El secreto que Arturo Fernández se ha llevado con él

Arturo Fernández nos ha dejado a los 90 años. Se ha llevado no solo el cariño del público, sus amigos y su familia, sino también un secreto bien guardado. Un detalle de su vida personal que tan solo sus amigos más íntimos conocían y que él negó a extraños

Se fue como quiso. En silencio. Casi a escondidas. Arturo Fernández tenía clara una cosa: en el momento que sus fuerzas empezaran a mermar quería desaparecer de su público. En abril, el cáncer llamó a su puerta. Le abrió y se retiró junto a su última compañera de viaje, Carmen Quesada. El actor siempre mantuvo que estaría en el teatro hasta que fuera él en su totalidad y no el producto de la vejez o la enfermedad. Hace dos meses, se instalaba en su casa de Madrid a esperar. El pasado jueves, no pudo seguir en casa y fue ingresado en la habitación 417 del Hospital Ruber de Madrid.

Hombre extrovertido en la calle e introvertido en casa, Arturo Fernández guardó un secreto hasta el final. El actor contraía matrimonio con Carmen Quesada hace tan solo un año. Muy pocos lo sabíamos. Él nunca lo dijo. Incluso ha llegado a bromear con su soltería después de este enlace. De hecho, hoy son muchos los medios que dicen que no estaban casados. Él siempre dijo que no volvería a casarse, pero sí lo hizo. Carmen hoy es su viuda con todas las de la ley, porque eran marido y mujer.

De convencido anarquista a simpatizante del Partido Popular. “Soy más de derechas que Franco”, llegó a decir. Así fue su vida. Hombre extremadamente religioso, en su camerino del Teatro Amaya juntaba más de 100 estampas de santos y vírgenes. Eran sus creencias y sus amuletos antes de salir al escenario.

Cuidadoso en la comida. Hombre adelantado a la cirugía estética y de indumentaria hecha a medida. Sus camisas y sus trajes estaban totalmente medidas. Su refugio fue Marbella y su ciudad Madrid. A la capital llegó detrás de una señora mayor que él de la que se había enamorado. El amor duró el viaje de Gijón a Madrid. De aquello han pasado ya 70 años. Y el chiquillo, que no tenía ni un duro para comer, ha conseguido un patrimonio de incalculable valor.

El Cristo de Medinacelli de Madrid ya no recibirá su visita habitual. Arturo Fernández acudía con asiduidad a la Iglesia de Jesús porque decía que allí tenía paz. En paz se ha ido el hombre que hizo la vida que quiso y nada ni nadie lo pudo evitar.