los maravillosos Alcázares Reales, residencia en Sevilla de la familia real española desde el siglo XIII. Acompañaban a Elena los clásicos gritos sevillanos de «Guapa, guapa, guapa». Un día inolvidable en el los flamantes duques de Lugo iniciaron su vida en común, aunque desgraciadamente la convivencia solo duraría doce años.

13Padrino escayolado

padrino-escayolado

La infanta entró en la catedral sevillana del brazo de su padre y padrino de boda. El rey llevaba el brazo derecho escayolado a causa de una fisura de muñeca  que se había producido semanas antes tras resbalar en una placa de hielo cuando regresaba de esquiar en Candanchú. La infanta lució un traje de Petro Valverde, confeccionado en organza de seda natural color marfil, de escote en herradura y manga larga y talle ajustado y bordados en escote y cintura, Parte de la cola y el velo se desmontaban lo que Elena utilizó después de la ceremonia para moverse con mayor facilidad. El velo, de tul, se sujetaba a una diadema de platino y brillantes, que había pertenecido a la familia Marichalar y que Jaime regaló a quien ese día se convirtió en su esposa.

12Jaime, un novio tranquilo y sonriente

jaime-un-novio-tranquilo-y-sonriente

Jaime de Marichalar llegó al templo dando el brazo a su madre y madrina, Concepción Saénz de Tejada, condesa viuda de Ripalda, muy elegante con un sobrio traje largo con fajín y mantilla, uno de los complementos que más abundaron en la boda y que también llevaron la reina, la infanta Cristina, las hermanas del Rey y buena parte de las invitadas españolas. Jaime vistió el clásico chaqué y durante toda la ceremonia se mostró sonriente y sosegado, sin mostrar los típicos nervios de los novios ante el altar.

11Las arras, un tesoro

las-arras-un-tesoro

La ciudad de Sevilla regaló a los novios las arras, trece monedas de oro de 22 quilates, piezas únicas inspiradas en el tesoro de Carambolo, el mayor tesoro tartésico que data de 500 años antes de Cristo, y que les presentaron el día anterior a la boda en un precioso cofre de dos kilos de plata. En el intercambio de las arras, Jaime de Marichalar mostró su espléndido reloj que Elena le había regalado cinco meses antes con motivo de la petición de mano que se celebró en La Zarzuela.

10El rito del velo

el-rito-del-velo

Después de que monseñor Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla, declarara a los novios marido y mujer, Jaime cumplió con el rito, que ya está un poco en desuso, de levantar el velo que cubría el rostro de quien ya era su esposa, momento que permitió admirar los pendientes de perlas y brillantes que la duquesa de Lugo había recibido como regalo de boda de sus padres.

9Un regalo muy especial

un-regalo-muy-especial

Tras la ceremonia, en el altar los novios firmaron el acta matrimonial. En un día tan señalado, la infanta Elena lució también algunos de los regalos familiares más preciados, caso de la fabulosa pulsera de perlas y brillantes que le había obsequiado su abuela paterna, la condesa de Barcelona, quien a su vez había recibido esta joya, que era una de sus favorita, de su suegra la reina Vioctoria Eugenia. La duquesa de Lugo sigue llevándola en ocasiones muy especiales.

8La emocionada felicitación del rey

la-emocionada-felicitacion-del-rey

Don Juan Carlos fue el primero en acercarse a su primogénita y «ojito derecho» y besarla con sus mejores deseos de felicidad. Curiosamente, durante la ceremonia, a la infanta Elena le sucedió lo mismo que a su madre cuando se casó con Juan Carlos, pues antes de dar el «sí» se le olvidó pedirle a su padre el protocolario permiso. Un pequeño fallo que el rey pasó por alto en un día de tantas emociones en el que casó al primero de sus hijos.

7La felicidad de los recién casados

la-felicidad-de-los-recien-casados

La familia real fue testigo de excepción de que Elena y Jaime eran la viva imagen de la felicidad al concluir la ceremonia en el altar mayor de la catedral hispalense. Se trata de un bellísimo e histórico escenario en el que por tradición únicamente contraen matrimonio los miembros de la familia real y los grandes de España. Así, durante el siglo XX solo se casaron allí la princesa Esperanza de Borbón Dos Sicilias y Pedro de Orleáns, en 1944; Cayetana, duquesa de Alba y su primer marido, Luis Martínez de Irujo, en 1947; su hijo, el duque de Huéscar y Matilde Solís, en 1988, y los duques de Lugo, en 1995.

