La novela, como en su trabajo anterior, mezcla hechos reales con ficción en un juego narrativo que funciona mejor cuando se adentra en el terreno de la imaginación que en el de la realidad recreada, como han señalado críticos anglosajones de medios de tanto prestigio como The New York Times o The Guardian.

La intrincada historia arranca en junio de 1919 cuando John Alcock y Arthur Brown consiguieron la proeza de atravesar el Atlántico en un Vickers Vimy, un bombardero británico de la Primera Guerra Mundial ‘tuneado’, sin hacer ninguna escala, desde Newfoundland en Canadá hasta Clifden, en el condado de Galway en Irlanda. La proeza está recreada con tanto detalle que cualquier piloto podría sentir el vértigo de su primer vuelo y los demás profanos la adrenalina de los grandes retos.

El segundo tramo del relato nos traslada a Dublín en 1840 cuando Frederick Douglass (1818-1895), un esclavo estadounidense liberado, que utilizó su experiencia para escribirse en un carismático orador, un consumado escritor y en uno de los abolicionistas más influyentes, visitó este país, donde recabó apoyos para seguir luchando contra la esclavitud. En estas páginas, el autor describe con crudeza la hambruna que azotaba Irlanda y sobrecoge con imágenes escalofriantes.

En el siguiente capítulo, el autor da otro salto temporal para centrarse en la figura del senador estadounidense Georte Mitchell, figura clave para las negociaciones que llevaron a la firma del Acuerdo del Viernes Santo el 10 de abril de 1998, que ponía fin al conflicto armado en Irlanda del Norte. McCann realiza un ‘cinematográfico’ retrato del político, que en la actualidad tiene 80 años, en el nos muestra a un hombre enérgico que trata de conciliar los constantes viajes a los que se ve avocado por su trabajo con su vida personal junto a una esposa mucho más joven que él, en la que encuentra refugio tras la tensión de su trascendental labor de mediación.

El reto del escritor irlandés, quien también viajó con 21 años a Estados Unidos desde su Irlanda natal para abrirse camino, es encontrar un hilo conductor a estas tres historias. Y lo logra a través de una saga de mujeres que son, de lejos, el mayor logro de la novela. La primera es Lily Duggan, sirvienta en casa del anfitrión y editor de los libros de Frederick Douglass, quien se marcha a Estados Unidos para escapar a un destino marcado por la miseria y la desesperación. Su hija, Emily Ehrlich es una periodista que cubre el evento del despegue del avión pilotado por Alcock y Brown, mientras que su nieta, Lottie, casada con un hombre de Belfast, nos permite llegar hasta el senador George Mitchell.

Una vez tejido este tapiz histórico y metabilizado lo leído, el lector, posiblemente, llegará a la conclusión, como la prensa especializada anglosajona, de que ha disfrutado más con las páginas que son pura ficción y que, pese a algunos tramos menos logrados que otros, el vuelo ha merecido la pena.