Musa eterna, la hija de Grace de Mónaco celebra sus 64 años sin complejos, como madre y abuela feliz, y sin pareja oficial desde hace más de una década…


La princesa Carolina de Mónaco  cumple este 23 de enero 64 años. Un año más para una mujer eterna por la que no pasa el tiempo. O mejor dicho, sí. Sí, con mayúsculas. Porque ella se siente muy orgullosa de sus arrugas; es de las pocas que no ha alterado su rostro con cirugías y tampoco se lo plantea. Hace poco le preguntaron si tenía miedo a envejecer: «¡Qué tontería!», contestó. Hasta en eso impone su propio ritmo, su filosofía de vivir a fondo y con todas las consecuencias. Cada momento dejó su huella y pese a que algunos han sido muy difíciles, su propia actitud demuestra por qué sigue siendo la auténtica «reina de corazones».

Nació bajo el peso enorme de una estrella de Hollywood, su madre, Grace Kelly, que abandonó el cine tras su boda con el príncipe Rainiero de Mónaco. La primogénita de la pareja fue portada desde el mismo día de su llegada. Se esperaba todo de ella: belleza, gracia, inteligencia… Con el tiempo no solo cumpliría las expectativas, sino que las superaría con creces. Carolina distaba mucho del gélido atractivo rubio de la actriz. Morena y mediterránea. Cuando alcanzó la adolescencia, sacó también su rebeldía. Le gustaban la Filosofía, se matriculó en la Sorbona de París (ha contado que su madre esto lo veía innecesario), la música, la moda, fumar, bailar… Quería vivir a su manera y eso no coincidía con los parámetros de la realeza de entonces.

A los 21 años, en 1978, decidió casarse pese a la fuerte oposición paterna. Era su forma de romper sus cadenas. Lo hizo con Philippe Junot, un hombre 17 años mayor que ella y con fama de playboy al que había conocido en una fiesta en París. El matrimonio se saldó dos años después y sin hijos. La esperaba su gran amor, el empresario italiano Stefano Casiraghi, con quien se casaría el 23 de diciembre de 1983 y tendría tres hijos: Andrea, Carlota y Pierre.

Una noticia feliz que llegaba poco más de un año después de la muerte de su madre en un trágico accidente de coche en el Principado. Aquellos fueron sus años más felices, como madre y esposa, plena de belleza y tranquilidad familiar. Hasta que otro accidente, esta vez de ‘off shore’, arrancaba a su marido de su lado y la dejaba viuda con solo 33 años.

Carolina decidió retirarse con sus pequeños al sur de Francia, en la localidad de Saint Rémy de Provence, donde más tarde viviría su romance más discreto, con el actor Vincent Lindon. Allí se movía en bici para ir a comprar baguettes, hacía una vida idílica y encontró la paz necesaria. Aunque el Principado la reclamó pronto.

La princesa se convirtió en la Primera Dama de Mónaco, ocupando el puesto oficioso de su madre y apoyando a un entristecido Rainiero. A la muerte de su padre, en 2005, su hermano Alberto ascendía al Trono, aunque ella seguía al frente. Así hasta que el príncipe se casó con  Charlène, en 2011, y ella fue desplazada a un (relativo) segundo plano. Nunca en el corazón de los monegascos.

En los últimos años la princesa Carolina brilla de otra manera, más serena, madura y reflexiva… Sobre todo le encanta ser y ejercer de abuela de sus siete nietos. Parece haberse desprendido de toda vanidad (hasta se está dejando las canas) y tampoco regala titulares en amores. Su tormentoso tercer matrimonio con Ernesto de Hannover, con quien tuvo a su cuarta hija, Alexandra, duró una década hasta que le puso fin en 2009. ¿Quién no recuerda la ‘espantá’ del alemán en la boda de Felipe y Letizia tras una noche pasada de juerga? Aún así, Carolina nunca ha solicitado el divorcio. Sigue siendo una princesa ajena a modas y avatares, además de reina absoluta de corazones.