El 14 de septiembre de 1982 el mundo quedó conmocionado al conocer que Grace Kelly, la princesa de Mónaco, había perdido la vida en un accidente de coche. Ella misma conducía el vehículo en el que viajaba con su hija menor, entonces una adolescente princesa Estefanía de 16 años, que sufrió graves heridas.

Hoy justamente se cumplen 40 años desde aquel triste día, pero la leyenda de la actriz devenida en princesa ni se ha olvidado ni ha dejado de crecer. Alberto de Mónaco, su único hijo varón y actual soberano del Principado, mantiene muy vivo su legado y con ocasión de este aniversario de nuevo ha aprovechado para recordarla.

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Han pasado cuatro décadas y lógicamente la herida se ha mitigado, aunque no ha desaparecido del todo, tal y como ha reconocido en una entrevista estos días. El príncipe Alberto era el ‘ojito derecho’ de su madre. «El dolor por la muerte de mi madre todavía sigue ahí», ha declarado a la agencia EFE.

«Dicen que el tiempo cura las heridas, pero el dolor todavía está ahí, en lo más profundo de mi corazón. Pienso en ella a menudo. Cuarenta años después de su desaparición está muy viva», cuenta.

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El monarca, de 64 años, continúa teniendo a su madre muy presente en el día a día. De hecho, ha organizado más de una exposición en su honor, con fotos de su álbum personal y trajes de su vestidor. Incluso la figura de su esposa, la princesa Charlène, recuerda tanto a Grace Kelly. Hace solo un día veíamos al matrimonio compartiendo un acto oficial, en el que el matrimonio posaba de la mano y se daba dulces besos en la mejilla. Una imagen sorprendente que vuelve a acallar los rumores sobre su supuesta eterna crisis sentimental.

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El glamour de Grace Kelly era incomparable, por supuesto, pero la desdichada princesa cuenta con excelentes herederas en sus hijas y nietas. La chica bien de Filadelfia, musa de Hitchcock y ganadora de un Oscar acabó reinando en un pequeño Estado mediterráneo, que ella logró poner en el mapa.

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No sabemos qué habría pasado si no hubiera perdido la vida en aquella fatídica curva de una carretera de Montecarlo, con solo 52 años. La princesa Grace se encontraba en un espléndido momento de madurez, con sus hijos ya mayores y después de haber superado algunas crisis con su esposo.

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No le fue fácil adaptarse al entonces estricto mundo de la realeza, donde las ‘plebeyas’ no eran tan aceptadas como en los tiempos modernos, y tuvo que demostrar su ejemplaridad de manera férrea. Finalmente, gracias a su impecable comportamiento e impulsando muchas causas benéficas (como el famoso Baile de la Rosa), dio un brillo y esplendor a Mónaco como nunca antes se había visto en su historia. Hoy desde el Palacio Grimaldi han compartido una serie de imágenes suyas en su memoria.