Ahora que ya está ‘demodé’ la expresión ‘marca España’, quiero reivindicar desde estas líneas a dos personas que han ‘españoleado’ de maravilla, como diría Lola Flores. Cada uno a su manera, igual que Frank Sinatra, porque a la meta se puede llegar por distintos caminos.

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Antonio Banderas se acaba de estrenar en su nueva faceta como diseñador.

¿Qué dedo me podéis cortar que a mí no me duela? Ninguno. Pues eso, que me niego a convertir este artículo en las dos Españas o establecer una dicotomía tipo Paulina Rubio-Thalía, en México (por cierto, la segunda ha sacado un disco que está muy bien para perrerar en horas bajas). Tanto Javier Bardem como Antonio Banderas tienen carreras brillantes que harían palidecer a la de actores anglosajones que lo han tenido mucho más fácil que ellos, pero, sin embargo, hay uno que cae fatal a muchos y el otro fenomenal a casi todos.

Y tampoco es eso…

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Javier Bardem acaba de estrenar en Cannes el debut de Sean Penn como director, ‘The Last Face’.

Reconozco que Javier Bardem, así de entrada, no es nada fácil, y que hace ya dos milenios cuando le entrevisté por el comienzo de rodaje de ‘Entre las piernas’, una película que rodó con Victoria Abril y Carmelo Gómez, me temblaron las piernas ante su dura mirada porque le insinué que estaba muy encasillado. También me daba bastante ‘paura’ cuando me lo encontraba en los cines Ideal de Madrid, con una camiseta de los Rolling Stones y una visera calada (ese era su uniforme más habitual).

Es más, en una misma sala, viendo ‘Hormigas en la boca’ de Mariano Barroso, una amiga cuyo nombre no voy a desvelar y yo casi sentíamos su aliento en el cogote, porque se sentó detrás de nosotros.No nos atrevíamos ni a mirar de reojo no nos fuera a ‘ladrar’.

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Antonio Banderas y Penélope Cruz mantienen una gran amistad hace años y rodaron juntos en ‘Los amantes pasajeros’ una divertida secuencia que da comienzo a la película de Pedro Almodóvar.

Vamos, que Javier Bardem no me cae simpático en especial, pero lo que piensen los demás está de más. Tampoco es que tenga que serlo. Yo he tenido que sentarme a entrevistar a famosos que me comían a besos y eran más de Judas que de otra cosa. El marido de Penélope Cruz ha marcado una frontera muy grande entre el actor y la persona que impide que funcione como personaje, pero tampoco parece que eso le pase factura, porque su carrera crece como bola de nieve. Y yo que me alegro.

Antonio Banderas es otra cosa. Lo mismo te convoca para presentar un perfume, que unas patatas fritas, o esta misma semana para presentar una colección de moda, porque ahora es diseñador. Como Mónica Cruz o como Rocío Jurado que también lanzó en sus tiempos una colección de bolsos. Siempre queda bien y tiene a la prensa y al público ganados de antemano.

Antonio es encantador en las distancias cortas y en las largas, sabe lo que el público espera de él y reparte, en plan Tom Cruise, abrazos y sonrisas, lo mismo en Tokio, Hong Kong o London. Su idilio mediático sigue aunque haya dejado a mi idolatrada Melanie Griffith y se haya echado una novia que pasaría inadvertida en cualquier ‘shopping mall’.

Por cierto, que nadie se olvide que Antonio Banderas abrió camino a todos los demás (antes lo hicieron Fernando Rey o Sarita Montiel, y en menor medida Assumpta Serna, que salió en ‘Falcon Crest’ y le arrancó el vestido Mickey Rourke en ‘Orquídea salvaje‘). Él mismo lo recuerda cada poco, porque a veces somos muy cainitas o tenemos mala memoria, pero Javier Bardem ha llevado la excelencia profesional a unas cotas que ni su mujer, Penélope Cruz, por quien yo ma-to, soñará nunca. De nuevo volviendo a la más grande (ayer se cumplían diez años de su muerte, es por ello), podría decirse que como actor el hijo de Pilar Bardem es ‘inmenso, comparable al universo’.

Y si Fernando Trueba creía en Billy Wildier y no en Dios, nosotros deberíamos creer en Javier Bardem y los papeles que nos regala. Digo yo.

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Melanie Griffith, la segunda mujer de Antonio Banderas, con quien contrajo matrimonio tras divorciarse de Ana Leza, quien hizo un pequeño papel en ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’.