¡París es una fiesta!

Cualquier época es buena para visitar la capital francesa y, aunque las bajas temperaturas puedan disuadirte, las fiestas navideñas son perfectas para pasar unos días inolvidables. Pasear por sus calles bien abrigado, solo o acompañado, es un festín para los sentidos: la iluminación navideña, los imaginativos escaparates de los grandes almacenes y las tiendas más chic, la torre Eiffel iluminada…Ya lo dijo Hemingway: ¡París es una fiesta!

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Con París ocurre como con Nueva York. Son ciudades déjà vu, aunque no hayas estado nunca ya conoces, por el cine, por la televisión, por las revistas, sus lugares más emblemáticos. Por eso, poner el pie en la capital francesa por primera vez es adentrarse en un mundo que has imaginado muchas veces y al que tu cabeza ya ha llenado de contenido. Sin embargo, por muy creativa que sea tu cabeza, la ciudad superará todas tus expectativas.

Los lugares turísticos lo son por algo. Por eso, si es la primera vez que vas a París hay una serie de must imprescindibles: subir a la torre Eiffel, hacer un recorrido en bateau mouche para contextualizar la ciudad vertebrada a los dos lados del Sena; haz una visita a la Gioconda en el Louvre, visita la tumba de Napoleón en Los inválidos, tómate un café en el Montmartre… Las posibilidades son infinitas y tendrás que ajustarlas a tu tiempo, porque te vas a quedar con ganas de más. París es adictivo.

Si ya has estado antes, porque ya estás enganchado a la ciudad más romántica del mundo, te llamarán la atención otros detalles maravillosos, como la guerra encubierta de escaparates entre los célebres grandes almacenes La Fayette y Printemps, propiedad del marido de Salma Hayek. En estas fechas han echado el resto, particularmente los segundos, que han creado una serie de viñetas móviles con marionetas vestidas de Dior hasta las cejas…

Si quieres sentirte como una estrella y pasar de refilón por un mundo que, posiblemente, no está económicamente a tu alcance, échale un ojo a las joyerías de la Place Vêndome (para abrir boca puedes ver la película homónima protagonizada por Catherine Deneuve), tómate un café en el multiespacio Colette (213, rue saint-Honoré), o asómate a la primera boutique que abrió Coco Chanel, en la rue Gambon.

Si eres mitómano, acércate al puente del Alma, donde se siguen depositando flores en honor a Diana de Gales, cuyo coche se estrelló cuando su coche salió a toda velocidad del hotel Ritz, en estas fecha en obras. Y si consideras que un paseo por un cementerio puede ser hasta bucólico, ve al de Père Lachaise, donde podrás rendir homenaje a Oscar Wilde, Jim Morrison o a María Callas, cuyas cenizas descansan en un modesto columbario. 

Pero como París es una ciudad viva, lo mejor son sus calles, un hervidero de gente en el que los parisinos de las clases acomodadas te llamarán la atención por la elegancia y sofisticación de sus atuendos, los turistas que deambulan por los Campos Elíseos te contagiarán su entusiasmo (se forman corrillos en torno a bailarines de break dance), y los habitantes de zonas más periféricas como el Mercado de las Pulgas (en mi última visita hace unos días había una redada policial para decomisar ropa falsificada) te harán ver, que, como en cualquier parte, las grandes diferencias sociales también existen.

 

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