6La alegría de doña María

la-alegria-de-dona-maria

La condesa de Barcelona, abuela paterna de la novia, recibió ese día el inmenso cariño que por ella sentían los sevillanos. Aunque nacida en Madrid, se crió en Sevilla y hasta su muerte en 2000 se sintió estrechamente ligada a esa tierra. Para doña María, condesa de Barcelona por su matrimonio con don Juan de Borbón y princesa de Borbón Dos Sicilias por nacimiento, fue una inmensa alegría la boda de Elena en la capital hispalense. Era la segunda de sus diez nietos que había dado el paso del matrimonio, pues en 1990 ya asistió en la catedral de Palma de Mallorca al enlace de Simoneta Gómez-Acebo, hija de la infanta Pilar, y José Miguel Fernández-Sastrón, hoy ya divorciados.

5Cita de reyes en la catedral

cita-de-reyes-en-la-catedral

En la catedral, los primeros bancos de invitados constituían una espectacular concentración de realeza, ya que a la boda acudieron representantes de 39 casas reales de todo el mundo. En primera fila, de izquierda a derecha, podía verse a Breatriz de Holanda, el riquísimo sultán de Brunei, Noor de Jordania, Paola de Bélgica, Josefina Carlota de Luxemburgo y Rainiero de Mónaco. El protocolo indicó a las invitadas no vestir ni de blanco ni de negro y se desaconsejaba la pedrería. Predominaron los tonos pastel y los sombreros en las invitadas extranjeras.

4Baño de multitudes para Elena y Jaime

bano-de-multitudes-para-elena-y-jaime

A la salida de la catedral, los recién casados vivieron un auténtico baño de multitudes al recorrer en carretela el centro histórico de Sevilla hasta la iglesia del Salvador, una joya del barroco hispalense, donde la novia depositó el ramo nupcial en la tumba de sus bisabuelos paternos, Carlos de Borbón Dos Sicilias y Luisa de Orleáns. Allí rezaron ante la Virgen de La Merced, a quien en 1935 la condesa de Barcelona regaló su traje de novia, que fue bordado en oro y que todavía luce en grandes fastos.

3Vísperas nupciales de gran gala

visperas-nupciales-de-gran-gala

La noche anterior a la ceremonia, Elena y Jaime, sus familiares directos y los miembros de las casas reales se reunieron en el palacio de Villamanrique, cercano a Sevilla capital, en una cena de gala. Los novios aparecen con los reyes, la infanta Cristina (quien al año siguiente conoció en las Olimpiadas de Atlanta a Iñaki Urdangarin), el príncipe Felipe y la madre de Jaime, la condesa viuda de Ripalda. Esa noche degustaron un menú ligero servido por los restauradores jerezanos Alfonso y Antonio Rodríguez que constaba de caldo de apio, lenguado del estero al jerez fino, pato asado a la miel, y, como postre, colina de azúcar moreno, todo ello regado con jerez, vino blanco de Rueda y tinto Vega Sicilia de 1970.

2El estilo clásico de la infanta Elena

el-estilo-clasico-de-la-infanta-elena

Para la cena de gala previa a la boda, Elena eligió un vestido marrón en raso de seda con ribetes en tonos caldera. Tras su boda y por influencia de Jaime, un apasionado conocedor de la alta costura, la duquesa de Lugo se convirtió en una figura de reconocido glamour y elegancia a nivel internacional y todos los expertos coinciden en señalar lo estupendamente que a la infanta le ha sentado el paso del tiempo. Al margen de las celebraciones de la boda, los novios ya tenían preparadas las maletas y billetes para su luna de miel que los llevó a Australia, concretamente a Sídney y las paradisíacas islas de Herón y Lagarto.

1Una imagen para la historia

una-imagen-para-la-historia

Ya en los Reales Alcázares, Elena y Jaime posaron con su familia y los invitados de la realeza antes de pasar al patio de la Montería, donde se celebró el ágape nupcial, servido por Casa Julia, de Sevilla. Los invitados degustaron lubina con trufas y almendras, perdiz roja con salsa castellana, tarta nupcial y crema helada de café con almendras y salsa de caramelo, todo ello regado con vinos de Jerez, blanco de Rueda, tinto de Rioja y cava catalán.Fue el colofón a una jornada irrepetible, que nos sevillanos que la vivieron tan de cerca no olvidarán nunca.