Kapingamarang, el atolón español del Pacífico

Más de 300 km separan Kapingamarangi de la isla habitada más cercana y unos 750 km la alejan de la capital de Pohnpei, uno de los cuatro estados que componen los Estados Federados de Micronesia a los que pertenece este remoto atolón desde 1990. Un barco del gobierno arriba tres veces al año para hacer llegar medicinas y otros útiles a sus poco más de 300 habitantes censados y un crucero turístico llega a sus costas una sola vez al año. Por lo demás, la única manera de llegar a Kapingamarangi es a través de una embarcación privada, con la suficiente eslora para surcar océano abierto pero, también, lo bastante pequeña para que pueda cruzar el zigzagueante canal por el que se accede a la laguna coralina. Eso, hasta ahora. 

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Kapingamarangi fue avistada por primera vez en 1537 por el español Hernando Grijalva y, aunque actualmente pertenece al estado de Pohnpei, en los Estados Federados de la Micronesia, históricamente fue una de las Islas Carolinas, conocidas como la “Micronesia Española” por ser parte de los territorios de ultramar que pertenecieron a la Corona de España desde el siglo XVI hasta su venta a Alemania en 1899. En los años 50 el historiador Emilio Pastor y Santos descubrió que Kapingamarangi y otras tres pequeñas islas del Pacífico (Guedes, Coroa y Ocea) no habían sido incluidas ni mencionadas en manera alguna ni en el tratado hispano-estadounidense de 1898, en el que se perdían Cuba, Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, ni en el Tratado germano-español de 1899 en el que se cedieron al imperio alemán los archipiélagos de Carolinas, Palaos y Marianas. Un descuido o simplemente una falta de interés estratégico que llevó al investigador a sugerir entonces que Kapingamarangi podría no haber perdido nunca la soberanía legal de España.

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Cuando en 1986 la ONU anuló cualquier reclamación sobre soberanía, al terminarse el fideicomiso de Estados Unidos en Micronesia, la investigación de Pastor y Santos quedó definitivamente relegada a una curiosidad histórica que, sin embargo, hoy nos permite soñar despiertos con una lejana costa de arenas blancas, aguas turquesa y bucólicas palmeras como destino nacional en las próximas vacaciones. 

Llegar a Kapingamarangi, el atolón más meridional de Micronesia, no es fácil. Para empezar, la aventura al paraíso más natural e inaccesible que Google Earth aun señala como territorio español requiere comienza con una larga travesía aérea que atraviesa medio mundo hasta llegar a Pohmpei, donde se encuentra el aeropuerto más cercano a Kapingamarangi y en el que solo opera una compañía aérea, únicamente en días alternos y solo una vez por jornada. Una vez allí, y con el jet-lag aun latente, es posible negociar con pequeñas embarcaciones de recreo, comerciales o pesqueras para llegar a las islas remotas. Pero hay que hacerlo con tiempo ya que los barcos pasan con una periodicidad que va desde una vez a la semana hasta, incluso, una vez al mes. Después, la travesía en barco a Kapingamarangi desde Pohmpei es de 420 millas náuticas, que suponen un mínimo de cuatro días de navegación, si el viento acompaña. Y cuando al fin se avistan las sugerentes líneas que forman sus costas, aun queda un último obstáculo antes de arribar: pasar con el barco por el único, zigzagueante y angosto paso oceánico que comunica el atolón con mar abierto.

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Salvado el tiempo y el mar y ya con tierra firme bajo los pies, Kapingamarangi se presenta como la viva estampa de esa idílica isla desierta a la que todos soñamos con escapar cunado queremos olvidarnos de todo. Y es que, aunque el atolón incluyendo la laguna ocupa 74 km², la superficie emergida es de sólo 1,1 km², que están repartidos en 33 islotes y de los cuales solo dos están habitados, por un total de 350 personas según el último censo oficial. Otros tantos indígenas viven además en una colonia kapinga en Pohnpei, donde muchos de ellos tienen nombres y apellidos de origen hispano, como Rosario, Pedro, Teresa o Rodríguez, como uno de los pocos vestigios que allí se conservan del pasado español de las Carolinas, junto con la religión (un 50% de la población kapinga es católica) y con los restos de una muralla a la que llaman “Spanish Wall”.

Por lo demás, en Kapingamarangi pocos indicios hay de cualquier contacto con el mundo occidental. Los kapingas llevan una economía de pura subsistencia: se dedican a la pesca (en piraguas muy estrechas y alargadas con las que llegan a internarse hasta 2 millas mara adentro) y a la plantación de taro (un tubérculo entre la patata y el boniato que es la base de su alimentación), calabaza, árbol de pan, bananas, limas y otras frutas tropicales. También tienen ganillas y cerdos y son, sobre todo, excelentes artesanos

En su afán por acercar a sus fan las experiencias más naturales y auténticas que demandan cuando lo beben, TriNa ha diseñado una promoción que en octubre llevará en primicia a sus ganadores a este lejano paraíso del Pacífico. El único billete turista a Kapingamarangi estará disponible del 1 de junio al 31 de agosto en el reverso de cada botella de cristal para hostelería de TriNa de Naranja, Limón y Manzana.

 

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