Luis Rollán es el nuevo objetivo televisivo a batir, la nueva presa, el chivo expiatorio… ¿Pero qué pasa? ¿Qué invento es esto?

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Luis Rollán llegando a Cantora para visitar a Isabel Pantoja tras un permiso penitenciario.

Luis Rollán siempre me ha parecido el chico que una folclórica tiene que llevar al lado, educado, pendiente de ella y discreto, dispuesto a cumplir sus deseos, sus arranques de diva y sus arbitrariedades. Desde el inicio de los tiempos ha habido uno al lado de estas estrellas de otra época, con aires de Norma Desmond, aquella diva de ‘El crepúsculo de los dioses’ de Billy Wilder que creía estar en la cresta de la ola y estaba en el cementerio del olvido.

Luis supo ocupar muy bien esa posición y era recibido en Cantora cuando a otros ya les habían puesto encima la letra escarlata y les habían desterrado al frío de la indiferencia de Isabel Pantoja. Gozaba del favor de la intérprete de ‘Se me enamora el alma’ y había un consenso: era un amigo, fiel, leal y de fiar.

Aún le recuerdo cuando acompañaba a Cristina Tárrega (en cierto modo, también un poco folclórica) por las fiestas y yo era un tímido periodista que metía la grabadora entre las folkies, que es lo que se llevaba entonces: Sarita Montiel, Carmen Sevilla, Marujita Díaz… Era un chico mucho menos sofisticado, que intentaba salir del segundo plano, pero sabía cuál era el lugar que ocupaba.

Mis pasos se cruzaron con Luis Rollán más tarde cuando emergía como comentarista televisivo en un gimnasio por la zona centro de Madrid (yo lo dejé enseguida, porque no era lo mío y él siguió cincelando su cuerpo), pero apenas intercambiamos unas palabras en un par de ocasiones. Tengo que decir que me caía fenomenal, por lo que veía por la tele, y sigo pensando lo mismo de él, aún sin conocerle.

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Con Laura Matamoros en su restaurante de Barcelona: le acusan de haberla traicionado.

El caso de Luis Rollán, a quien entre unos y otros están intentando destrozar, sacarle las entrañas como a un muñeco de trapo, me recuerda en cierta medida al de Truman Capote, a quien dejaban colarse en todas las fiestas más exclusivas y hasta en los dormitorios de Marilyn Monroe, de Jackie Kennedy y su hermana, Lee Radziwill, de Oona O’Neill y Gloria Vandervilt.

Su problema llegó cuando se decidió a poner sus intimidades blanco sobre negro en su libro ‘Plegarias atendidas’ y le dieron de lado. El autor de ‘Desayuno en Tiffany’s’ sufrió un golpe más duro que haber caído en la indigencia económica. El ostracismo social era algo que no podía soportar y su final, que no está estrictamente relacionado con esta circunstancia, no fue ni plácido ni feliz.

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Tras su reciente operación de corazón.

Sin que quiera decir yo que Luis Rollán sea Truman Capote ni Isabel Pantoja o Mila Ximénez, Jackie Kennedy y su hermana, lo que están intentando hacer con el colaborador televisivo es algo similar a lo que acabo de contar. Le acusan de desvelar secretos, de traicionar a sus amigas, como si fuera el Julian Assange del corazón, pero yo tengo la sensación, sin poderlo demostrar, que, como reza ese lugar común, vale más por lo que calla que por lo que dice.

Luis Rollán está siendo objeto de ataques furibundos, están describiendo un Jekyll y Hyde que me parece un tanto desproporcionado, y, como ya hicieron cuando era colaborador en ‘Sálvame Deluxe’, van a por él sin piedad… Hay quien se ha atrevido a decir que su situación es irreversible, como si quisieran expulsarle del paraíso, si es que podemos denominar así este ecosistema.

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Su marido está siendo un gran apoyo en estos momentos.

No sé en qué acabará todo esto y si Luis Rollán será como le pintan, pero que el cielo le juzgue. Los linchamientos son algo que me paralizan, me parecen el recurso de los envidiosos, los rencorosos y los cobardes. Espero que esta situación no convierta su vida en un avispero.

Todo el mundo tiene derecho a equivocarse, pero también a que le pidan perdón si es objeto de acusaciones falsas. El culebrón del verano está lleno de interrogantes, de medias verdades, de mentiras interesadas y de personajes cuya moralidad parece dejar bastante de desear.

En fin, esperaremos el veredicto: inocente o culpable.